EDUARDO CASANOVA SUCRE: LA MUERTE DE UN PRISIONERO

LA MUERTE DE UN PRISIONERO

Por Eduardo Casanova

El 27 de octubre de 1965, en una playa de Lecherías, en el estado Anzoátegui, un pescador llamado José Salazar se llevó la desagradable sorpresa de encontrar en su atarraya un cuerpo humano, con el rostro desfigurado y una gruesa cadena con candado y un pico en el cuello, como para que no saliera a flote. Al día siguiente salía la noticia en “El Tiempo” y el cadáver era enterrado en una fosa común. Poco después se comprobaría que se trataba de Alberto Lovera, de 42 años, nacido en Juan Griego, dirigente del Partido Comunista que había sido secuestrado el 16 de octubre en la Plaza de las Tres Gracias, en Los Chaguaramos, por una comisión de la Digepol.

Hoy se sabe que fue torturado en el “Retén Planchart”, en Puente Mohedano, por varios policías, y que lo trasladaron al Campamento Antiguerrillero “Cachipo”, en donde no fue admitido por estar en muy mal estado.

En marzo del 67 fue exhumado y por las huellas digitales se determinó que era Lovera. Desde luego, los que lo mataron no fueron enjuiciados, a pesar de que el presidente de la República era Raúl Leoni, uno de los políticos más decentes del país, y el ministro de relaciones interiores era Gonzalo Barrios, hombre de firmes convicciones democráticas e incapaz de acciones como la que se había cometido.

El Congreso inició un juicio que no terminó en nada y un tribunal de Barcelona terminó echándole tierra al asunto. Tiempo después, en la Cancillería, me enteré de que Lovera “se les quedó” a los torturadores, no resistió lo que le hicieron varios policías, que obedecían las órdenes Orlando García, cubano, experto en esas lides, amigo cercano de Carlos Andrés Pérez y, aunque parezca insólito, buen amigo de Fidel Castro y relacionado tanto con la CIA como con el G2 cubano.

Era un hombre simpatiquísimo y muy divertido, y en vista de lo ocurrido con Lovera fue separado de sus funciones en la Policía Política y pasado al Ministerio de Relaciones Exteriores, en donde tuve ocasión de tratarlo y de conversar muchas veces acerca de ese y otros temas de los que, por cierto, decía no avergonzarse. Pero en realidad no se sentía nada cómodo con lo que le había pasado.

El que se les hubiera muerto un preso político era algo sumamente grave, porque ponía al gobierno democrático al mismo nivel que la dictadura de la que tanto habían denostado. Nada decía del ocultamiento del cadáver, otro crimen deleznable que también quedó sin sanciones.

Estar al mando de un grupo de torturadores tan torpe como para perder así a un preso importante lo dejaba muy mal, y aseguraba que la culpa era de los de los jefes de la Digepol, que resultaron ser obtusos y chapuceros.

La violencia, para enfrentar la violencia, es inevitable, afirmaba, pero había que dosificarla muy bien y no llevarla al nivel en el que causara la muerte de un prisionero. Una muerte que muchos años después fue utilizada como elemento de propaganda por el régimen chavista, que en junio de 2013 exhumó el cuerpo de Lovera “en aplicación de políticas de esclarecimiento de la verdad y la justicia llevada a cabo por el gobierno de Nicolás Maduro”, un gobierno que ha asesinado a decenas de venezolanos, y al que se le acaba de morir un prisionero, Carlos Andrés García, concejal de Guasdualito, torturado con métodos quizá menos burdos que los que se usaron contra Lovera, pero métodos de tortura al fin, y a quien se le negó no solamente la más elemental justicia, sino el derecho a la vida.

La muerte de Lovera fue una mancha en el régimen democrático, pero la muerte de García, cincuenta y dos años después, es hasta más grave, porque en 1965 los policías luchaban contra una ola de violencia promovida por la Cuba comunista y que atentaba contra la democracia y la voluntad de la inmensa mayoría de los venezolanos, en tanto que ahora los esbirros luchan contra la democracia y la voluntad casi unánime de los venezolanos, y una de las razones de que el militarcito narcisista, vendepatrias, corrupto e inepto que tanto daño le ha hecho al país, ganara unas elecciones, era su promesa de corregir los errores de los partidos de la democracia y, lejos de corregirlos, los ha agravado. Como todo.

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