ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA: NUESTROS ENEMIGOS…

NUESTROS ENEMIGOS
Desde luego: un sistema judicial verdaderamente justo debiera encarcelar a quien aconseja el asesinato, así se consuma el consejo  a miles de kilómetros de distancia embozado en solidaridad “política”, “de izquierda”. Lo que no por imposible obsta para desconocer el hecho, tenerlo presente y decidir correctamente en donde se encuentran los verdaderos aliados y promotores de un régimen de libertades y un estado de pleno derecho. Y en donde sus mortales enemigos.
Antonio Sánchez García
@sangarccs 
“El concepto de lo político refiere a la relación amigo-enemigo”

Carl Schmitt, 1923

 

            Leo en el periódico izquierdista argentino El Clartín, Página 12, no sin una dosis de asombro, el artículo de un “intelectual de izquierda” llamado Atilio Borón, columnista estrella, presentado como sociólogo y escritor, representante de las huestes del chavismo en Argentina, habitué de los encuentros realizados en Caracas por el régimen para organizar su auto bombo, sin faltar tampoco a los saraos del castro comunismo cubano montados en La Habana, en que le recomienda al dictador venezolano Nicolás Maduro cortar por lo sano, y utilizando todas sus fuerzas, incluidas naturalmente las pandillas hamponiles de sus colectivos y los esbirros de las fuerzas armadas, para aplastar de manera inclemente a la oposición venezolana, por cierto, en el mejor estilo de las dictaduras del Cono Sur.

 Un consejo inútil e innecesario, pues nuestro dictador  aplica la única fórmula conocida por los dictadores – sean de izquierdas como la suya o de derechas como la del general Videla, seguramente conocida del sociológo Borón – para abatir a las oposiciones democráticas: aplastarlas, aniquilarlas o, como se dice en el argot popular venezolano: siquitrillarlas.

 Por si nuestro intelectual argentino de izquierda, modelo del defensor de los derechos humanos de las madres de la Plaza de Mayo,  no lo sabe, en el curso de esta dictadura – de izquierda – que ya se extiende por dieciocho años de manera abierta o solapada, han sido asesinados centenas de manifestantes, así como más de trescientos cincuenta mil venezolanos, en su aplastante mayoría pobres de solemnidad, víctimas de las bandas delictivas amparadas, armadas y motorizadas por el régimen para asegurarse un práctico estado de sitio que parece comenzar a revertirse.  

No esperaron Hugo Chávez ni Nicolás Maduro al consejo de Página 12, sus columnistas y la izquierda argentina para desatar la guerra civil que sufrimos los venezolanos ante el silencio o la complicidad de sus congéneres latinoamericanos. En su inmensa y aplastante mayoría, víctimas que son pobres de solemnidad. Pues como dijese otro intelectual de izquierdas, llamado Franz Fanon, las principales matanzas de las guerras coloniales las libran pobres contra pobres.

En nuestro caso, la maldición de la estupidez internalizada por el populismo militarista, fascista y caudillesco tan maravillosamente representado por el teniente coronel Hugo Chávez siguiendo el sabio consejo de otro “intelectual argentino”, peronista naturalmente y tan fascista como el general Perón, llamado Norberto Ceresole.  Por el mismo medio me entero del mismo consejo, dado por otro peronista de izquierdas, esta vez el exjefe de inteligencia de Cristina Fernández de Kirchner, Oscar Parrilli,  quien realizó una impúdica y vergonzosa defensa del régimen venezolano por televisión.

No solo justificó el desastre económico, sino que también se animó a avalar la represión gubernamental, ante la mirada atónita del periodista que lo entrevistaba.

Dos meses de protestas masivas, descomunales, arrolladoras, absolutamente espontáneas y desde luego no pagadas, como las escuálidas que improvisa el régimen arriando a sus funcionarios de 3ª de la administración pública o trayendo respaldo de donde puede sacarlas poniendo en acción todo su poderoso aparato dictatorial, efectuadas por venezolanos de toda suerte, edad y condición que protestan por las dos razones fundamentales que han motivado las rebeliones de la humanidad desde que el hombre es hombre: la falta de libertad y la falta de comida, se han saldado con 63 jóvenes asesinados por la Guardia Nacional y/o los colectivos, delincuentes organizados al servicio de una dictadura de izquierda.

Naturalmente, no esperó Nicolás Maduro por la recomendación de nuestro intelectual de izquierda argentino para dar orden de matar. Ya la había recibido de aquel a quien nuestro intelectual de izquierda argentino debe idolatrar: el dictador cubano Raúl Castro, verdadero detentor del poder contra quien luchaban los jóvenes asesinados. Y seguirán luchando aún a sabiendas de que seguirán siendo asesinados, mientras intelectuales latinoamericanos de izquierda, como el sujeto en cuestión, por no mencionar a los activistas, diputados y senadores de sus partidos, y periódicos como el citado, sigan no sólo respaldando a la dictadura, sino conminándola a seguir “aplastando” a los demócratas.

Un crimen de lesa humanidad que nuestro intelectual de izquierda argentino obedece,  con esa extraña mezcla de estolidez y soberbia que caracteriza a los intelectuales de izquierda, los clásicos principios y dogmas de un intelectual de izquierda, en cualquier latitud: las dictaduras de izquierda no existen o son buenas, bondadosas, incluso tan pacifistas, que requieren del consejo y la admonición de un intelectual de izquierda argentino para desenfundar sus metralletas.

Asesinar opositores que protestan contra una dictadura de izquierda es tan bueno, como extremadamente malo protestar contra ella. Y como resulta innecesario demostrarlo: detrás de quienes se oponen a una dictadura de izquierda como la de Castro y su subsidiaria, la de Nicolás Maduro, naturalmente no están los pueblos que las sufren y se rebelan, sino la CIA, el Departamento de Estado, el Pentágono y el Imperialismo Norteamericano.

Pues para un intelectual de izquierda un pueblo latinoamericano no puede aspirar a la libertad, a la justicia, a la igualdad, sin hacerlo por orden de algún capitoste de sus partidos: un Kirchner, un Lula, una Cristina Fernández o un Fidel Castro.

Es de agradecerle a nuestro intelectual de izquierda argentino – pudo igual haber sido chileno, peruano, uruguayo, brasileño, boliviano, ecuatoriano o mexicano, que todas las izquierdas de la región cojean de un castro comunismo congénito y son tendencialmente dictatoriales y totalitarias – que haya puesto tan en evidencia el hecho subyacente a toda política verdaderamente democrática en América Latina: gústele o no le guste, debe enfrentar a su principal enemigo, la izquierda.

Por lo menos aquella que se solidariza y persigue los mismos fines que la dictadura comunista cubana. Con la que nolen volen se ve obligada a convivir, pues la convivencia, aún con sus peores y más criminales enemigos, es su característica también ancestral.  

Desde luego: un sistema judicial verdaderamente justo debiera encarcelar a quien aconseja el asesinato, así se consuma el consejo  a miles de kilómetros de distancia embozado en solidaridad “política”, “de izquierda”. Lo que no por imposible obsta para desconocer el hecho, tenerlo presente y decidir correctamente en donde se encuentran los verdaderos aliados y promotores de un régimen de libertades y un estado de pleno derecho. Y en donde se hallan sus mortales enemigos. Por lo menos, los venezolanos, ya lo sabemos. Están en la izquierda.

 

 

 

 

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