HORACIO BIORD CASTILLO:

Del SPQR al PSQV: utopía y posibilidades

Del SPQV al PSQV: utopía y posibilidades

En la antigua Roma, las siglas SPQR designaban en latín al Senado y el Pueblo de Roma: Senatus Populusque Romanus. Se acostumbraba colocar en los estandartes y edificios públicos. Dos mil años después, mutatis mutandis, pudiera servir una sigla análoga como lema de un cambio para nuestro país.

Lamentablemente en la historia de Venezuela el exceso de centralismo y el miedo a la descentralización han causado grave daño al desarrollo armónico y sin inequidades del país y sus regiones. Apenas vengan la memoria de la hermosa, chusca y crítica letra de la gaita zuliana del virtuoso Renato Aguirre (“con todo centralizado el Zulia qué se irá a hacer, nos tendremos que vender, todo está paralizado… nos quieren quitar la crema con la centralización … con el tiempo, señores, el puente se han de llevar, la Virgen con sus dolores también la han de cargar… el petróleo, la riqueza, del Zulia se han de llevar… qué problema, qué problemón”) y las terribles sentencias de Laureano Vallenilla Lanz en su sesudo ensayo Disgregación e integración. Ensayo sobre la formación de la nacionalidad venezolana, publicado en 1930.

El centralismo caraqueño, por su parte, ha contribuido a erosionar lo que una vez hubo en todas las regiones y ciudades del país: grupos de personas no solo educadas, instruidas que podían interpretarse como élites intelectuales sin miedo de llamarlas y considerarlas así, no como grupos elitistas o excluyentes, presuntuosos y dominantes (oligarquías), sino como ciudadanos organizados y capaces de llevar los asuntos públicos regionales y locales. Cuando se instauró la elección directa de los alcaldes y gobernadores en no pocas oportunidades se encontró el escollo de que, precisamente por los efectos perniciosos del centralismo, muchos de los mejores candidatos nativos o locales vivían en Caracas o en otras ciudades (caso de los alcaldes). La situación, en parte por la apertura de universidades de calidad, ha mejorado y no presenta quizá lo que puede ser descrito como el terrible y desolador panorama de algunas décadas atrás.

Ante un cambio que se avizora a mediano plano, que no por supuesto a corto pero tampoco excesivamente largo, habría que reconsiderar la transformación del poder legislativo de asamblea unicameral a un cuerpo deliberativo bicameral. De esa manera, un senado no anulado ni cooptado de manera castrante por los partidos o por el horror republicano del pensamiento único o la sumisión al jefe llamado líder o comandante (como si se tratara esto último de una guerra), integrado por dos representantes por cada estado sería una posibilidad de gobierno colegiado en una auténtica democracia parlamentaria y no presidencialista.

Temas ya de detalle, pero que no deben soslayarse desde un principio, son la conveniencia de que los senadores se elijan de manera uninominal y no mediante listas (acordando previamente el tratamiento de los cocientes electorales que fueron tan manipulados en el pasado), así como calificar constitucionalmente las condiciones de un senador (como ser nativo o residir en el estado al que aspira representar y quizá alguna previsión etaria para asegurar una madurez indispensable en esos cargos que no depende, por supuesto de la edad, pero que esta ayuda sin embargo).

En un nuevo dibujo filosófico y jurídico-institucional del país, que recoja actualizándolos los mejores aportes de las constituciones de 1947, 1961 y 1999, se pudiera redefinir el país como una verdadera federación con un modelo descentralizado, regionalizado y parlamentario, una república federal y senatorial, sin miedos atávicos como los expresados tan magistralmente por don Laureano y más recientemente por la praxis militarista del populismo autoritario sintetizado en la equívoca idea tan manipulada por quienes abogan por un pensamiento excluyente y un único partido de un solo gobierno: “qué problema, qué problemón”, diría la gaita. En tal modelo (que no es exactamente el de la propuesta bolivariana del senado hereditario), el senado pudiera asumir la orientación de las políticas del Estado y lograr en combinación con el Ejecutivo un necesario equilibrio, pesos y contrapesos desmintiendo la lamentable asunción de lo superfluo de la división de poderes cuando todos se enfocan hacia un mismo fin, por más loable o justificado que este último resulte a los ojos de sus proponentes (como aquella frase lamentable de que en revolución no es necesaria la separación de poderes que una magistrada llegó a proferir olvidando -o mancillando, incluso- su condición de presidenta en ejercicio del Tribunal Supremo de Justicia).

De esa forma, el senado estaría integrado, según la división político territorial actual, por 46 senadores más un senador al menos en representación de los pueblos indígenas originarios y tal vez los expresidentes constitucionales de la República, ya que esa previsión sobre los senadores vitalicios contenida en la constitución de 1961 era sabia y positiva.

Un punto interesante es redefinir si la federación se lograría de manera directa mediante la unión de los estados o más bien de regiones, integradas a su vez por estados agrupados. Habría, entonces, entre otros aspectos, parlamentos regionales y no estadales (lo que permitiría reducir la burocracia), aunque eso sí gobernaciones estadales. Además las regiones, por ser unidades o resultantes histórico-culturales y de interacción económica, necesitan armonizar sus leyes y políticas propias. Es el mismo caso de los municipios tan estrechamente integrados cuya atomización en alcaldías no tanto independientes sino ajenas unas a las otras no contribuyen a la mejor y verdadera solución de los problemas. Pensemos en áreas metropolitanas divididas por ese tipo de municipios como Caracas (Distrito Capital y estado Miranda), Maracaibo (estado Zulia), Valencia (estado Carabobo), Maracay (estado Aragua), Barquisimeto (estado Lara), la conurbación Barcelona-Lecherías-Puerto La Cruz-Guanta (estado Anzoátegui) y El Tigre (también en el estado Anzoátegui).

Las regiones (Zulia; Occidente integrada por Lara, Yaracuy y Falcón; Andes; Llanos; Centro; Capital; Oriente; Insular y Guayana) quizá pudieran impulsar una mayor integración sociopolítica y económica y realizar un antiguo sueño venezolano, nacido en 1811 en los días iniciales de la República, y otro más reciente. El primero, constituir una eficaz federación y garantizar una absoluta democracia social y geoespacial. A pesar de que casi por un siglo este país se llamó Estados Unidos de Venezuela, aún no se ha concretado realmente una verdadera unión federal. El otro sueño es la legítima aspiración de tantos compatriotas de tener o construir un Estado descentralizado y desconcentrado, política, territorial y administrativamente: un país más cercano a su intrínseca diversidad sociocultural.

Quizá la idea de la regionalización como medio para construir una auténtica federación permita que Venezuela, a mediano plazo, sea una confederación de regiones federales, en las que cada estado tenga y preserve su autonomía y su identidad particular, para construir ese país-bisagra entre las regiones y el continente o macrorregión latinoamericana (o iberoamericana) del que intrínseca e ineludiblemente formamos parte.

Entonces, con orgullo, podremos exhibir la sigla SPQV o, mejor, PSQV: los pueblos y el senado de Venezuela.

Foto del perfil de Horacio Biord Castillo

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario

Actual presidente de la Academia Venezolana de la Lengua

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

http://reportecatolicolaico.com/2017/04/48986/

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