NOSTALGIA DEL FUTURO, por Gustavo Coronel

Gustavo Coronel

sábado, 10 de junio de 2017

Una reflexión sobre el tiempo, para leer en fin de semana

Through the unknown, unremembered gate
When the last of earth left to discover
 Is that which was the beginning;
 At the source of the longest river 
The voice of the hidden waterfall
and the children in the apple-tree”
T.S. Eliot, “Four Quartets”.

Pienso con ocasional nostalgia en el pueblo en el cual pasé mi feliz niñez y adolescencia, Los Teques. Lo recuerdo como un sitio mágico, donde enterraban a los muertos al ritmo de las guarachas, llevados por una carroza a la cual Aquiles Nazoa llamaba la Muertorola y donde uno de los poetas del pueblo alegaba que su mejor poema era “La Vuelta a la Patria” de Pérez Bonalde. Los Teques era un pueblo amable, de bellas jóvenes, grandes maestros y gente pintoresca, donde árabes y judíos vivían en plena armonía y el cura del pueblo era tan aficionado a los toros que lo llamaban el Diamante Negro.  Esa nostalgia de Los Teques es dulce y siempre es una deseable invitada en mi mente. 


Experimento otra nostalgia, esta vez del futuro, la cual es menos dulce y tiene un componente de tristeza porque pertenece a lo que no he vivido ni podré vivir. Se trata de una nostalgia sobre lo que ocurrirá sin mi conocimiento, de los viajes a otros planetas que otros harán, de los descubrimientos sobre el universo y sobre el hombre que maravillarán a la humanidad.

Leo, por ejemplo, el testimonio de un viajero interplanetario en algún momento del futuro. Dice: “Alastor es un manojo de treinta mil estrellas y detrito interestelar, aferrado al borde interior de la galaxia, entre el Golfo Nonéstico y el Alcance Gaénico. El viajero puede observar al aproximarse un impresionante espectáculo de constelaciones blancas, azules y rojas; cortinas luminosas interrumpidas por tormentas de polvo cósmico, flujos de estrellas y gases fosforescentes”.  En este manojo de estrellas, narra el viajero,  viven millones de millones de personas en más de cinco mil mundos.

¡Cuánto  me hubiera gustado ser uno de estos viajeros!

Ese es, por supuesto, un testimonio imaginario, escrito por Jack Vance, mi autor favorito de ciencia-ficción. Pero me hace pensar que habrá un momento en el tiempo, no sabemos cuan cercano o lejano, cuando el hombre viaje libremente a través del cosmos, colonice miles de cuerpos estelares y llegue a sentir nostalgia del pasado, cuando sus antepasados más remotos  estaban reducidos al pequeño y frágil planeta Tierra y apenas habían viajado a la Luna, es decir, a la vuelta de la esquina.

A pesar de su gran sabiduría  la naturaleza olvidó darle al hombre la capacidad de recordar el futuro, así como recuerda el pasado. Y recordar el futuro podría ser factible pues hoy se piensa que el tiempo es circular, no lineal, y que el pasado y el futuro son como una serpiente que se muerde la cola. Esto que algunos científicos están postulando fue intuido, quizás de manera imperfecta, por Jorge Luis Borges quien decía que el río del tiempo fluía hacia el pasado. La noción del tiempo como circular significa que, al caminar hacia el futuro estaremos, en algún momento, llegando a nuestro punto de partida. Así también lo expresaba el poeta  T.S. Eliot cuando decía (“Four Quartets”):

We shall not cease from exploration, and the end of all our exploring will be to arrive where we started and know the place for the first time”

No dejaremos de explorar y el final de nuestra exploración será llegar al lugar desde donde partimos y reconocer el lugar por primera vez.

La tristeza que acompaña la nostalgia del futuro no está presente en la nostalgia del pasado. Existe en nosotros la fuerte sensación de que el pasado no ha muerto y que aún existe, simplemente en algún otro lugar. En ese otro lugar soy y siempre seré un niño y mis padres estarán siempre conmigo, en un bloque de tiempo que nunca desaparecerá y que puede ser “revivido” en nuestra mente. En esos bloques de tiempo estoy en la escuela, escuchando a mi maestra de primaria o caminando en Los Teques junto con mis amigos o recibiendo mi diploma de geólogo en la universidad. Es posible pensar que no es el tiempo el que pasa sino uno el que pasa a través del tiempo, montado en el tren que nos lleva al futuro.

Los filósofos modernos, cuando hablan del tiempo, dicen: Nerón, usted y la primera colonia en Marte siempre existieron, existen y siempre existirán y están en flujo continuo. El tiempo, agregan,  actúa como un reflector que ilumina solo una porción de la realidad en un momento determinado y esa porción es el presente. El pasado queda en la penumbra, el futuro aún está sumido en la oscuridad.

Según esta concepción del tiempo la muerte es dejar de estar bajo el reflector.  Para quienes viven es posible mover en sus mentes  ese reflector a fin de iluminar, al menos fugazmente, el pasado.  

Así lo comprendió Thornton Wilder, cuando escribió (El Puente De San Luis Rey): “Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos y el puente que las conecta es el amor”.

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