LA GUERRA FINAL Y DECISIVA QUE LIBRAMOS, por: Antonio Sánchez García

LA GUERRA FINAL Y DECISIVA QUE LIBRAMOS

 

Antonio Sánchez García

@sangarccs

“Hay dos grupos, dos categorías de individuos, dos ejércitos enfrentados. Y tras los olvidos, las ilusiones y las mentiras que tratan de hacernos creer, justamente, que hay un orden ternario, una pirámide de subordinaciones o un organismo, tras esas mentiras que intentan que creamos que el cuerpo social está gobernado sea por unas necesidades de naturaleza sea por unas exigencias funcionales, hay que reencontrar la guerra que prosigue, con sus azares y peripecias. Hay que reencontrar la guerra: ¿por qué? Pues bien, porque esta guerra antigua es una guerra…permanente. Tenemos que ser, en efecto, los eruditos de las batallas, porque la guerra no ha terminado, los combates cruciales aún están en preparación y tenemos que imponernos en la misma batalla decisiva. Vale decir que los enemigos que están frente a nosotros siguen amenazándonos y no podremos poner término a la guerra con una reconciliación o una pacificación, sino únicamente en la medida que seamos efectivamente los vencedores.”

Michel Foucault,

Hay que defender la sociedad,

Akal, Madrid, 2003, pág. 50

            

Cabe comenzar nuestro análisis replanteando dos afirmaciones que han marcado desde los últimos dos siglos la determinación categorial de lo que en Occidente se comprende bajo el concepto de lo político. La primera se debe a Carl von Clausewitz, el gran teórico de la guerra moderna que fuera el primero en comprender la naturaleza global, total y totalitaria que alcanzaría en el curso de los siglos XIX y XX: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. La segunda, planteada un siglo después, también surge del seno de la cultura alemana y se debe al jurista y pensador Carl Schmitt: “lo político es la relación amigo-enemigo”. Vale decir, tiene lugar en el terreno de la hostis, la enemistad absoluta. O dicho Clausewitzianamente: “es la continuación de la guerra por otros medios”. En el trasfondo de toda política está la hostilidad, la enemistad absoluta; llegando a las definiciones existenciales, desemboca en la guerra.

            Es preciso comprender ambas definiciones categoriales dialéctica, no lógica, formalmente: en uno como en otro pensador, lo político  constituye y se realiza en tanto proceso que recubre, como su potencialidad extrema, el rompimiento del status quo y la apertura de las hostilidades. Como la guerra es la ruptura de la paz, de la que emerge y a la que tiende, así la política: en tiempos de normalidad, la política ha sido recubierta por un manto de acuerdos y entendimientos, digamos: por una narrativa que arropa la crisis que le diera origen, la victoria de quien venciera y la derrota de quien fuera avasallado por el triunfador. Con una característica fundamental: el botín conquistado en esa guerra constituyente, originaria es el establecimiento y la detención de la soberanía. Recubierta, fortalecida y mistificada por la historia, la soberanía es el tesoro oculto del Poder. La crisis desenmascara la falacia que la sustenta. Llegado a esa ruptura existencial, la soberanía queda a la deriva y vuelve al seno del pueblo, su único creador, dador y detentor. Es lo que ocurre hoy por hoy en Venezuela.

            En dicho sentido: la política, en períodos de normalidad y estabilidad general, ha logrado recubrir el campo de batalla que le diera origen y someter al factor desestabilizador que espera, al acecho, por la nueva ruptura de las hostilidades. La paz no es perpetua, como quería Kant: es, como lo sabían los griegos desde los tiempos clásicos, un interregno entre dos guerras. En ese sentido, perpetua no es la paz; perpetua es la guerra. La eterna amenaza. En ese sentido, la política es el arte de mantenerla dominada, aprisionada, sacralizada y ritualizada  en la institucionalidad dominante. Vigente, estabilizada y dominante en tanto sus frutos sean manifiestos: la felicidad de los ciudadanos. Y los acuerdos fundantes plenamente satisfactorios. Pero tal como lo plantea Carl Schmitt: la enemistad existencial de los factores en conflicto jamás se extingue. La guerra siempre acecha.

            Venezuela rompió el pacto de entendimiento político – la paz provisoria de la Cuarta República – acordado el 23 de enero de 1958. Un pacto que diera pie a una estabilidad relativa, siempre frágil, siempre precaria, pero suficientemente hegemónica y fructífera como para garantizar treinta años de convivencia cívica, democrática y prosperidad social y económica. Llegó a su fin con el semi frustrado golpe de Estado militar del 4 de febrero de 1992 y el derrumbe de los acuerdos partidistas de los factores civiles, que se produjera la misma tarde de ese 4 de febrero. El golpe de Estado militar comenzó a medianoche del 3 al 4 de febrero. El golpe de Estado civil se produjo en el Congreso la misma tarde del 4. Lo declaró el único sobreviviente de entre los firmantes del Pacto, el ex presidente Rafael Caldera. La paz había llegado a su fin. El ciclo de la paz de Punto Fijo había terminado.

2

            Ha transcurrido exactamente un cuarto de siglo desde entonces. Luego del breve interregno de los gobiernos provisionales de Octavio Lepage y Ramón J. Velásquez – un saludo a la bandera que anunciaba el fin de la democracia de Punto Fijo – y el segundo gobierno de Rafael Caldera, ya al margen del ciclo liberal puntofijista y mera antesala y puente hacia el gobierno autocrático, caudillesco y militarista de Hugo Chávez, la política, en Venezuela, tendría lugar sobre el terreno de la guerra. Una guerra de variada intensidad, vivida fundamentalmente sobre el terreno electoral y el sistemático desalojo de la institucionalidad y la cultura liberal democrática que parecía cumplirse con el consentimiento generalizado de todos los sectores sociales y políticos, pero cuyo objetivo final fue, desde un comienzo, establecer un régimen dictatorial totalitario de naturaleza castro comunista en Venezuela. Un propósito que exigía el establecimiento de una nueva soberanía, intentado a medias con la Asamblea Nacional Constituyente pero sin trascender al establecimiento de un régimen totalitario, como en Cuba. No fue más allá de una mera reforma constitucional. Y el compromiso sellado entre Hugo Chávez y Fidel Castro a raíz de la rebelión cívico militar del 11 de abril. El Poder, en Venezuela, fue desde entonces un compromiso de subordinaciones entre Venezuela y Cuba. Jamás existió la determinación de entronizar un régimen socialista y revolucionario: para Cuba, Venezuela fue una mera satrapía, una colonia de la que extraer las riquezas necesarias para su propia existencia. Fidel y Raúl Castro jamás cederían la exclusividad revolucionaria. Venezuela sería, para ellos, una simple colonia.

            A pesar de lo cual y dada la indefinición estratégica del chavismo se impuso entre su régimen y la oposición una permanente guerra de baja intensidad. Dos factores  determinantes permitían esa guerra de baja intensidad y esa política de sistemático desalojo de la vieja institucionalidad y cultura democráticas llevada a cabo porel llamado socialismo bolivariano del Siglo XXI en el más puro estilo nazi fascista: el poder carismático y legitimador de Hugo Chávez Frías, que dispuso de la mayor cuota de poder jamás poseída por líder político militar alguno en la historia de la República,  y la sorprendente riqueza de recursos financieros favorecida por los altos precios del petróleo. Así, los lógicos obstáculos y contratiempos que provocan una estrategia de esa naturaleza bajo condiciones de normal reproducción material y política pudieron ser evadidos, mientras se avanzaba hacia el estrangulamiento final del viejo pacto de dominación política. Aún así: el tercer factor que atentó contra los dos anteriores fue la naturaleza profundamente democrática, liberal y legalista de las clases medias venezolanas, sostén esencial de la democracia de Punto Fijo. Y la relativa neutralidad mantenida por las fuerzas armadas, todavía comprometidas con la defensa de la institucionalidad constitucionalista. Como quedara de manifiesto a raíz de la derrota del proyecto de reforma constitucional de noviembre de 2007 y la relativa autonomía de que hiciera gala entonces el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, bajo el mando del general Raúl Isaías Baduel.

            La enfermedad y muerte del único factor político y soberano determinante del proyecto bolivariano y el fin del ciclo de bonanza petrolera que comenzaran a perfilarse hacia el 2010 precipitaron los acontecimientos en 2013. A la muerte de Hugo Chávez se hizo manifiesta la absoluta orfandad política de su proyecto sin destino y como en otros clásicos ejemplos de dictaduras, incluso de tiranías caudillescas, la carencia de instituciones, un partido sin anclaje verdaderamente popular y un régimen pandillesco yhamponil de gobierno, disputándose el botín del narcotráfico los despojos del ingreso petrolero.

            Se ha llegado así, a lomos de una pavorosa crisis humanitaria y una brutal caída en el desamor de los sectores que le fueran afectos, a una dictadura en cueros, una cáscara vacía, un esqueleto dictatorial, el oxímoron de un poder absolutamente impotente, que sólo puede resistirse al embate del despertar y empuje de la oposición democrática que ya abarca a más del 85% de la población ciudadana y comporta en sus genes la soberanía liberal democrática que busca expresarse y consolidarse desesperadamente,  mientras Maduro no cuenta al día de hoy con más de un frágil y veleidoso 11% de respaldo – haciendo uso de la brutal violencia de las armas del sector de la fuerza armadas destinada al trabajo sucio de ensangrentar las calles asesinando a mansalva a los jóvenes manifestantes.

            El Rey está desnudo. Su auténtico, su histórico poder es una ficción. Las pandillas se estarán despellejando por apropiarse de lo que va quedando del botín, mientras la amenaza de la acción político judicial de los Estados Unidos debe aterrar a quienes se saben sin escapatoria. El país ha despertado y fiel a su más íntima esencia libertaria ha decidido no retroceder en su accionar insurreccional hasta imponer el desalojo de Nicolás Maduro y la entrega del Poder. Por primera vez en la historia de Venezuela, el pueblo acorrala a los gobernantes y amenaza con desbarrancarlos. La desigualdad de las fuerzas alcanza tal desproporción, que no existen los ejércitos capaces de asesinar a tantos millones de insurgentes. El desmoronamiento es inevitable e inminente.

            Venezuela vive hoy una insurrección popular de naturaleza prerrevolucionaria. Las fuerzas populares traspasaron el límite de lo reversible. El gobierno se halla acorralado y sin escapatoria. La guerra será ganada. La única salida para Nicolás Maduro y las pandillas que se niegan a dejar el Poder – Diosdado Cabello, El Aissami, Vladimir Padrino y sus secuaces – será la retirada. Cuanto antes, mejor. Para todos. Cabe recordar la frase que se le atribuye al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba(1453-1515), y con la cual el Quijote no parecía estar de acuerdo: “Deteneos y esperad, canalla malandrina; que un solo caballero os espera, el cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacedle la puente de plata”.

           

           

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