HORACIO BIORD CASTILLO: Dificil la encrucijada (Parte I)

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Difícil la encrucijada (Parte I)

Difícil la encrucijada (Parte I)

RCL les invita a leer a Horacio Biord Castillo.-

Difícil la encrucijada que vive actualmente Venezuela. Cruce inhóspito de caminos tenebrosos. No se vislumbra siquiera la luz al final del túnel, de la horrenda caverna de la intolerancia y la persecución, de la violencia y la intemperancia. Se sueña, se ansía, se busca esa luz mediante un cambio, mediante un entendimiento, pero no se vislumbra ni en destellos mínimos.

Una imagen me guía por el mero hecho de crearla para no sucumbir, sin otra balsa que la fe, en medio de embravecidas olas y rocas que se confunden ciegamente y manchan de rojo la blanca espuma. Esa imagen es deshojar no una margarita candorosa de un jardín familiar, sino una flor carnívora que atrapa cual sirena mítica hombres y anhelos, justos y pecadores.

¿Habrá, me pregunto a mí mismo tal como hizo Abraham a Jehová, justos, un puñado siquiera, en medio de la ciudad de la barbarie? En el fondo de mi corazón, creo, prefiero creer, que los puede haber: justos y justas que sufren y temen con razón la estulticia de creerse eternos y la venganza que sus reyezuelos prometen.

La barbarie se enfrenta no exactamente a la civilización tal cual se pensó en América Latina en el siglo XIX y buena parte del XX (con un sentido de abierto eurocentrismo) sino, en mi opinión, al ideal de la civilidad. Esto le ha causado muchas pesadillas a ese informe deseo (ese sueño una y otra vez replanteado) de la república en un sentido liberal, no del todo aún realizado en Venezuela (y quizá en gran parte de estos lados del mundo). Ese sueño (entendido como un modelo no excluyente de convivencia social) se ha convertido y parecería tornar a convertirse cada tanto en horrible pesadilla por los condicionantes del sueño y no por el sueño mismo, por las circunstancias de los soñadores, las agitadas vidas del día antes, por las disímiles aspiraciones para el día después.

Difícil la encrucijada. Los intelectuales, los hombres (en un plural que no excluye a las mujeres) más dados a pensar que a la acción directa, los creadores, los científicos sociales (qué difícil definir y definirme en medio de tantas sombras y claroscuros) debemos decir algo. No podemos sustraernos de esta barahúnda que ha sido Venezuela en los últimos años y, en especial, durante las últimas semanas. No podemos dejar de condenar la violencia desatada por la represión exagerada.

Ha sido una jugada maestra de la perversidad aferrada al poder la idea de promover una constituyente. La camarilla gobernante estaba –está- acorralada por la baja popularidad resultante de la grave situación socioeconómica, con terribles indicadores como escasez de alimentos y medicinas, hiperinflación, inseguridad e ineficacia gubernamental.

Todo ello se debe no a una pretendida y fantasiosa guerra económica, sino en gran parte a las propias políticas -erróneas y erráticas- en materia económica y a la destrucción del Estado de derecho y consecuentemente de la seguridad jurídica. Una causa determinante es la empecinada voluntad de imponer un modelo político-económico no solo fracasado ya sino meramente utópico como posibilidad real de gobierno.

Ese modelo, además, fue rechazado mayoritariamente por el electorado en 2007 con motivo de la pretendida reforma constitucional solicitada en su momento por el entonces presidente de la República.

En el momento en que arrecian las protestas populares ante la usurpación de funciones de la Asamblea Nacional, los asesores del gobierno presentan una salida inmensamente populista y peligrosa: convocar una asamblea constituyente. No creo que la hayan improvisado, sino que seguramente la venían madurando. No se trata, sin embargo, de una asamblea libre para que el electorado se exprese y refleje su voluntad, sino manipulada por el gobierno. Se obvia la consulta previa a los ciudadanos, valiéndose de una posible ambigüedad en el texto constitucional, un mero intersticio legal. Asimismo se imponen para su composición dos ámbitos: sectorial y territorial, este a su vez también manipulado al emplearse como circuitos electorales no los estados como debería suceder en una federación sino los municipios para sacar ventaja de ello (municipios con mucha población tendrán un solo representante al igual que aquellos otros con pocos habitantes).

He aquí el engaño: el proscribir, como se ha dicho, partidos políticos encubre al partido único mediante la aspiración de poder controlar los municipios pequeños y los sectores que tendrían representación.

El proyecto gubernamental ha sido descrito, desde el anuncio de la iniciativa de convocatoria, como una constituyente comunal y obrera. Vista así, viene a ser la máxima aspiración de muchos líderes oficialistas: constituir una república comunal, como en su momento lo quiso ser la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, fuertemente controlada por el poder central. Ese modelo degeneró en una “nomenklatura” no solo ineficiente e intolerante con todo asomo de disidencia sino terriblemente corrupta.

La constituyente pudiera, habría podido ser, una salida en otras circunstancias de país menos agobiantes y con la tranquilidad necesaria para pensar un nuevo pacto social plasmado en un texto constitucional que recogiera las aspiraciones sociales que lentamente fueron dibujando las constituciones de 1947, 1961 y 1999, entiéndase una constituyente elegida sin coacciones mediante sufragio libre, universal y directo.

La propuesta gubernamental es solo una camisa de fuerza: asegurarse el control de la asamblea constituyente para retener a mediano plazo el poder. De esta manera se obviarían la tendencia del voto popular tal como se expresó la última vez en las elecciones legislativas del 6 de diciembre de 2015 que le dieron mayoría a la oposición, el sentimiento de calle y los resultados de encuestas independientes que arrojan un gran descontento y rechazo al gobierno. Se pueden entender, a la luz de esto, frases tan tajantes y absurdas como “no volverán”. En realidad, significan “no los dejaremos volver”. Debe entenderse, no los dejaremos volver cueste lo que cueste, con o sin el voto popular, lo cual no solo es inconstitucional sino que tiene visos de autoritarismo y de absoluto despotismo.

Simplificando, en la Venezuela actual parecería haber al menos cinco sectores principales que de extremo a extremo van desde (1) un grupo aferrado al poder (“los enchufados”, como han sido llamados); (2) los simpatizantes del gobierno, muchos de ellos ilusionados vanamente aún por lo que debió ser y terminó no siendo una posible redención social; (3) funcionarios y antiguos seguidores que empiezan a cuestionarse la legalidad y legitimidad de las prácticas opresoras contras enemigos fantasmas (que en el lenguaje oficialista son los supuestos terroristas y golpistas y la llamada guerra económica, producto en realidad de un laboratorio de propaganda política); (4) la sociedad civil, organizada o no, que es el sector más amplio, desesperado y desencantado de un modelo que ha arruinado al país; y (5) la dirigencia opositora, tan variopinta como el país mismo.

No exactamente al margen, pero sí formando parte grosso modo del grupo 4 y acompañando a sus integrantes, hay sectores como la Conferencia Episcopal, algunas organizaciones gremiales, las universidades –públicas o privadas- no ideologizadas que se esfuerzan por vencer las sombras y no sucumben a ellas, los intelectuales, en un amplio sentido, entre ellos miembros de las Academias, que han hecho llamados a la ponderación, al encuentro y, sobre todo, han rechazado la imposición de un método sesgado que parecería orientado no a salir de la crisis sino solo a oxigenar al gobierno.

Si colocamos esos sectores (unidos el 4 y el 5) en forma piramidal, correspondiendo el primero a la cúspide, visualizaríamos una amplia base de rechazo al gobierno y a su extemporáneo y manipulado proyecto constituyente.

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Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario, Presidente de la Academia Venezolana de la Lengua.

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

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