EDUARDO CASANOVA SUCRE: 23 DÍAS APENAS.

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23 DÍAS APENAS

Por Eduardo Casanova

Circula por las cuatro esquinas de la Plaza Facebook un texto muy bien diseñado en el que se afirma que Pérez Jiménez cayó después de 23 días de agitación. No es cierto. Para unos pocos fue muchísimo más, y para la gran mayoría fue muchísimo menos.

Para mí, que acababa de cumplir 18 años cuando cayó la dictadura, el período de agitación diaria, cotidiana e intensa, empezó realmente en agosto del 57, cuando tenía 17 años, pero ya había participado en acciones contra la dictadura a los 16, cerca del carnaval del 56, cuando el Liceo Andrés Bello se alzó contra el régimen.

Sabía perfectamente que muchas personas, especialmente jóvenes, actuaban contra el tirano, y corrían informaciones muy graves acerca de Guasina, Ciudad Bolívar, El Obispo, etcétera, pero eran noticias muy lejanas y prácticamente limitadas a gente de Acción Democrática y del Partido Comunista.

Pero en agosto del 57, la noticia de que se habían llevado preso a Gerónimo Puig, estudiante de arquitectura y vecino de los Irazábal y los Toro en El Rosal, puso por vez primera un rostro conocido en la geografía cercana de la represión.

Yo formaba una “llave” con mi primo hermano y amigo Carlos Julio Casanova, y juntos organizamos una célula y recibimos instrucción de un antiguo anarquista español que nos enseñó a burlar a la policía política y a hacer bombas incendiarias y a pasar información y muchas otras cosas útiles para la lucha clandestina.

No fuimos héroes, sino peones indispensables en una lucha clandestina, al principio difícil y peligrosa y al final muy peligrosa pero más fácil. El 21 de noviembre se alzó el estudiantado de la UCV y esa fue la señal.

Entre los muchachos presos y torturados por los esbirros estuvo Martín Toro, uno de mis mejores amigos, y nuestra lucha tomó más decisión y más impulso. Ya sabíamos que la dictadura iba a caer pero no sabíamos cuándo.

Aparecieron los manifiestos por la democracia, se alzó la Aviación Militar (1° de enero de 1958) y todo empezó a precipitarse hasta llegar a una situación muy parecida a la de este abril de 2017. Todos los días salíamos a improvisar “mítines relámpago” a las salidas de las fábricas, a las paradas de autobús, a las salidas de las iglesias, a donde quiera que hubiera gente reunida.

Éramos grupos de tres muchachos: uno hablaba, otro repartía volantes y el tercero vigilaba y avisaba cuando venía la policía. Se anunció la Huelga General para el 21 de enero y el 21 a mediodía, con miedo y timidez, empezó la acción final, muy parecida a la actual, la Guardia Nacional y la policía reprimieron con salvajismo y saña, pero de nada les valió.

Pérez Jiménez huyó en la madrugada del 23 de enero y el pueblo tomó las calles para celebrar. De nada le sirvió a la dictadura el “blackout” informativo, oíamos las radios de Colombia y de otros países y sabíamos lo que estaba pasando, de nada le valió la tortura, de nada le sirvió el amedrentamiento, la gente tenía miedo pero lo superaba, lo vencía.

Muchos cayeron heridos o muertos, pero otros tomaban sus lugares y volvían al ataque, hasta que los bestias de la Guardia Nacional y la Policía cayeron derrotados y el bravo pueblo venció.

Y no se crea que Pérez Jiménez era más impopular que Maduro. Porcentualmente tenía más o menos el mismo apoyo, y muy parecido en cuanto a su composición: enchufados, corruptos y lumpen. De modo que el cuadro es muy parecido. Ya sabemos que va caer, lo que aún no sabemos es cuándo, pero falta poco. Me lo dicen los huesos. Y la memoria.

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