HORACIO BIORD CASTILLO: Sobre muertes y olvidos

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Sobre muertes y olvidos

Sobre muertes y olvidos

RCL les invita a leer a Horacio Biord Castillo.-

“Ha muerto mucha gente viva”

Dicen por ahí

 

Con frecuencia mueren, sin morir físicamente, hombres y mujeres vivos. Es el caso de personas que son condenadas en vida a una muerte duradera, al olvido, que son relegadas de toda mención, de toda evocación. Eso ocurre en muchas más ocasiones de las que podemos imaginar. Casi siempre se trata de una muerte muy cruel, por lo anodina y aparentemente inocua.

Existen también tipos de muerte simbólica, por lo general transitoria, derivada de una elección personal. Algunas personas eligen morir temporalmente en forma de desierto para amainar tormentas y aguardar auroras promisorias. Los eremitas son un buen ejemplo de ello en el campo místico, como también lo son en las artes grandes creadores que se han impuesto largos períodos de silencio o inactividad para repensar su obra o plasmar alguna compleja idea en particular.

Otras personas eligen una muerte transitoria que, sin un claro sentido espiritual o místico, les permita renacer, tras curar o sanar heridas espirituales, para retomar luego, en momentos más oportunos, la plenitud de la vida. Algunas personas también prefieren morir como forma de vivir y renacer al cumplirse los fines de esa muerte autoinducida y afrontar entonces otras vidas, otros roles, con más entusiasmo y convencimiento. Los retiros espirituales, los períodos de descanso y meditación en aislamiento se parecen a este tipo. También lo es la idea de “poner tierra de por medio”, que consiste en un alejamiento para evitar problemas o confrontaciones, para solventar animadversiones o evadir sanciones morales.

Otras muertes son, no ya el producto de opciones personales, sino el resultado de decisiones sociales, como el ostracismo y el extrañamiento. Funcionan, en la práctica, como formas de olvido de faltas, injurias y malentendidos. El distanciamiento y la separación aminoran la percepción de la gravedad de un asunto y facilitan, luego, la interacción de agraviantes o agraviados.

En fin, la vida nos ofrece la posibilidad de morir temporalmente o de manera definitiva, una o varias veces, para vivir con mayor plenitud. También la vida, por cruel, por meretriz pronta, nos hace morir sin querer morir: una muerte injusta causada por los afilados cuchillos del abandono y el olvido, por el desprecio, por las modas pasajeras (aunque se asuman como eternas) que proponen y desechan a trote y moche.

Ese tipo de muerte afecta, por igual, a vivos y muertos. Los vivos son relegados y los muertos vuelven a morir al ser por completo olvidados. Al ocurrir esto, alcanza de nuevo la muerte, otra muerte, a quienes han dejado la vida a veces con resignación, otras con sorpresa y algunos buscándolo no más, inseguros de querer vivir, desesperados.

La muerte de los vivos es, debe ser, una sensación muy emotiva: sentirse alejado del hilo de la vida. Con razón los terapeutas recomiendan a determinados pacientes no desvincularse de la cotidianidad aunque no puedan participar de manera activa en ella.

La muerte de los muertos es una muerte también muy dolorosa, sobre todo para los vivos cuando se tiene consciencia de ello. La muerte de los muertos implica el polvo, las ruinas, la desolación de la memoria. Se trata, en este caso, del desierto no asumido como un estadio temporal, sino como el absoluto: la oscuridad total, la falta de luz, la ausencia de referentes, de raíces, de antecedentes y predecesores.

La muerte de los muertos genera alienación y desarraigo. Viene a ser el fin de una tradición, a veces de una civilización. Abarca, por ejemplo, la muerte de los dioses, de los símbolos, del pensamiento, de saberes y haceres. La muerte de los muertos niega la historia y replantea de forma incesante el eterno comienzo.

Odiseo al descender al Hades pudo hablar con los muertos y saber que de alguna manera no habían muerto realmente, sino que vivían en la persistencia de la memoria. Es quizá la misma idea del credo católico de la “comunión de los santos”, es decir, la hermosa y enriquecedora relación que une los planos espiritual y material mediante la íntima conexión entre sus miembros, enfatizando la perduración de los afectos. En otras tradiciones místicas, serían las constelaciones familiares y de espíritus afines que una y otra vez reencarnan y alternan sus roles.

Con frecuencia se ha insistido en ese olvido que mata a los muertos (e incluso a los vivos) como una tendencia perniciosa de Venezuela. Un buen ejemplo de ello es el ensayo de Juan Liscano El horror por la historia (Caracas, Ateneo de Caracas, 1980), la idea de un verdadero país de lotófagos, haciendo alusión a los comedores de las frutas del árbol de loto, quienes, como narra Homero, al hacerlo perdían la memoria.

Es muy común advertir que somos un país sin conocimiento cabal de nuestra historia, y que en esa carencia de memoria y conocimientos históricos subyacen causas importantes de la inestabilidad sociopolítica que, de tanto en tanto, se manifiesta con mayor o menor fuerza. En otras palabras, se volverían a cometer los mismos errores o se procedería de manera poco juiciosa al no recordar lecciones que se pudieran derivar del pasado.

Sin embargo, esas afirmaciones tan tajantes merecen varios escolios. Ciertamente parecería que somos socialmente proclives al olvido, pero no sé si ese olvido lo sea en realidad y de forma absoluta o, si más bien, pudiera describirse como deslumbramiento ingenuo ante las imprevisibles realidades del presente, las modas y las agonías sociales, producto de inequidades, que nos llevan a buscar mesías por doquier, uniformados o dotados de un palabrerío deslumbrante. Otro comentario es que, muy probablemente, esa supuesta tendencia al olvido la compartan otros países latinoamericanos y no sea exclusiva de Venezuela, lo cual no le resta gravedad al asunto.

En todo caso, tanto la muerte de los muertos como la muerte de los vivos que no deben morir han de evitarse a toda costa. Viene a ser ello una responsabilidad compartida por las ciencias sociales y humanas (por la historia, por la antropología, por los estudios literarios, por la sociología y tantas otras disciplinas), incluso por las artes, en un sentido muy general, pues la recreación del pasado y del imaginario contribuye a evitar su olvido, su muerte, o a alertar sobre los riesgos que se corren al perder la memoria.

En la coyuntura actual de Venezuela, en medio de tantas incertidumbres, de tantas ansiedades, de tantas visiones borrosas y miopes, la resurrección de vivos que no han muerto y de muertos que, ya fallecidos, han sucumbido por el olvido y la desatención es una tarea urgente.

Divulgar a los muertos relevantes, incluso los ficticios (como los personajes literarios o los espectros), su pensamiento, sus trayectorias, estén esos personajes muertos en verdad o muertos en vida, debe convocar nuestras voluntades como una forma de detener la muerte inexorable de la memoria social y un empobrecimiento del imaginario colectivo.

La necesidad de la recuperación crítica del pasado constituye una tesis reiterada en el pensamiento social venezolano, abordada incluso desde diversas perspectivas. Fue la pasión de hombres y mujeres como Mario Briceño Iragorry, Mariano Picón Salas, Lucila Luciani de Pérez Díaz, Arturo Uslar Pietri y Carmen Mannarino, por citar solo un puñado; es la preocupación de anónimos y con frecuencia despreciados sabios indígenas y ancianos campesinos que, desde lugares recónditos, bregan por preservar sus saberes y conocimientos ancestrales.

Mantener vivos a muertos y vivos ilustres constituye una prioridad para conservar la memoria de un país.

Horacio Biord Castillo

Escritor, investigador y profesor universitario, actual presidente de la Academia Venezolana de la Lengua.

Contacto y comentarios: hbiord@gmail.com

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