EDUARDO CASANOVA SUCRE: EL MAL PAPA…

EL MAL PAPA

Por Eduardo Casanova

 

La religión es algo humano y, por lo tanto discutible. Y discutibles son todas sus aristas, incluido lo relativo al papa. El papa es un hombre, con virtudes y defectos como todo ser humano. Los ha habido santos, pecadores y hasta criminales. “Santo” no es otra cosa que ejemplar, digno de ser imitado.

No tiene nada que ver con lo sobrenatural, sino -también- con lo humano. Un mentiroso, un demagogo, no puede ser un ejemplo. Y ese es el caso de Jorge Mario Bergoglio, un político argentino, peronista y demagogo, que por razones muy difíciles de explicar, llegó nada menos que a papa. Y es un mal papa, de los peores que ha sido puesto a la cabeza de la Iglesia Católica.

He sabido de él desde la década de 1980, cuando estaba yo al frente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y él era el padre Bergoglio, un jesuita muy cercano a la Teología de la Liberación, cuando los jesuitas habían dado un giro demagógico para acercarse a la izquierda y competir con los comunistas y socialistas en el mercado político.

Bergoglio era conocido por su cercanía a los peronistas, a pesar de que los peronistas, en los años 40, quemaron iglesias y persiguieron curas. En otra voltereta política los peronistas y los comunistas se acercaron, clara demostración de que fascismo y comunismo son la misma cosa, o por lo menos las dos caras de una misma moneda.

Bergoglio, al afirmarse el peronismo en el poder, logró tener una posición influyente e importante en su país. Hombre de gestos demagógicos y fáciles, deliberadamente pensados para parecer humilde, ganó fama de ser popular y progresista, y su nombre trascendió los límites no solamente de la República Argentina, sino de Hispanoamérica y del Hemisferio Occidental.

El Vaticano, en un esfuerzo por tener más poder en nuestro medio, impulsó su carrera en Argentina y lo llevó a ser la cabeza de la iglesia argentina. Quizá por un extraño movimiento pendular, los cardenales lo hicieron papa.

Después de décadas de papas conservadores, llegaba al trono de San Pedro un hombre con fama de progresista. De inmediato empezó a recitar su libreto demagógico y buenista. Lo primero fue escoger el nombre de Francisco, un verdadero santo en todo el sentido de la palabra, lo segundo fue hacer gestos para parecer humilde en su atuendo (aún cuando no pudo con la tentación de usar zapatos que valen una fortuna) y en su entorno (debe haber pensado en no usar el papamóvil sino un Volkswagen Escarabajo, pero seguramente la Guardia Suiza no se lo permitiría), y lo tercero fue insultar de hecho, no de palabra​, a Mauricio Macri, para demostrar su amor por Cristina Kirchner, acusada de todo tipo de corrupción pero todavía poderosa con los descamisados de Eva Perón.

Luego, era inevitable que hablara en favor de los homosexuales y de los divorciados y diera la impresión de estar en contra de todo lo que convierte a la Iglesia de Roma en bastión del conservatismo universal.

A sabiendas de que en casi todos esos aspectos no podrá pasar de las palabras a los hechos porque los poderosos vaticanos no lo permitirán. Pero para nosotros los venezolanos ha sido particularmente infeliz y dañino.

Hasta como hombre ha fallado, porque no es de un hombre honorable obligar a tres mujeres, dos de ellas esposas de presos políticos y la otra madre de preso político, a pasar una noche invernal al descampado en la Plaza de San Pedro porque no le dio la gana de hacer el más mínimo gesto en favor de la oposición democrática venezolana.

Y como político, el favorecer mediante trucos y mentiras a un gobierno agónico, narcotraficante, antipopular y probablemente criminal, es algo que deja mucho que desear. Podría alguien defenderlo echándole la culpa al nuncio, pero en tiempos de la globalización comunicacional, cuando cualquiera puede ver desde Roma todo lo que ocurre en Caracas en tiempo real, eso no pasa de ser una coartada realmente estúpida.

Simplemente, Bergoglio no entiende que su misión no es política, sino espiritual, y que no debe dejarse llevar por su populismo, porque le está haciendo un gran daño a la humanidad y a la iglesia católica.

Medio milenio después del nacimiento del protestantismo, sería muy triste que por culpa de un mal papa el catolicismo se convierta en un recuerdo lejano teñido de demagogia y condenado a desaparecer. Sé que eso no va a pasar, pero es lo que busca Bergoglio con su falsa sonrisa y su Volskwagen mental.

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