ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA: ¿Y LOS MILITARES?

¿Y LOS MILITARES?

 

Dos temas de vital importancia con los que deberemos familiarizarnos y cuyas contradicciones deberemos resolver más temprano que tarde: ¿qué hacer con los militares venezolanos del futuro? ¿Qué hacer con las clases políticas que deberán asumir en el futuro  la conducción de nuestra república? Confiemos en las justa respuestas. Nos indicarán el camino.

 

            Comprendo la ardorosa defensa de la institución militar planteada por mi amigo Luis Betancourt Oteiza. Y su esfuerzo por deslindar las fronteras de las responsabilidades de dicha institución en el nacimiento, desarrollo y curso de nuestra sociedad. Compartiendo su apreciación de que, mientras imperen las actuales circunstancias sociales y políticas dominantes en el planeta, la industria de fabricación de armas sea una de las más poderosas y lucrativas y la guerra posiblemente el principal negocio de las sociedades de todo orden actualmente imperantes – del Isis al Pentágono y de Putin a Donald Trump – una república que se precie, defienda su integridad nacional y esté preparada para todas las contingencias aún dominantes, tanto externas como internas, resulta ilusorio y errado pretender prescindir de ellas. Más aún, que resulta profundamente irresponsable y carente de juicio, culpar a las fuerzas armadas de los errores, incapacidades y veleidades de la civilidad. Que ha sido, en rigor, quien ha gobernado, dirigido y ocupado las instituciones, establecido y regido las leyes y el máximo responsable por haberles transferido poderes y decisiones de las que hubiera debido mantenerlos absolutamente apartados. Como sostiene el refrán: la culpa no es del ciego, sino de quien le extendió el garrote. Ni la cojera es culpa del empedrado. Si en Venezuela ha sobrado militarismo, la culpa, desde los tiempos de Don Simón Bolívar,  es, en primer lugar, de la inmensa falta de civilismo. Todo lo demás es tomar el rábano por las hojas.

          Ahora bien: de allí a pensar que sin la participación de quienes están sumergidos hasta el cuello en el pantanal de crímenes e iniquidades, corruptelas sin nombre y perversiones indignas, la sociedad civil venezolana no será capaz de desalojar al régimen castro comunista y esencialmente militarista que nos oprime, hay un abismo político, conceptual, ético y moral. Si bien tampoco es sostenible que una tarea de tanta trascendencia y significación, hoy por hoy aparentemente imposible, como zanjar de raíz y desalojar de cuajo al régimen que nos oprime, persigue, encarcela y ejecuta, deba cumplirse necesariamente sin intentar sumar todas las fuerzas, decantando lo que aún no ha sido corrompido y maleado de lo que ha sido tocado por la metástasis del cáncer que ya se llevara de esta vida a su principal responsable y debe estar aproximando a la muerte a las principales fuerzas internas de la institución armada. Así el cáncer del que hablamos sea una odiosa metáfora.

        Sería absurdo, incluso criminal, negar la justeza y racionalidad de tal propósito. ¿Qué mejor y mayor esperanza que esperar que los generales de división, de brigada, tenientes coroneles y así, de allí hasta suboficiales y soldados rasos comprendieran que deben dar un paso al frente, con coraje y honestidad,  poniéndose abiertamente de lado de la Constitución y la Leyes, del Pueblo y de los pueblos, de los ciudadanos de toda suerte y condición – de sus familias, sus esposas, sus padres y sus hijos – que hoy reclaman y exigen operar de urgencia y amputar sin dilación lo podrido que nos abruma y permitir el nacimiento de la nueva Venezuela, que puja, grita y llora por ver la luz y darle andadura a la sociedad que todos llevamos dos siglos esperando?

     Comparto absolutamente la apreciación de quienes, como Luis Betancourt Oteiza, rechazan culpabilizar exclusivamente a las fuerzas armadas por el siniestro rumbo seguido por nuestra sociedad desde el 4 de febrero de 1992. Un acontecimiento ominoso, turbio y de graves y pesadas consecuencias para nuestra nacionalidad, Y jamás he olvidado ni dejado de mencionar la pesada responsabilidad de quienes, desde sus altas magistraturas presidenciales, parlamentarias, judiciales, académicas, mediáticas, profesionales y partidistas avivaron el fuego de la traición, apostaron con avieso y escandaloso oportunismo a los beneficios que podría acarrearles apostándose del lado del golpismo militar, criminal y asesino. ¿O es que el 4 de febrero no hubo las centenas de muertos y los milmillonarios destrozos que anticiparon el futuro de una devastada Venezuela si caía en manos de cualquiera de los comandantes golpistas y los generales y altos oficiales que acechaban en la sombra y contribuyeron a solapar la monstruosa responsabilidad de quienes también les sacaban las castañas del fuego? ¿Cuántos de quienes hoy claman al cielo por la necesidad de salir de esta pesadilla no se subieron al carro del chavismo, no aceptaron altos cargos de gobierno, no se acoplaron a la entrega del país y sus riquezas al neo empresariado y a la nueva burguesía de turno o a los administradores cubanos aposentados en Fuerte Tiuna? ¿Cuántos de los millones que hoy somos podemos alzar la mano y exhibirla con orgullo, pues no está manchada con la corrupción generalizada, que iba desde los cupos de Recadi a los negociados empresariales?

       Debo, por cierto, corregir a mi querido amigo Luis Betancourt Oteiza: no fueron cien los “intelectuales y artistas” que se arrodillaron ante la visita monárquica del tirano cubano, que ya llevaba treinta años oprimiendo y esclavizando al pueblo cubano. Fueron más de setecientos. Y recorrer ese listado de la vergüenza depara insólitas sorpresas, como que entre los firmantes que consideraban que el tirano cubano era la máxima representación de la dignidad latinoamericana se encontraba nada más y nada menos que el actual papa negro, el prepósito de los jesuitas en el mundo, Arturo Sosa Abascal. Un azar geográfico hizo que no firmara Jorge Alejandro Bergoglio, pero a juzgar por el curso de la historia posterior pudo perfectamente haber figurado entre tanto tonto grave, tanto farsante, tanto asomado y tanto tartufo.

        Serían tan injusto pretender excluir de las filas de esta hermosa cruzada histórica de purificación nacional que hoy estamos viviendo a quienes aún no han sido contaminados con las narco ambiciones militares – insiste Luis Betancourt Oteiza en referirse a los jóvenes oficiales de la FAN – como hacerlo con quienes por entonces, todavía prisioneros de las viejas certidumbres y dependencias ideológicas,  aún no alcanzaban el nivel de conciencia política necesaria como para comprender cuán profundo, difuso y engañoso era el mal que se anidaba en los laberintos de la realidad nacional, perfectamente representados y capitalizados por el tirano cubano. Lo cual tampoco insta a desconocer la natural desconfianza que todavía hoy provocan las sobrevivencias de dichas ideologías en el seno de las dirigencias de los partidos opositores. Posiblemente responsables de las dudas y vacilaciones con las que enfrentan el necesario enfrentamiento contra la tiranía.

         Dos temas de vital importancia con los que deberemos familiarizarnos y cuyas contradicciones deberemos resolver más temprano que tarde: ¿qué hacer con los militares venezolanos del futuro? ¿Qué hacer con las clases políticas que deberán asumir en el futuro  la conducción de nuestra república? Confiemos en la justa respuesta. Nos indicará el camino.

 

                       

 

            

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