ALFREDO CORONIL HARTMANN: VENEZUELA REENCONTRADA

 

Cuando se tiene sensibilidad social y vocación política, la vida tiende a hacerse más compleja, los triunfos o logros personales más relativos, la visión y ponderación de los hechos que tienen lugar en nuestro horizonte adquieren matices que en una óptica más hacia adentro, más introspectiva son irrelevantes o simplemente no se perciben.

Yo, por razones familiares y circunstanciales, a edad muy temprana había tomado la decisión de renunciar, a lo que, en sentido estricto, entendemos por una vida política, por una carrera política, cuyos logros suelen estar tabulados en posiciones cuando no en aplausos. El curso honorario, que dirían los romanos, no me atraía.

Había nacido en un entorno poco propicio a la sobadera y la demagogia. Los baños de multitud  los percibí siempre como parte del pasivo inevitable de la actividad pública, si algo de narcisismo tengo, no se satisface indudablemente en olor de multitudes, basta un gabinete reducido y exige la compañía de personas que merezcan mi respeto, intelectual y humano.

Con estas características interiores se puede entender que el deslave, tsunami o la hecatombe de estas dos décadas de incuria y recochineo, iban a potenciar mis tendencias al aislamiento y la decantación más exigente, ante un entorno que percibía ajeno y hostil, el estilo vulgar, procaz que se imponía actuaba como un eficaz repelente y reforzaba mi tendencia a una vida puertas adentro.

No obstante cuando fui requerido, acepté el desafío,  sucumbí a los requerimientos, abandone una posición bastante cómoda e intelectualmente gratificante en una universidad norteamericana, hice mis maletas y regresamos a Venezuela.

Eran los comienzos de esta tragicomedia del chavismo, muchos de mis amigos partían un confeti con el régimen y ponderaban posibilidades, no faltaron consejos, acercamientos y proposiciones, puedo decir, sin que me quede nada por dentro, que ni por un instante me sentí tentado, siempre he tenido la necesidad de respetar, para poder aceptar una jefatura, y no veía en el nuevo desorden que aparatosamente se instalaba a nadie digno de mi respeto. El escenario de las luchas internas y las mezquindades en el seno de la oposición, no era lo más auspicioso a mi naturaleza, me autoimpuse el servicio activo como una obligación.

Sin embargo, si la visión hacia la vida política que hacía, no era estimulante, lo que percibía del país era una acelerada y angustiosa degradación que, día a día se generalizaba. Venezuela se hallaba lanzada, de la mano de Chávez, en dirección a una pasmosa involución, a los prolegómenos de la Guerra Federal, entre invocaciones a Zamora, a Maisanta, a los paleros, la brujería súbitamente entronizada, la estolidez y un arcaísmo a tiempo superado. Eran los valores de “tiro fijo” y de Carlos “el chacal”, del hampa y del lavado y tráfico de drogas, una visión hamponil de país, un país malandro en el cual ni cabemos, ni logramos entenderlo, que nos es visceralmente ajeno y tristemente repugnante.

Tal cuadro de decrepitud sin esperanzas, crea fatalmente el marco ideal para la depresión y el descreimiento, la fe religiosa y la decisión de no comprometer ni mis principios ni mis valores, me sostenían en pié, nada más.

Sin embargo, después de un año perdido en escarceos verbales y morisquetas a la galería, inexplicables con una mayoría parlamentaria de 2/3, Venezuela dio señales de vida, de resolución, de lucha, de coraje. 

Los ha venido dando desde las jornadas juveniles del 2014 en las cuales una dirigencia nueva, básicamente estudiantil agarró con decisión la antorcha de la libertad, esa dirigencia, no obstante sus comprensibles deficiencias por inmadurez, fue capaz de crear escuela y de continuar formando nuevos cuadros, de sorprendente densidad intelectual y vocación de excelencia, el encontrarlos y conocerlos ha sido una gratificante sorpresa y me hace pensar que este país que tanto ha costado crear y sostener, no se va a perder en manos de estos atorrantes dispendiosos y descriteriados que nos mandan con el rejo en la mano y sin ninguna preocupación o escrúpulo por la suerte del país.

Pareciera anunciarse el milagro de que nuestra fallida dirigencia política, haya entendido ¡al fin! que no puede seguir barriendo debajo de la alfombra y corriendo la arruga. Desde el jueves pasado los hemos visto y sentido en la primera línea de combate, eso solo basta para repotenciar la fe colectiva y galvanizar las masas, no creo que el valor personal sea una obligación, si no se tiene, cualquier hombre digno se dedica a tareas o profesiones que no lo exijan y nadie debe criticarlo, lo que no se puede es aspirar a dirigir al prójimo y ser cobarde.

Soldados, bomberos, periodistas, sacerdotes y sobre todo políticos tienen que tener coraje, esta es una hora de prueba y de selección inaplazable. Los riesgos intrínsecos de la profesión que uno elige son ineludibles, no vale escurrir el bulto.

En estas horas siento a Venezuela reencontrada, vigorosa, valiente, como en sus mejores horas y nos toca serlo, es ahora o nunca. Adelante. 

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