EDITORIAL de la LINTERNA AZUL, COLOMBIA.

Fe y Política

01/09/2017

Juan José Gómez

 

A poco menos de una semana para la llegada  a Colombia del Papa Francisco, es necesario que reflexionemos con sinceridad sobre lo que debe ser esa visita para los católicos, sobre cuál debe ser  nuestro comportamiento con el Pastor y sus acompañantes y sobre lo que  no es aceptable que suceda por parte del gobierno y de sus partidarios, so pretexto de una falsa reconciliación predicada como un instrumento de paz, pero en realidad inspirada por inconfesables propósitos de predominio sobre una enorme población que varias  veces ha sido desconocida y engañada por quienes utilizan para ello sus funciones oficiales.

 En la visita del Papa a nuestro país, están involucrados dos aspectos que es necesario que conozcamos con la mayor precisión posible, porque este conocimiento será el que determine nuestra conducta en esta importante ocasión. Se trata de la fe y la política, o para decirlo con mayor claridad, se trata de Jorge Mario Bergoglio, el Pontífice por una parte y el Jefe de Estado Vaticano por la otra.

 Como Pontífice, los católicos acogemos a Su Santidad con respeto, acatamiento y un sentimiento de gratitud, pues es el Vicario de Cristo el que visita por tercera vez la tierra colombiana, donde un porcentaje ampliamente mayoritario de habitantes profesa la fe católica y apostólica. Él es el sucesor de Pedro, el primer papa, y por consiguiente el que posee las llaves del Reino.

 Pero como jefe del Estado Vaticano, es un hombre, respetable y simpático sin duda, pero lamentablemente sujeto a las reglas y protocolos de las relaciones entre estados y de consiguiente un político honorable, pero político, al fin y al cabo.

 En el caso particular de Colombia, el Papa Francisco no ha sido afortunado en algunos antecedentes de su visita, como fue su intromisión en la lucha política colombiana, cuando tomó partido públicamente por el gobierno de Juan Manuel Santos en el tema del plebiscito, presionando la voluntad popular con su afirmación de que si triunfaba  el plebiscito visitaría a Colombia, amén de otras expresiones que intentaban directamente  apuntalar a Santos, un presidente que no gozaba ni menos goza ahora de la aprobación de sus conciudadanos por causa de sus engaños, mentiras y violaciones de la propia Constitución Nacional y de varias leyes, y lo que es peor, por el atrevido desconocimiento de la decisión mayoritaria de los colombianos en el caso del plebiscito.

 Quienes no estamos en los intríngulis de los asuntos eclesiásticos, sabemos sí, que lamentablemente hubo prelados colombianos de la mayor jerarquía que, olvidando la prudencia a que les obligaba su deber pastoral, tomaron partido por el gobierno -no sabemos si seducidos por el dulce sabor de la mermelada- y trataron de comprometer a su clero y a sus diocesanos en la aprobación de la citada consulta popular.

 Afortunadamente no lo lograron, pero quedó en el ambiente una molesta sensación, iniciada por las cuestionadas expresiones pontificias, de que al igual que en tiempos antiguos, ya superados gracias a Dios, en Colombia la Iglesia Católica estaba aliada con el gobierno de turno, aun cuando se evidenció que la mayoría del pueblo soberano repudiaba tal comportamiento y al propio gobierno.

 Uno se pregunta, ¿a todas estas donde estaba el Nuncio Apostólico? ¿Acaso no es este prelado los ojos y los oídos de la sede pontificia, en materia de mantenerla bien informada sobre todo lo bueno y lo malo del país en el que ejerce su representación? ¿O acaso el Nuncio se dejó convencer por los monseñores que desde el pináculo de la Conferencia Episcopal o aún desde el palacio cardenalicio aupaban el SI al plebiscito? Todas estas preguntas no han obtenido respuesta y ya no la obtendrán, pero quedan flotando en el ambiente eclesiástico y político la duda: ¿fue el Papa, si o no, mal informado y mal asesorado por sus obispos?

Lo anterior tiene importancia ahora, cuando el Papa llegará a Colombia y visitará cuatro de sus ciudades. Existe el riesgo de que Juan Manuel Santos Calderón, astuto y atrevido como es, desde el primer discurso que se supone será el de bienvenida al Papa en el aeropuerto, intente aprovechar la presencia del Pontífice para vincularlo a su inexistente paz y mucho más para recuperar parte de la buena imagen que hace rato perdió, precisamente por sus mentiras y engaños. ¿Y quien puede callar al presidente de la República en la capital del país que gobierna, o en cualquier otra ciudad bajo su jurisdicción?

 Es verdad que los nuevos directivos de la Conferencia Episcopal han hecho público que no tolerarán ningún comportamiento que intente vincular al ilustre visitante a la política. Pero esa declaración llega tarde, cuando ya el mal está hecho y cuando la presencia del jefe de la Iglesia Católica sea considerada por muchas personas bondadosas y cándidas como una amplia y sentida aprobación al presidente Santos y a sus malas acciones.

 Confiemos en la Divina Providencia en que las cosas no saldrán tan mal como se avizoran. Al fin y al cabo, reiteramos nuestro catolicismo y que creemos todos los artículos del Credo de los Apóstoles y aún de su ampliación en los Concilios de Nicea y de Constantinopla. Lo que si es de tener siempre muy presente es que depende del Pastor lo que suceda durante su visita y las consecuencias que ella tenga para él y para sus ovejas. Lo importante es, como dice el lema de la visita, que “demos el primer paso” pero que sea en la dirección correcta y que ese paso, como ocurrió con el plebiscito de octubre del año pasado, no vaya a ser entendido como un paso de aprobación a un gobierno corrupto, sino como un paso hacia el Vicario de Cristo, que, si viene a reconciliarnos, sea con la Verdad y con la Justicia y no con una fementida paz.

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