ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA: Bienvenidos de regreso a la democracia.

BIENVENIDOS DE REGRESO A LA DEMOCRACIA

 

Deshilvanando la madeja de las culpas, la culpa no es de Maduro, es de Chávez. No es de Chávez, es de Castro. No es de Castro, es de Kruschov. No es de Kruschov, es de Stalin. No es de Stalin, es de Lenin. No es de Lenin, es de Marx. O como diría la gran Celia Cruz, máxima exponente de la filosofía política afrocubana: Mongo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernavé…

 

Antonio Sánchez García @sangarccs

 

            Si no tuviera perfecta conciencia de que la más perfecta de las democracias debe comportar un porcentaje relativamente importante de antidemocratismo, pues la absoluta uniformidad de criterios, además de forjada y totalitaria en donde aparente existir, es imposible, no estaría dispuesto, como lo estoy, a dar por sobreentendido que la Venezuela que queremos y que pareciera encontrarse en los albores de su último amanecer arrastrará con el lastre de por lo menos “ese 5% histórico” que acechara durante cuarenta años a la espera de contagiar con su letal y devastador impulso tanático a la sociedad venezolana hasta hacerse con el Poder. Con una diferencia insoslayable: viene de regreso, ha dado pruebas concluyentes de su letalidad y quienes le sobreviven de entre su militancia habrán aprendido, esperemos que sinceramente y de buena fe, que el socialismo es la vía más rápida y segura hacia la ruina, la miseria y la catástrofe de la humanidad.

Así por orgullo y porfía se vean en la obligación de negarlo. Y crean, también de buena fe, como lo han sostenido todos los socialistas del mundo a la caída del muro y la implosión de la Unión Soviética y la rebelión de sus países satélites, que el socialismo de Lenin y Stalin, de Kruschov y Gorbachov no era un socialismo verdadero, sino “un socialismo impostado, estafador, engañoso”.

         Jean Francois Revel ha escrito miles y miles de páginas denunciando esa impostura. Ante los espantosos desastres, las hambrunas y multimillonarias mortandades y guerras mundiales causados por el socialismo real –  sea el nacional socialismo de Hitler o el socialismo proletario de Stalin, se aferran aún más al socialismo utópico, el padre de la criatura, al de Karl Marx, al que salvan de toda impostura. Siguiendo un muy extraño ciclo auto reparador: aplaudir el liberalismo que ha sobrevivido a las tragedias totalitarias hasta que pase el vendaval de la verdad para volver a reivindicar el totalitarismo marxista en su prístina esencia.

      El de El Manifiesto Comunista, el perfecto modelo para armar de las tiranías de última generación. Un socialismo de bibliotecas, de letras, espacios, puntos y comas,  que, como jamás ha dispuesto del Poder, está libre de toda culpa. Los culpables son doblemente culpables, “pues lo traicionaron”. ¡El rey ha muerto! ¡Viva el Rey!  Un proceso que en Europa no ha tardado más de dos o tres años en cumplirse. La estupidez es tozuda. De lo contrario no sería eterna.

      Aquellos a quienes les doy la bienvenido por anticipado a las filas de la futura democracia venezolana, se encuentran recién en la primera fase del proceso de reconversión. Para todos ellos y ellas, el culpable es el último de la fila: Nicolás Maduro. El verdadero socialista fue el primero, el iniciador, el que anunciara la Isla de la Felicidad a la vista, el socialista bueno: Hugo Chávez. Como está muerto, cuenta con el principal atributo de los muertos: es inocente por antonomasia, no puede ser inculpado, está muerto.

Es más: cabe perfectamente imaginar que ni siquiera murió de muerte natural sino de muerte muy sobrenatural. Inducida. Pues fue un socialista tan auténtico, tan original y tan bueno, que jamás hubiera hecho lo que ha hecho su impostor. Jamás se hubiera entregado atado de pies y manos a la tiranía cubana, como lo ha hecho su agente colombovenezolano. Y a la hora de la última verdad hubiera renacido en él el amor por la patria.

    Una suposición tan menesterosa y absurda, tan jalada de los cabellos y tan contra natura, que la desmintió con su propia muerte: fue encantado de la vida a morirse bajo los cuchillos carniceros de los asistentes del médico legal de la tiranía de la isla del Dr. Castro. ¿No es prueba más que suficiente, necesaria? ¿O es que lo secuestraron?

      De allí esa extraña pirueta ideológica que llevo viendo y escuchando desde las agónicas postrimerías del comandante supremo. Quien en su tálamo funerario logró el colmo de los colmos: cederle en herencia la culpa de sus desatinos y el fardo de sus estropicios a Nicolás Maduro, resguardando para si la pureza de sus ideales entre las piedras del muñeco que hizo de muerto aquella aciaga jornada del 5 de marzo de 2013 en que supuestamente lo enterraran en Caracas.

     Deshilvanando la madeja de las culpas, la culpa no es de Maduro, es de Chávez. No es de Chávez, es de Castro. No es de Castro, es de Kruschov. No es de Kruschov, es de Stalin. No es de Stalin, es de Lenin. No es de Lenin, es de Marx. O como diría la gran Celia Cruz, máxima exponente de la filosofía afrocubana: Mongo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernavé…

 

           

 

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