DEL “POR AHORA” A LA TERAPIA INTENSIVA, por: Eduardo Casanova

DEL “POR AHORA” A LA TERAPIA INTENSIVA

Por Eduardo Casanova

 

La desgracia de Venezuela empezó con un error inexcusable del gobierno de Carlos Andrés Pérez. Un error que no tiene padre, aunque me han dicho que fue de la cúpula militar del momento, temerosa de que los golpistas se afincaran en Zulia y otras regiones en donde todavía estaban activos. Pensaron que un mensaje desalentador de Hugo Chávez les haría rendirse, y que el verdadero culpable fue el ministro de información que no cumplió con su deber, pues lo sensato era un mensaje grabado, no en vivo, pues el hacerlo en vivo le permitió a Chávez burlarse de los vencedores y decir aquel “por ahora” que anunciaba claramente que la cosa no había terminado y que bajar las armas en ese momento era algo pasajero.

Luis Morales Bance, que además de ser un gran músico es un buen conocedor del alma de los venezolanos, me dijo entonces que a ese oscuro oficial había que seguirle la pista, porque si algo aprecia el venezolano es a quien asume plenamente sus responsabilidades, que era lo que el sujeto había hecho ante millones de telespectadores.

Luego vino lo de Caldera, que tácitamente apoyó a los golpistas, y después todo aquello de que los golpistas presos eran un espectáculo público, a lo que se sumaron la aberración de los adecos chiquitos que por vengar afrentas chiquitas se fueron con todo contra Carlos Andrés Pérez, que era el único que podía salvarlos de la debacle, y la actitud borbónica de los “notables” y de los sedicentes revolucionarios criollos, que jugaban con cartas marcadas, mientras la soberbia de Caldera prefirió destruir a Copei en vez de permitir que Álvarez Paz, que era un buen candidato, ganara las elecciones.

Todo se remató con la nueva aberración adeca de lanzar como candidato a un personaje que yo no aceptaría como conserje de mi edificio porque se le perderían las llaves, mientras Copei, ya destruido por Caldera, no tuvo mejor idea que lanzar a una Miss con poco en la cabeza, salvo pelo teñido. Para colmo ambos partidos al verse perdidos dejaron a sus candidatos colgados de las brochas y apoyaron a un tercero, un empresario disfrazado de candidato que no era ni chicha ni ron con Coca-Cola ni na ni na.

La mesa estaba servida y el condumio fue lo inevitable: el militarcito narcisista, demagogo y sociópata se convirtió en presidente y puso la torta del milenio. Si hubiera tenido algo en la bola se habría convertido realmente en líder mundial, pero cual núbil damisela enloquecida por las hormonas se entregó en brazos de un Fidel Castro senil que ni corto ni perezoso no dejó pasar la bombita que le pichaban y le dio con toda la fuerza de su viejo bate, al picher idiota que le sonreía todo nervioso y se le entregaba en cuerpo y alma, un cuerpo que pronto sufrió los efectos de un alma podrida, pero que antes de quedar sin vida le hizo un último daño irreparable a la desangelada Venezuela, y dejó como heredero a un inepto, un incapaz que no tiene absolutamente virtud alguna, y que convirtió en caca maloliente todo lo que le fue confiado.

En resumen, Maduro acabó con el chavismo y hasta amenaza con hundir a Cuba. Pero, como decíamos ayer, de donde menos se espera salta la liebre, y de repente, para que el chavismo no muera del todo, hay que ponerlo en terapia intensiva y permitir que triunfe la oposición, que se restituya la democracia. Es un remedio heroico, pero es lo único que puede salvarlos de la extinción radical y definitiva.

Luisa Ortega Díaz, la China Ortega, asumió el rol de intensivista, en contra de la opinión de muchos chavistas y de muchos opositores, y lo ha hecho con tanta decisión y valentía, que se ha ganado el respeto de muchos que se lo habían perdido por su historia previa. Lo sensato es desear que lo logre, que salve al chavismo. Renacerá como un grupo minoritario y bastante desacreditado, que jamás podrá volver al poder porque las fuerzas democráticas han demostrado que tienen guáramo, que sí se puede, que a la hora de la verdad la juventud venezolana es una fuerza indestructible y poderosa, capaz de vencer hasta a los brutales narcomilitares que se creían invencibles y apoyados por la indiferencia de los egoístas de un mundo globalizado, o mejor dicho, idiotizado.

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