“LA SOGA Y LA HORCA” POR: Carlos J. Sarmiento Sosa.

LA SOGA Y LA HORCA

En 5 de diciembre de 2013, este escribidor publicó un artículo en el diario El Universal, de Caracas, titulado “La guerra económica existe”, en el cual sostenía que esa conflagración era producto de la libertad, porque al nacer el hombre libre, cuando es sometido, o se hacen tentativas para coartarlo, sus deseos de libertad se exacerban hasta el más sensible límite a su derechos libertarios, le empujan apasionadamente a buscar los espacios abiertos, sin más limitaciones que aquellas que impone la vida en sociedad, donde los gobiernos no tienen más rol que el de mantener objetivamente el equilibrio de los derechos entre quienes voluntariamente han suscrito un pacto social.

Agregaba que esos conceptos son aplicables cuando se habla de economía libre y de economía dirigida y de allí que, cuando ambas formas de considerar la economía se enfrentan, se desarrolla una guerra económica, simple y llanamente, porque es el enfrentamiento entre dos sistemas irreconciliables que no admiten espacios para el diálogo pues para que funcione el primero, debe existir el ambiente adecuado, que no es otro que una democracia donde impere una institucionalidad con equilibrio de poderes y que garantice la seguridad jurídica en la que cada uno pueda dedicarse libremente a la actividad económica de su preferencia sin más limitaciones que las establecidas por leyes dictadas dentro de un marco constitucional; en cambio el espacio requerido por la economía dirigida es el de un sistema donde el poder esté concentrado en una sola persona o grupo y, desde allí, se programe y controle toda la actividad de las instituciones, sin independencia de poderes y con distintas limitaciones a la libertad, y que el ciudadano no pueda hacer lo que quiera sin el permiso del jefe único. Quien desobedece, es sancionado sin fórmula de juicio o mediante tribunales y fiscales “ad hoc” prestos a cumplir las órdenes supremas al estilo del clásico mujiquita.

Concluía diciendo que, como ambos sistemas son totalmente opuestos, cuando se enfrentan, habrá siempre una conflagración, y la moraleja era que la economía de mercado ganará la guerra económica porque se sustenta en la libertad, aunque la otra vocifere que se fundamenta en el bienestar de los menos favorecidos, pero se ignora el momento en que aquélla cantará la victoria.

Han transcurrido cuatro años desde entonces, y en efecto, la guerra económica continúa entre el libre mercado y la economía dirigida teniendo como resultado los incalculables daños que esta última ha ocasionado a Venezuela y a sus habitantes, aun cuando el gobierno siga sosteniendo la falaz tesis de una guerra económica entre los factores de producción y el pueblo, en el que los primeros boicotean el curso de la economía y, por tanto, los males son productos de esa guerra, argumento que incluso se utiliza en los decretos sobre emergencia económica que se dictan para gobernar al margen de la Asamblea Nacional, pero con la bendición satánica de los agorafóbicos magistrados de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia.

Eso es falso de toda falsedad. Es la lucha por la libertad la que mantiene esa guerra contra la opresión. El capital y la burguesía, léase el empresariado, continúan cumpliendo con mantener los motores de producción encendidos mientras que el gobierno aprieta las limitaciones y controles en aplicación de  la economía dirigida, acosando a los empresarios mediante leyes, reglamentos, normativas, instructivos, fiscales, corrupción y cuanta traba sea posible inventar para mantener el sojuzgamiento, que a todas luces se percibe que será mucho peor si en efecto el nefasto plan de una asamblea comunal se llegara a cumplir.

La instauración de un poderoso e insensato monstruo constituyente sería un acto de represalia de la economía dirigida contra el libre mercado, dentro de la guerra económica; y ante ese panorama, los factores del libre mercado tendrían que escoger entre intentar  seguir con sus actividades con miras a generar alguna riqueza en medio del asedio, con un incógnito futuro, o acercarse a los controladores del mercado en busca de algún financiamiento económico u otra bagatela proteccionista que le preste algún oxígeno.

Si optaran por lo último, no deberían olvidar que Marx, o Lenin, da lo mismo, escribieron que “[ … ] los capitalistas nos venderán la soga con que los ahorcaremos [ … ]”, lo que más o menos, quiere decir que el día en que los condenen a la horca, los capitalistas  -o los empresarios- serán los primeros en vender las cuerdas con las que serán ahorcados.

CARLOS J. SARMIENTO SOSA

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