LUIS GARCÍA PLANCHART: El precio de la libertad y la democracia.

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sábado, 27 de mayo de 2017

El precio de la libertad y la democracia

Dedicado a Jesús Petit Da Costa
 y todos los juristas opuestos a la prostituyente
 
 Jutta Limbach, presidenta del Tribunal Constitucional de Alemania

Estoy de acuerdo con varios opináticos, quienes no dudan que el narco régimen chavo–madurista es una muestra indubitable de fascismo, no en el sentido que los comunistas le quieren dar a dicho sustantivo, sino al que realmente tiene y que se manifestó en Alemania, España, Italia y Rusia durante el siglo pasado.

Por eso, considero oportuno comentar la investigación sobre Georg Elser, llevada cabo por la doctora Jutta Limbach (1934–2016), quien fuera presidente del Tribunal Constitucional de la República Federal Alemana y presidiera hasta su deceso el prestigioso Goethe Institut unter Nationen (Instituto Goethe Internacional). El texto fue publicado en el diario Frankfurter Rundschau al conmemorarse el centenario del nacimiento de Elser, leído por su autora en el Ayuntamiento de Bremen y volvió a ser editado por la Revista Kulturchroniken su entrega correspondiente al segundo semestre del 2013.

Georg Elser, menospreciado héroe del pueblo alemán

Para Limbach, ninguno los participantes en conjuras para asesinar a Hitler ha sido tan menospreciado y subestimado como Elser. La acción de este valiente y también la del movimiento que culminó con el golpe de estado del 20 de julio de 1944 fueron importantes acontecimientos a los a los cuales se les restó importancia por décadas.

Incluso, tras la derrota alemana, hubo voces que caracterizaban a tales acciones como traición a la patria. Y todavía se lamentan hoy que las víctimas del 20 de julio apenas tengan un eco en los corazones del pueblo germano.

Sin embargo, la idea expresada en la Carta Magna tudesca sobre la resistencia fue inspirada en gran medida por el fracaso intento del 20–J. El biógrafo de Hitler, Joachim Fest (1926–2006) ha expuesto impresionantemente el largo camino que condujo hasta esa fecha, y lo ha analizado profundamente.

Por el contrario, el atentado de Elser en la cervecería Bürgerbráu de Múnich merece para él tan sólo una breve alusión cronológica al término de su libro–: El 8 de noviembre de 1939 hubo un atentado de un individuo, llamado Georg Elser, contra Hitler en Múnich.

Enemigos y seguidores de Hitler consideraron evidentemente como inimaginable el hecho de que un ciudadano de a pie pudiese intentar cometer un magnicidio, y sólo con sus propios recursos fuese capaz de construir e instalar una estereotipada bomba para lograrlo. Se les antojaba inconcebible –y les sigue pareciendo hoy– que un aprendiz de artesano, procedente de uno de los grupo socioeconómicos más desposeído, pudiese anticipar el peligro que significaba para la paz mundial Hitler.

Empero, Elser, que pagaría su acción con la muerte en Auswich entre torturas y en medio de una larga agonía, declaró que su motivación había sido el insaciable afán expansionista de Hitler. Esta previsión sobre una futura catástrofe avergonzaba evidentemente a todos aquellos que no se percataron, pretendieron no hacerlo o lo hicieron demasiado sobre de la naturaleza criminal del nacionalsocialismo.

Allí radica –asegura  Limbach–, la razón profunda del por qué tiende a olvidarse el atentado de Elser, se le atribuye a presuntos cómplices o se le descalifica. Porque la fina sensibilidad de Elser y su energía para adoptar decisiones, pusieron en tela de juicio la credibilidad y el sentido ético de muchos de sus coetáneos.

La resistencia alemana entre 1933 y 1945 no estuvo únicamente reservada a las clases dominantes. Aunque el volanteo generado por la Weiße Rose (Rosa blanca) y la conspiración de políticos y oficiales hayan atraído más a la opinión pública, bajo una tiranía política que desprecia a los seres humanos, el comportamiento de los que poseen conocimiento innato de sabiduría popular es clave.

El derecho a la resistencia

 Limbach así lo explica–: El derecho a la resistencia, legalizado en 1968 e inserto en la Ley Constitucional de la República Federal de Alemania, no excluye a nadie. Allí puede leerse: “Contra toda persona que intente suprimir este ordenamiento tienen todos los alemanes el derecho a la resistencia, cuando no sea posible otro medio (Art. 20, párrafo IV GG, Ley Fundamental). Este el mismo espíritu que el legislador venezolano quiso darle al Artículo 350 de la Constitución de 1999 y –¡que duda cabe!– Maduro y su combo quieren eliminar para mantenerse delictivamente en el poder por tiempo indeterminado.

Con la expresión “orden jurídico agredido” –continúa la jurista–, se alude a las leyes de la República Federal. Por ello no podemos subsumir la acción de Elser bajo el imperativo de la Ley Fundamental. Pero si podemos, desde luego, intentar enjuiciarla sobre el trasfondo de esta norma constitucional. Por lo demás, también la Constitución de Bremen reconoce el derecho a la resistencia. Según su Artículo 19, la resistencia “es un derecho y un deber de toda persona cuando los derechos humanos establecidos en la Constitución son violados por los poderes públicos.

El derecho a la resistencia de la ley fundamental de Alemania ha sido incluido en su Constitución en función al estado de excepción. Fue en cierto modo una compensación por las limitaciones a la libertad individual en casos de emergencia, como un trozo de pan para compensar el látigo autoritario. El contenido simbólico de este derecho individual es indiscutible, porque el derecho a la resistencia surge dónde y cuándo imperan regímenes injustos o tiránicos.

En 1939, cuando Georg Elser actuó, lo hizo ante el gravísimo peligro que amenazaba a los derechos humanos, no sólo de los germanos sino de sus vecinos, y así se subsumía claramente, el caso en la resistencia legítima.

El 1° de septiembre, las tropas alemanas invadieron a Polonia. En los campos de concentración y las mazmorras de la Gestapo era violado sistemáticamente, desde hacía ya algunos años, el derecho a la vida y a la integridad corporal y lesionados los derechos de libertad individual.

Situaciones parecidas a las que ocurren a diario en la Venezuela del 2017, invadida como está por la narco–guerrilla colombiana –especialmente la de los elenos, que se ocupan ahora de la protección de los cultivos y el tráfico de la coca–, así como de militares y funcionarios de inteligencia cubanos e  iraníes. Además, sabido es –y hasta denunciado ante el Ministerio Público– la salvaje represión de la GN y las torturas del Sebin.

No había en la Alemania del III Reich otros medios de oposición y defensa, como no los hay en la Venezuela del presente. Los internados en los campos de concentración y los encarcelados por la Gestapo, no podían dirigirse a las autoridades. Ni la policía, ni los Tribunales, les ofrecían protección jurídica contra el criminal régimen nazi. Elser obró, sin duda, con la plena convicción de su derecho a la resistencia.

La Ley Fundamental de la República Federal de Alemania no precisa el cómo poner en práctica el derecho a la resistencia. Como si se supiese, espontánea y naturalmente, lo que se entiende por ella. Que es exactamente lo que acá también sucede.

¿Qué es resistencia?

A la pregunta, ¿qué es resistencia?, Otto Adolf Arndt (1904–1974) era un historiador y parlamentario, respondió–: Todo aquello a través de lo cual un ser humano se vale para sustraerse a las exigencias de obediencia impuestas por un gobierno injusto.

La definición apunta, sobre todo, a la desobediencia, como por ejemplo la deserción militar o la solicitud de asilo. La escala interpretativa –esto es, lo que debe ser considerado y definido como resistencia se extiende desde el rechazo espiritual, pasando por la desobediencia y terminando con la violencia pura y brutal. La resistencia es la denegación del monopolio estatal de la dominación y soberanía.

También cabría para Elser la inimputabilidad en ejercicio de la legitima defensa excesiva por incertidumbre, temor o terror. Según Luis Jiménez de Asúa en su conocida obra La ley y el delito, algunos códigos penales –entre ellos el alemán y el venezolano– consideran inimputable el caso de exceso cuando se debe a terror. Las defensas aterrorizadas no son otra cosa que una causa do inimputabilidad, y si queremos ser más exactos, una forma de inculpabilidad.

La tragedia especial del insurgente de la resistencia es que tiene que soportar tanto el riesgo si la resistencia no sólo afecta a los enemigos del régimen constitucional, sino que también como en el caso de Elser, cuando incluye a terceros entre las víctimas.

La bomba que explotó en la Bürgerbraukeller de Múnich, no mató a Hitler, pero sí a 8 personas, e hirió gravemente a otras 63. Hitler había abandonado la cervecería 13 minutos antes, a causa del mal tiempo reinante… o, quizás, de su buena suerte.

Tales circunstancias llevaron a Lothar Fritze a calificar a Elser como un fracasado moral y negarle cualquier justificación del atentado. Fritze partió del supuesto de que el tirano debía ser eliminado. Empero, éticamente resultó problemático el atentado, pues causó daños a terceras personas, de quienes, al menos dos, eran inocentes. Se trataba de empleados del Bürgerbraukeller, que servían a los antiguos combatientes. El planificador habría debido evaluar críticamente de las consecuencias del mismo, y someterlas al principio de proporcionalidad.

Dichas reflexiones llevaron al autor a la conclusión de que Elser era un personaje con un noble propósito y persiguiendo una buena intención, pero que de forma despiadada e irreflexiva hizo empleo de un método en el cual la muerte de los terceros no fue prevista.

Evidentemente, Elser habría debido planificar mucho más antes de haberse lanzado a la acción. Pero la simplicidad intelectual u la falta de profundidad ideológica no demeritan la habilidad para inferir basada en la experiencia.

En su segundo interrogatorio ante la Gestapo, Elser expuso claramente que los acuerdos de Múnich le inquietaban profundamente. Que estaba seguro de la inevitabilidad de la guerra y que Hitler invadiría muchos países. Varios de contemporáneos compartían estos criterios. ¿Por qué no habría podido Elser estimar, con mayor acierto que Chamberlain la fidelidad de Hitler a los pactos? ¡Con cuánta frecuencia nos percatamos de que mucha gente sencilla posee capacidad de enjuiciamiento y conciencia de los valores mucho más segura y certera que quienes han almacenado en su cerebro profusa sabiduría libresca!

Pero dejando a un lado la arrogancia social con la que Fritze descalifica a Elser, sorprende lo alejado de realidad que resulta su veredicto sobre el autor del atentado.

Con la única referencia al Pacto de Múnich, concertado en 1938, Fritze cree lícito denegar a Elser la fundada presunción de que la guerra era inevitable

La invasión de Polonia corroboraría muy pronto su diagnóstico. Por si fuera poco, millares de personas abandonaban Alemania, pues querían escapar de la tragedia en puertas. Muchos otros habían sido encerrados ya en los campos de concentración, o habían trabado conocimiento directo con los torturadores. Cualquier similitud con la actual realidad venezolana, ¿es sólo coincidencia?

Fritze no puede afirmar en serio que la ignorancia de los crímenes nacionalsocialistas, tan invocada durante la posguerra, explique la falsedad del análisis de Elser.

Joseph Peter Stern, que asistió al juicio, aseveró que Elser dijo a sus interrogadores que él no buscaba derrocar al nacionalsocialismo. La verdad es, conforme a Stern, que Elser nunca a la política de manera abstracta, ni tampoco en ismos.

Pero sí se dio cuenta de que las condiciones imperantes en Alemania sólo podían cambiarse eliminando a su dirección política, refiriéndose expresamente a Hitler, Goring y Goebbels. Y que él esperaba que, tras de la eliminación  de la cúpula gobernante, surgirían hombres más moderados, que no intentarían conquistar otros países, sino mejorar la calidad y estilo de vida de la clase trabajadora. Creía, además, que un atentado contra la suprema jefaturaimpediría mayor derramamiento de sangre.

Añade Limbach–: Los juristas tienen la opinión la unánime que la muerte del violador de la Constitución, del tirano, debe ser aprobada como derecho de excepción en grado máximo. Pero va esta pregunta, como la siguiente, a saber, ¿es legítimo victimizar también a terceros no involucrados?

En principio, terceras personas los llamados no perturbadores no deben ser afectadas. Mas la resistencia es, sustancialmente, un quebrantamiento del orden legal. Tampoco podrían ser totalmente excluidas las afectaciones a personas ajenas, pues si así fuera, el derecho a la resistencia quedaría reducido a un enunciado sin valor alguno. Sin embargo, y en atención al principio de proporcionalidad, esto sólo podrá ocurrir en casos verdaderamente excepcionales. Pero ¿no deben sopesarse las vidas de ambas camareras y su integridad física con las incontables víctimas del derramamiento de sangre previsto por Elser; por no citar siquiera las víctimas del Holocausto? Una equivalencia semejante parece aceptable en atención a los millones de víctimas de la II Guerra Mundial, no debe hacernos olvidar que lo que cuenta es cada individuo en concreto. Por hay que ser extremadamente cautelosos al sopesar del logro de la paz frente a las pérdidas de derechos por parte de individuos aislados.

En el caso de Elser, sin embargo, no disponemos de base alguna para opinar que aspiró a obrar el bien –en este caso, evitar un gran derrame de sangre– sin considerar las consecuencias de su atentado. Sólo el hecho de su carácter terco y obstinado y de su aferramiento a los principios, no hablan en pro de la suposición de que aceptó deliberada e irreflexivamente la muerte o la lesión de las camareras.

Muy al contrario, él partió del supuesto –y así lo afirma el mismo Fritze– de que durante la arenga de Hitler no se serviría, esto es, que el personal del Bürgerbrau no sufriría daños. Por ello me parece también ociosa la pregunta de si él hubiese tenido que permanecer en el local, hubiese tenido que estar dispuesto a sacrificar su propia vida, para en caso de necesidad, poder librar de daños a otras personas.

Cuando ha pasado mucho agua bajo los puentes, se saben mejor las cosas. ¡Cuántos fallos de planificación tuvieron también luchadores de la resistencia del 20 de julio! Se ha preguntado con frecuencia si Claus von Stauffenberg no habría podido colocar mejor la cartera de cuero con el explosivo. ¿Cuántas víctimas ­ajenas al asunto habrían podido salido indemnes de la criminal venganza de los nazis?

No sólo en esta cuestión del fracaso y estimación de los efectos coinciden la resistencia ofrecida por grupos selectos y ciudadanos de a pie. La falta de una matriz opinión pública, como la que sí respaldó a la resistencia en Francia, hizo que Elser y todos los demás conspiradores vivieran aislados, en medio de un océano de hostilidad y temor.

La auténtica perdición

 

La soledad, pérdida de confianza y carencia de respaldo popular constituyeron la auténtica perdición. Joachim Fest habla en su libro El hundimiento con gran acierto, de una resistencia sin pueblo. Resulta fácil moralizar a posteriori sobre la pasividad alemana entre 1933 y 1945.

El terror impuesto por el fascismo hitleriano es una de las más siniestras enseñanzas de la historia, ya que evidenció que un poder totalitario no destruye sólo la libertad y la igualdad.

Con el terror se socava también la solidaridad social y hasta las virtudes básicas del ser humano. Al llegar a la anomia ética toda oposición contra la arbitrariedad estatal se anuncia como un comportamiento criminal. En tal estado de excepción pierden todo poder incluso las personas que ocupan cargos de jefatura.

La protesta activa, la desobediencia cívica y el amor al prójimo que los ciudadanos de a pie demuestran son testimonios de la voluntad de justicia latente aún en los pueblos oprimidos.

Son actos que ofrecen ejemplos de elevada moralidad pues resultan contrarios al oportunismo cobarde en los tiempos de dictadura. Son una negativa rotunda a un sistema político que irrespeta a los seres humanos y existe sólo por sí y para sí mismo.

Observa Limbach–: Paulatinamente y con la mutación de una cultura de vasallos a ciudadanos, se fue abriendo paso un cambio de mentalidad en Alemania. Por eso, estamos en deuda no sólo con nuestra pequeña resistencia sino también con personajes como Georg Elser. Con la Semana Elser, celebrada con motivo del centenario de su nacimiento, de Bremen quiere dar una señal: nos recuerda y exhorta a todos a ejercer activa y permanentemente nuestros derechos constitucionales y a impedir, mediante nuestro espíritu combativo, toda manipulación indebida en los mismos; para no tener que luchar contra el abuso de poder cuando ya sea demasiado tarde. Este es el legado que nos han dejado personas que se rebelaron contra el régimen nacionalsocialista. El precio de la libertad y la democracia.

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