ANIBAL ROMERO: “Los revolucionarios no pactan” (El Nacional 26-07-2017)

“LOS REVOLUCIONARIOS NO PACTAN”

por: Aníbal Romero

La frase es de Hugo Chávez. La pronunció en 1999 con motivo de la convocatoria a la Asamblea Constituyente de ese año, y la hallé citada en el más reciente estudio de Juan Carlos Rey, distinguido politólogo venezolano, titulado La Constitución sirve para todo.
Chávez dijo esto: “Nada de consensos ni de acuerdos con los demás. Los revolucionarios no pactan”. Esta admonición podría tomarse como hilo conductor del ensayo de Rey, cuyo
tema central es el proceso que ha conducido a la convocatoria, vigente hasta el momento en que escribo estas líneas, de otra Asamblea Constituyente en 2017.

Lo que durante estos días experimentamos los venezolanos hunde sus raíces en 1999 y continúa hasta el
presente. La constituyente de 2017, de concretarse, sería punto culminante de la ruta iniciada por Chávez y conducida por sus sucesores hasta el borde del abismo.
Rey expone, entre otros, los siguientes planteamientos, que resumo en apretada síntesis:
En primer lugar, y desde 1999, la Constitución significaba para Chávez la instauración de una especie de revolución permanente, encabezada e impuesta con los medios necesarios
por la dirigencia revolucionaria. La Constitución chavista no fue concebida, a la manera de
la Carta Fundamental de 1961, como un pacto o contrato destinado a conciliar intereses
diversos y forjar compromisos en una sociedad pluralista, sino como herramienta de
transformación radical.

En segundo lugar, para Chávez y sus seguidores el poder constituyente del pueblo, encarnado en la voluntad de sus guías revolucionarios, debe estar siempre listo para ser
activado. Dicho poder es por consiguiente un principio subordinado a la decisión de los
que controlan el proyecto revolucionario, a ser usado cuando las exigencias de la
revolución lo demanden y no cuando la voluntad popular le dé aliento.
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En tercer lugar, y a pesar de las amenazas de Chávez, la Constitución de 1999 no alcanzó el
poder total que se deseaba, pues las condiciones del momento no lo permitían. Si bien fue
aprobada por un 68.5% de votantes, los mismos sólo representaban un 30.2% de todos los inscritos en el registro electoral. Y aunque parezca sorprendente, el propio Fidel Castro se
encargó de explicar a los más exaltados y radicales de ese tiempo, que la aplicación a rajatabla del modelo cubano de socialismo no era coyunturalmente pertinente, en una
Venezuela que eligió a Chávez con base a otras perspectivas.
En cuarto lugar, habiendo aseverado en numerosas ocasiones que la Constitución de 1999
era la mejor del mundo y debía durar doscientos años, ya en 2007, sin embargo, Chávez
pidió que se llevase a cabo una reforma “integral y profunda” de la misma. Su objetivo era
producir un texto que despejase la vía al denominado socialismo del siglo XXI.
En quinto lugar, haciendo caso omiso al rechazo que su reforma a la Constitución de 1999
recibió por parte del electorado, en el referendo de 2007, Chávez y sus herederos optaron
por seguir adelante y cerrar el círculo de la dictadura, con el empleo de leyes especiales
habilitantes y decisiones arbitrarias, apalancadas en el abuso de poder.
En sexto lugar, la Asamblea Constituyente de 2017 configuraría el clímax de un rumbo que
ha combinado un crudo realismo político, de un lado, con el empuje delirante de la utopía
revolucionaria latinoamericana, utopía que ha formado parte el desarrollo histórico del régimen chavista y de la trayectoria de su caudillo y sucesores.
He intentado hacer justicia al estudio de Rey; no obstante, sugiero a los lectores
interesados que acudan al texto completo, publicado en la edición XIII de la excelente
Revista Electrónica de Investigación y Asesoría de la Asamblea Nacional de Venezuela
(www.estudiosconstitucionales.com). El ensayo también se encuentra publicado en el
muy útil blog del autor (https://ucv.academia.edu/JuanCarlos Rey).
Deseo añadir algunos comentarios personales a partir del análisis de Rey, sin que mis
reflexiones le comprometan en modo alguno, abordando estas interrogantes: ¿Por qué
una Asamblea Constituyente ahora y no antes o más tarde? ¿Es la decisión del régimen
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sobre la Constituyente un síntoma de fortaleza o debilidad? ¿Qué pretenden lograr
Maduro, sus jefes cubanos y sus aliados militares y civiles, y qué pueden estar
vislumbrando como resultado de un ejercicio que conlleva el más elevado riesgo político?
Por último: ¿Podría el régimen a estas alturas retirar la Constituyente, y a cambio de qué?
Maduro y sus jefes cubanos han convocado la Constituyente ahora debido a su temor a
que la colonia venezolana se pierda para siempre, como consecuencia de la crisis política
interna, del desastre humanitario, del crecimiento de la oposición y el resquebrajamiento
del régimen. La voz de alarma fue elevada por el triunfo opositor en las elecciones de la
Asamblea Nacional en diciembre de 2015. El forcejeo institucional y la reacción popular
ante el caos existente, detonaron en La Habana y Caracas la iniciativa de la Constituyente,
asumiendo sus peligros.
Se trata por tanto de un síntoma de debilidad y no de fortaleza. Para los amos cubanos de
la revolución bolivariana el juego de la ambigüedad, sostenido desde 1999 y hasta este
año, era aceptable. Su colonia venezolana no es principalmente un trofeo ideológico sino
una vital fuente de sostén económico para los veteranos comunistas en Cuba, que han
disfrutado del suministro de recursos de parte de sus subalternos sin hacer estallar una
crisis geopolítica regional. Barack Obama y el Papa Francisco de visita en La Habana, y
Maduro mandando en Venezuela al mismo tiempo, constituía un arreglo con el que Raúl
Castro y su junta de militares podían vivir. No obstante, la crisis interna les está forzando
la mano.
En función de lo anterior, recuerdo a los que se oponen a unas todavía conjeturales
sanciones de Washington, que a la causa de la liberación de nuestro país no le conviene la
estabilidad sino la confrontación regional, y mientras más intensa mejor.
Los jefes cubanos de Maduro no asumen la Constituyente como una salida deseable sino
como una alternativa generada por asfixiantes circunstancias. En Venezuela murió el mito
de la revolución bolivariana, ya nadie cree que el tal socialismo del siglo XXI puede traer
algo positivo al país, se ha roto la unidad de lo que los marxistas llaman “el bloque en el
poder” como consecuencia de las fracturas del chavismo, y el pueblo perdió el miedo. A
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medida que se acumulan muertos, heridos y presos políticos, crece la decisión de los
venezolanos de no dar marcha atrás.
Presumo que los jefes cubanos de la revolución bolivariana y sus subordinados esperan
que la represión ejercida sin miramientos, desembocará en la instalación definitiva en
Venezuela del modelo de control totalitario bajo mando militar que impera en Cuba. Sin
caer en un optimismo ingenuo, lo dificulto. El fin de la ambigüedad, la masiva protesta
popular y el cambio en el marco geopolítico regional convierten la Constituyente cubana
de Maduro en un osado albur, una temeridad, una ruleta rusa, en lugar de ser una medida
táctica realizada con el pulso y visión que caracterizan una estrategia exitosa.
Como los revolucionarios no pactan, no habrá a mi parecer negociación posible que
permita a la oposición, en el supuesto de que lo buscase, entenderse con un régimen que
el pueblo venezolano ya condenó a su terminación. A menos que una vez más una parte
de la dirigencia opositora pierda de vista que una retirada táctica del régimen sólo tendría
lugar para recuperar fuerzas, y luego reanudar el camino de costumbre. “Los
revolucionarios no pactan”, pero no son estúpidos. Si la oposición venezolana lanza a Raúl
Castro y Maduro una nueva tabla de salvación, la tomarán. No pactarán, pero se aferrarán
a una tregua.
En ese orden de ideas, es de interés analizar lo que acontece en Venezuela bajo el
chavismo como una guerra de desgaste. Son casi dos décadas de luchas, que ciertamente
no se enmarcan dentro del concepto de “guerra de decisión rápida”, sino que más bien
asemejan el caso venezolano, como analogía, a situaciones que conocemos por obras
literarias e históricas como la guerra de Troya, la Primera Guerra Mundial y el combate
por la libertad del pueblo polaco frente al comunismo. Todos estos, con sus
peculiaridades, fueron casos de “guerras de desgaste”.
En estas tres instancias y otras similares, un factor externo a la narrativa hasta entonces
prevaleciente condujo la confrontación a un desenlace decisivo: el Caballo de Troya, la
invención del tanque de guerra y su uso en el frente occidental en Francia en 1918, y la
intervención del Papa polaco Juan Pablo II y su entrega a la causa de la libertad.
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Cabe preguntarse qué factor novedoso jugará un papel en la crisis venezolana, o si tal vez
la Constituyente cubana es el Caballo de Troya que, paradójicamente y como hicieron los
troyanos, el propio régimen ha introducido dentro de sus agrietadas murallas, creando las
condiciones para su derrumbe final. ¿Se han percatado de ello Castro y Maduro?
¿Negociarán el retiro de la Constituyente a cambio de otra tregua? ¿La admitirá la
oposición?

http://www.anibalromero.net

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