ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA: la OEA, o el garrote de la diplomacia del absurdo.

LA OEA, O EL GARROTE DE LA DIPLOMACIA DEL ABSURDO

 

Antonio Sánchez García

¿Nos condenan estas republiquillas de plastilina a permanecer aherrojados bajo el garrote castrocomunista? Obviamente que no. Pero nos recuerdan la obligación de contribuir a una drástica revisión del absurdo, cuando impongamos la libertad. Tenemos un precedente que reclamar: la doctrina Betancourt: nada con las dictaduras. Ella nos indica el camino.

                                                                                        Antonio Sánchez García @sangarccs

A Luis Almagro

           

Puestos a contar los votos que han de decidir de la vida o la muerte de treinta millones de habitantes de un país de más de 2 millones de kilómetros cuadrados y principal reserva petrolífera de Occidente, ¿sabía Usted que un país de 174 kms. cuadrados y treinta mil habitantes, vale decir, el 0,1% del total de habitantes que pueblan el sufrido país que le pone el rostro a los hombros de América del Sur y depende para su sobrevivencia de la voluntad de ese 0,1 de su población tiene el mismo peso decisorio que otro de cerca de 10 millones de kilómetros cuadrados y trescientos veintiún mil millones de habitantes? Una islilla de cacao, vaho y melaza torciéndole el brazo a la primera potencia del mundo. Taras folklóricas del realismo mágico. Muchas gracias Fidel Castro.

            No es un chiste cruel. Ni una ocurrencia de Eugène Ionesco o Fernando Arrabal. Es una triste, abrumadora, absurda y sórdida realidad de la diplomacia continental en cuyo tribunal se juzga y juega el destino de Venezuela. Para decidir si Venezuela es o no es una dictadura que asesina a más de un manifestante por día y deba recibir la condena y el castigo que se merece una tiranía como ésta que los hermanos Castro en alianza con el teniente coronel Hugo Chávez Frías impusieran en Venezuela, se requiere la aprobación de una quisicosa llamada St. Kitts, de cuya existencia muy posiblemente ninguno de los sesenta asesinados por los esbirros del general Vladimir Padrino López, Raúl Castro Ruz y Nicolás Maduro Moros durante los últimos dos meses de manifestaciones tenían la menor idea. Como seguramente poquísimos de quienes leen en estos momentos esta insólita reflexión.

     En efecto: esa isleta llamada St. Kitts, tan fácilmente sobornable como que la segunda más pobre de las dictaduras suramericanas podría comprarle su voto a razón de mil dólares per cápita – ¿qué son treinta y cinco millones de dólares para un estado petrolero, así se encuentre en la ruina, si esos treinta y cinco millones de dólares representan menos del 1% de la cuenta privada que mantiene la huérfanita del tirano en bancos suizos? – vale, pesa y ejerce exactamente la misma influencia que los Estados Unidos de Norteamérica. Cuya capital es Washington. ¿Sabe Usted, querido lector, el nombre de la capital de St. Kitts?¿Tiene Ud. un mínimo y elemental conocimiento de su historia, qué produce, de qué vive y qué aporte le debe la humanidad como para juzgar a una nación que sacrificó medio millón de habitantes para liberar a cinco naciones del continente?  Y cuya primera referencia la tuve de adolescente leyendo al gran poeta portorriqueño Luis Palés Matos: “Aquí está St. Kitts el nene, el bobo de la comarca, pescando tiernos ciclones entretiene su ignorancia. Los purga con sal de fruta, los seba con coco de agua y adulto ya los remite COD a sus hermanas, para que se desayunen, con tormenta rebosada.”

     No es una aguja en el pajar de la OEA. El voto de Antigua, que tiene 68.000 habitantes y 281 kms. cuadrados vale tanto como el de Brasil, que tiene 204.450.649 habitantes y más de 8.500.000 kms. cuadrados. El resultado es pasmoso, digno de una comedia de Woody Allen – por no ofender a Cantinflas – y dado que la cartografía demográfica y poblacional de la OEA no variará para cuando se reúna la Asamblea General y puedan hablar los respectivos cancilleres, la voz de los países que han decidido que el mundo, que contaba en 2011, como sabemos, de siete mil millones de habitantes, no tiene derecho a intervenir en los asuntos internos de un país reprimido y torturado por un sindicato de pandillas mafiosas, ladronas, asesinas y narcotraficantes que no cuentan ni siquiera con el 10% de respaldo ciudadano.

            Es el resultado del somero análisis de la última votación que decidió postergar toda decisión sobre la tragedia que ahoga en sangre las aspiraciones democráticas de sus ciudadanos:  siete isletas de comiquita que reúnen una humanidad de  4.989.742 habitantes, plegándose a la voluntad extorsionadora y gansteril de la satrapía venecubana, le torcieron la mano a otras siete naciones del hemisferio que cubren prácticamente todo el territorio de norteamericana y la inmensa mayoría del de centro y Suramérica con una población de  812.216.274.

            Para no ofender la insignificancia de los primeros no hago mención de sus respectivos productos nacionales brutos y los correspondientes ingresos per capita, su aporte a la historia y la cultura de América Latina, los premios Nobel obtenidos ni la trascendencia de sus universidades y academias en la cultura de nuestra región. No es muy difícil extrapolar las consecuencias políticas e ideológicas de esta trágica imposición de la democrática diplomacia del absurdo a un plano mayor y hacer un examen comparativo a nivel de la Organización de las Naciones Unidas. Sirva para ilustrar lo dicho un comentario habitual de nuestro gran Mariano Picón Salas: “Los únicos requisitos para ser una república africana: un negrito, una palmera y un embajador en la UNESCO”.

            ¿Nos condenan esta republiquillas de plastilina a permanecer aherrojados bajo el garrote castrocomunista? Obviamente que no. Pero nos imponen la obligación de contribuir a una drástica revisión del absurdo, cuando impongamos la libertad. Tenemos un precedente que reclamar: la doctrina Betancourt: nada con las dictaduras. Ella nos indica el camino.

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