Risas que salpican sangre

  • fotodealejandro.jpg
     

    Los rostros de la hora.

     

    por: Alejandro Andrés Sosa Röhl

    En el mundo animal, reina la fuerza bruta. Se adueñan del honor las garras más aladas, los colmillos ensangrentados y los estómagos saciados. En cambio, en el universo de las consciencias – la humanidad- dominan los espíritus grandes. Del honor se apoderan la mirada firme y los corazones nobles. Aquellos que orientaron contra su pueblo máquinas de muerte, de uniformes -verdes o rojos- claudicaron. No fue su venezolanidad lo que despreciaron. Renunciaron a su humanidad. Operan códigos animalísticos.

    Solo así vigilan esos rincones tétricos de su afán. Pisamos las calles y marchamos. Se gritan consignas y nos sentimos

    miembros del club de la trascendencia. Miles juntan razones para elevar su voz. A la distancia, solo se nota el tricolor.

    Pero seré honesto. Evitaré empalagarles con palabras altisonantes. No soy un héroe.

    Sí, he estado en primera fila. He presentado mi pecho a las tanquetas. Sin escudero protector, respiro gases con la cara en llamas. Grito libertad como si vomitara mis pulmones. Y en plena batalla he ofrecido mis brazos a los guerreros.

    Pero mi lucha trasciende Venezuela, Bassil Da Costa y Armando Cañizales. Mis venas no palpitaban empatía, solo simpatía. La protesta era mi desahogo. Luchaba por lo que el chavismo me quitó. Vivir a la fuerza una vida que no quise vivir. Una juventud extraordinaria, pero no divertida.

    Mucha desesperanza, despojado del romanticismo del que gozan las almas verdes.

    El 18 de mayo me marcó. La experiencia fue terrible, pero mi fortuna la superó. Perdí apenas unos trocitos de carne, pero el egoísmo de mi protesta sufrió una metamorfosis.

    Oscurecía. Las nubes lucían las tonalidades del arrebol. Las rodillas de los manifestantes no flaqueaban. La reja de La Carlota dividía a los bandos. La sombra de las piedras volaba. El contorno de los guardias mostraba colores al fuego de sus escopetas. Bombas molotov encendían las ramas de los árboles. Cientos de gargantas juveniles gritaban resistencia, coreados por espíritus de rostros maduros.

    Liberando mi protesta de las prisiones que me ahogan, me percaté de la hora. Llegaba el tiempo de la cacería. En casa estaría mamá, con muecas de angustia. Respiré –por un- quitándome la máscara de gas. Comencé mi retirada. Y entonces llegó la lluvia de gases en el distribuidor Altamira. En su trayecto dibujaban arcoíris fantasmales, espectros que danzaban con la luz de los faroles.

  • A lo lejos, rugían las motos. Pensé en Animal Planet. Éramos los venados, corriendo despistados ante la cercanía de un depredador. Ansioso por tener

    sus garras chorreando sangre.

    ¡Corran! Ancianas, y físicos poco aventajados, desplegaron virtudes

    maratonistas. Corrían por sus vidas.

    Una mujer se precipitó al asfalto. En el caos, frené para ayudarla, pero sus

    humos de doncella no facilitaban mi labor. Enderezada sobre sus pies, se

    hizo tarde para la plaza. Estábamos rodeados.

    Unos treinta venados nos adentramos en la autopista, hacia Petare. Cada

    respiro dolía, un gas endemoniado daba golpes certeros. Quise dormir

    sobre el cemento solitario y vomitar. Pero corrimos. Incrementé mi rapidez

    cuando llegó el eco macabro de las motos. Corrí. Los ecos ahora eran

    truenos. Subimos al monte desesperados. Algunos escalaron el muro. Otros

    seguimos corriendo. Los depredadores cazaron sus presas, dos por moto.

    Disparaban divertidos, como en un safari. Éramos venados, tal vez sus

    conejos. Noté a la niña que estaba frente a mí. Parecía hecha de alambre.

    Su mochila de Minions era proporcional a su tamaño, seguro era su

    favorita. Temblaba. Tendría unos dieciséis años.

    Un perdigón le alcanzó el bracito y cayó de golpe. Me detuve junto al joven

    que iba detrás. Nos arrojamos al suelo y cuidamos el espacio para

    resguardarnos. El estruendo del fuego, eructo de los tiranos, aturdía mis sentidos. Tras el arbusto y con el viaje de proyectiles, pedacitos de hoja se

    hicieron alleres y se nos clavaron en el rostro. La niña gritaba de dolor,

    quizás terror. La rodeé con mis brazos y la acerqué a mí cuerpo,

    secundándome el muchacho, que se posicionó delante de ella. Nos hicimos

    el escudo que detenía un granizo de metal. Cogí la tapa de un pipote de basura para frenar los disparos. Sentía los impactos en el plástico y miedo

    en el pecho. También el pánico de mis compañeros anónimos y mis ojos ardientes ante la neblina tóxica. La claustrofobia se apoderó de nosotros.

    Estábamos atrapados contra la pared. Algo horrible tenía que suceder.

    Sentí el dolor como un corrientazo, que se disparó en mi mejilla. Fue el

    zampón de una mano, robusta y llena de cayos. Dos guardias: uno flaco y el

    otro gordo. Abbott y Costello, venidos del infierno. El delgado, arrebató mi escudo espartano. Mientras el gordinflón gritaba con su voz de

    Neanderthal: Los mataremos, guarimberos mariquita. Y como balón de

    fútbol, mi compañero soportaba estoico. El chamo no se dejaba. Se aferraba al aire. Volaba a los brazos de su madre, pero ese deseo infantil

    incubó más odio en la bestia disfrazada de guardia. Desnudó la cabeza del

    guarimbero. Sacó el casco y le partió el cráneo.

    ¡Maldito! ¡Maldito!, repetía con insistencia, mientras daba sus golpes

    “orangutánicos”. Los ojos de la niña proyectaban terrores dantescos. Sus lágrimas eran escarchas y brillaban tintes naranjas. Chilló. Eran sonidos agudos y jóvenes. Costello estaba perturbado. Apretó y mostró los nudillos.

    Y el borrico golpeó el rostro bebé: cállate, carajita de mierda.

    – ¡Estamos desarmados! -grité- ¡No es necesario que esto pase a mayores! ¡No tenemos ni una piedra en los bolsillos! -dije, sin

    recordar que mentía.

    El gordo volteó y capté unos ojos achinados, que se colaban a través de su

    máscara de gas. Busqué huellas amables, algo humano tras ese artefacto y

    el uniforme devaluado. Solo encontré la nada. Ordenó al compañero darle a

    sus golpes un parao. Nos robaron nuestros bultos y celulares. Noté la

    tristeza de la niña. Sus Minions ahora serían de alguna hija de la tiranía.

    ¡Váyanse! ¡Vuelen pajaritos!

    La niña corrió entre lágrimas. Sus colores se desdibujaron con las siluetas

    de la noche. Me levanté con una mano dibujada en mi cara y crucé miradas

    con el robot obeso. Enderezó el cuerpo y buscó la empuñadura. Elevó la

    quijada y presionó la culata contra su hombro. Recuerdo esos ojos. De repente, fueron opacados por la negrura de un orificio asesino, la última

    imagen que se grabó en las mentes de tantos hermanos caídos. Comprendí sus intenciones.

    Corrí otra vez. Descendía la cumbre y sonó el estruendo. El dolor se tatuó

    en mí piel. Ese dolor que condena a muchos hogares a tragedias inmerecidas. Sentí un relámpago en la espalda y mis rodillas fallaron. Rodé

    hasta el cemento de la autopista. Mi compañero anónimo también rodó.

    Nos rodearon las hienas hambrientas. Reían. Balbuceaban improperios,

    esas burlitas de ratón, de bullies trogloditas. Sentí repugnancia, la

    flatulencia de sus ocios. Actuaban como criminales, son malandros disfrazados de guardianes.

    ¡Agáchense ahí malditos! – gritó la hiena, sin tonos pedagógicos.

    – Ya nos revisaron y nos dejaron ir – contesté, con pinchos de dolor

    en mí espalda.

    ¿Lo tengo que repetir mariquito? – gritó, adulterando su amenaza al

    empujarme.

    Caímos arrodillados. y con las manos en la nuca. Mi compañero estaba rojo de cólera.

    -¡Son lacras¡ ¡La desgracia de este país! ¡Sientan el peso de cada

    asesinado! ¡Cuando la dictadura caiga, lo pagarán! ¿Acaso ustedes

    no tienen familia?

    Escuché sus risas. Las pupilas les brillaban, como de chacal a punto de

    saciarse.

  • El guardia se retiró a una suerte de madriguera, para discutir con su manada. Entonces me dirigí a mi compañero anónimo.

    ¿Cómo te llamas hermano?

    Alexander, mi pana – dijo con el aliento fracturado. ¿Y el tuyo?

    Alejandro… Mi pana, eres un valiente, pero ya te desahogaste. No digas más, porque te van a meter un perdigonazo en la cara, fuerz…

    Interrumpí mis palabras, regresaba nuestro esbirro. Sentí mi pecho acelerado y con furia, pero mis ojos tenían ganas de llorar. La ira, el miedo y la desesperanza también se vuelven lágrimas.

    ¿Ahora si vas a llorar no? guarimbero maricón – clamó la rata.

    Pensando en el valor de mi compañero, levanté la mirada y aseguré que

    mis ojos estuvieran secos.

    ¿Ah sí? bueno, vamos a ponerte a llorar

    Abrió el rifle, sacó los cartuchos quemados y alimentó la recámara. La

    cerró y clavó el cañón en mí entrecejo.

    ¡Llora! ¡Llora hijo de puta! ¡Obedece o presiono el gatillo!

    Sentí la boca caliente del fusil. Mi dignidad lo era todo. Tenía que ser valiente. Quería lanzar una moneda y dejarlo al chance. Si salía mal, caería con la mirada en alto. Pero algo en mí se quebró.

    -¡Ya!¡Ya!¡Tengo nueve huecos en la espalda!¡Ya nos golpearon y quitaron todo! ¡Nosotros no hemos hecho nada malo! Déjennos en paz

    ¿Acaso no tienen alma? ¡Ganaron esta batalla! ¿Eso quieren escuchar?

    ¡Ganaron coño!

    Yo temblaba como un animal mojado. Mi franela del movimiento estudiantil

    UCABISTA estaba empapada de sangre, y se escurría hasta el cemento. Las

    hienas reían al verla salpicar. Mi alma también sangraba. Estas bestias

    odiaban y reían. Me sentía humillado, como un trapo viejo tirado en el suelo, pisado por la cruel bigardía de figuras borrosas. Parecía una de representación de algún castigo kafkiano, uno que los jóvenes hemos sufrido durante dieciocho años.

    El gatillo permaneció quieto. Nos dejaron ir.

    Alexander y yo nos ayudamos a correr. Las motos nos seguían y disparaban al viento. Dispárale a ese – se burlaban. Con sus alientos rozándonos las nucas, amenazaban con las culatas.

    Nos lanzamos al suelo varias veces, solo para levantarnos y continuar corriendo. Cada paso dolía. La adrenalina burbujeaba en nuestras venas.

    Fue una eternidad y llegamos al distribuidor de Altamira. Héroes desconocidos aguardaban con sus motos encendidas. Eran los jinetes

    Camisa ensangrentada de ALejandro.jpg
    Está “purpura” no es cesárea, ni un producto fenicio, es la sangre muy roja de un nieto de próceres, derramada por Venezuela…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s