EL SEÑUELO DEL DIÁLOGO, por Alfredo Coronil Hartmann

EL SEÑUELO DEL DIÁLOGO

Alfredo Coronil Hartmann

El poder de un vocablo

Los escritores nos valemos del idioma, es nuestra arcilla, nuestro punto de apoyo, nuestro instrumento de trabajo. Labramos las palabras, las acariciamos, nos entregamos a ellas, es un juego amoroso peligroso y esquivo, un escarceo equívoco, nunca las poseemos y muchas veces somos poseídos por ellas. En algunos casos adquieren vida propia, ya no están al servicio del hombre, lo dominan y lo engañan.

Eso ocurre con la palabra diálogo, que por sí sola tiene una fuerza inmensa, muy difícil de resistir y encauzar. Es sublime, pero puede ser deletérea, ocurre también con amor, paz, concordia y muchas otras, nosotros, los simples humanos, enfrentados ya no a la tarea creativa del vate sino al combate endiabladamente concreto de la propia existencia y de la vida de las colectividades y las naciones, tenemos que aprender a lidiar con ellas y a evitar que escamoteen el destino de los hombres.

En la presente hora venezolana, tiempo de asedio y dolor, de angustia y miedo no podemos sucumbir a los juegos de abalorios verbales, ni a embelesos de esteta, ser adversarios o enemigos circunstanciales del diálogo no es fácil, en general nada importante es fácil y la vida de las naciones es mucho más difícil y trascendente que el tránsito individual.

Hoy por hoy el diálogo es el peor enemigo del futuro y del presente de los venezolanos, es la trampa maestra y letal en este instante de nuestro devenir y -sin embargo- que complicado es negar la utilidad y pertinencia del diálogo, nos resulta algo así como negar la racionalidad, como asumir los extremos cainitas de una controversia que todos quisiéramos civilizada y de buena fe, para no utilizar la palabra “pura” tan intrínsecamente exigente.

Nadie, ni el Papa, puede negar los valores del dialogo, hay entonces que desnudarlo y situarlo en su momento, hora y circunstancia, en la realidad específica del aquí y del hoy. No nos sirve el diálogo, es más sirve a nuestros enemigos -que en esos términos extremos situaron la controversia del poder y de la vida- para ellos la convivencia es indeseable y perniciosa, no conciben sino la sumisión de quienes osamos diferir en metas y formas de alcanzarlas. En estos extremos no es más que un subterfugio para inmovilizarnos y eliminarnos, con la misma saña y eficiencia con la cual han asesinado la memoria histórica y adulterado hasta lo impensable los logros y falencias de nuestro pueblo.

Trabajemos un poco y desmontemos el andamiaje de este diálogo concreto. El primer elemento para que un diálogo sea posible, es que existan dos partes, necesariamente representativas de realidades concretas, que por tanto puedan negociar y obligarse recíprocamente, en Venezuela hoy no existen. Ni la MUD refleja al país, ni siquiera a los partidos que dice encarnar, ni los representantes oficiales al gobierno, devenido en federación precaria de intereses, especie de sopa de estrellitas, sostenida por apetitos, lucha de parcelas encrespadas que a duras penas aplazan el entredevorarse, que es el destino que les acecha y carcome…

Sin partes idóneas o excesivamente exacerbadas, suele buscarse el bálsamo de los facilitadores, mediadores o acompañantes. Tampoco los tenemos, las figuras que pretenden imponernos como tales, Leonel Fernández, Martín Torrijos o el peninsular Rodríguez Zapatero, son inaceptables, además de indeseables, ligadas a los intereses del chavismo y manifiestamente opuestas a los de la libertad y la democracia. Particularmente José Luis Rodríguez Zapatero, quien, en ejercicio de la presidencia del Gobierno Español, cuando realizó su primera visita a Venezuela, se negaba tenazmente a reunirse con la oposición, yo era para esa fecha, Secretario de Asuntos Internacionales de Acción Democrática, fue necesario que hablase reiteradamente con la dirigencia histórica del PSOE y fue necesaria la intervención de Felipe González y de Alfonso Guerra, según me informó Trinidad Jimenes, tiempo después ministro de Asuntos Exteriores del propio Rodríguez Zapatero y para ese momento mi homóloga en el partido de gobierno de España y -aún así- el compañero Rodríguez Zapatero concedió una breve entrevista colectiva a todos los partidos democráticos, reunidos en la Cordinadora Democrática, de unos quince o treinta minutos, en la Hermandad Gallega entre dos actos con la colonia española.

El otro elemento en la mediación es el Vaticano, cuya entidad espiritual y gravitación decisiva para todos los católicos da una pátina de respetabilidad y coherencia a cualquier empresa a la cual se le asocie, desgraciadamente, la muy publicitada, protagónica y entusiasta participación del Nuncio Apostólico en un evento social de uno de los mas emblemáticos personeros del régimen, ha empañado su imagen sensiblemente.

Aun si todos estos elementos instrumentales están cuestionados, yéndonos a los esenciales, es decir al objeto de negociación para el cual se dialogaría,  ¿qué más puede ceder el pueblo de Venezuela? que se ha visto expoliado, humillado, entregado a intereses extranjeros hasta en los aspectos más elementales de la soberanía, como el territorio y la libertad, el derecho a alimentarse  a educarse, a vivir.

El diálogo que ayer recomendaban llenos de panglosiana buena intención, algunos embajadores en la OEA, algunos gobiernos occidentales y el propio Santo Padre, no es compatible con la realidad, no pasa de ser un beau geste, en el fondo inútil y muy costoso para un pueblo que está muriendo de hambre o asesinado a mansalva. El único diálogo posible sería para parlamentar aspectos prácticos de la salida del régimen que el país repudia con mayoría apabullante.

Y ese es el auténtico meollo del asunto, que los opinadores de aquí y de más allá se empeñan en ignorar, en Venezuela se eligió democráticamente a un individuo de alta peligrosidad, como resultó ser Hugo Chávez, un oficial superior de mediocre desempeño, quien encarnó el voto castigo contra los partidos del status como los denominaban, que en los últimos quince o veinte años habían dejado que se relajaran sus valores y principios éticos y se habían deslizado por la pendiente de la corrupción y la complacencia, el desencanto en buena medida justo, pero también la frivolidad del electorado llevó en hombros a ese reservorio insondable de resentimientos y complejos a la imperial presidencia de Venezuela, desde la cual se dedicó a su única faena y obsesión constante y exitosa, destruir el sistema plural e inclusivo (tan plural e inclusivo que él pudo llegar a esa cumbre de omnipotencia) y sustituirlo por un híbrido de castrismo y militarismo puro y duro sin atenuantes ni desvelos ideológicos, dicho castizamente introdujo de estraperlo un sistema comunista que jamás los venezolanos habíamos aprobado.

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