EDUARDO CASANOVA SUCRE: ODIO A LA ALEGRÍA

ODIO A LA ALEGRÍA

 

Por Eduardo Casanova

 

La imagen de Beethoven que el romanticismo, con su carga de ego y de tragedia, terminó imponiendo, no tiene mucho que ver con la realidad del personaje. Beethoven nunca fue trágico, ni mucho menos malhumorado y agresivo como suelen mostrarlo los retratos que de él se conocen, muy pocos hechos con él como modelo en la vida real.

No era precisamente un Adonis. Bajo, moreno, con el rostro picado de viruela, con una mata de pelo que no solía peinarse demasiad a menudo y, a partir de los treinta años, sordo a causa de una sífilis terciaria que heredó del abuelo, es decir, que recibió sin haber siquiera disfrutado la causa inicial de la enfermedad.

No tuvo demasiada suerte con las mujeres, lo que era lógico, no solamente por su aspecto físico, sino porque nunca tuvo aquello que compensa la fealdad en la mayoría de los hombres feos: dinero.

Nunca tuvo hijos, pero sí un sobrino que le hizo la vida imposible. Su vida era como para amargarse de verdad, pero nunca fue amargado. Al contrario, los que lo conocieron coinciden en hablar de su jovialidad, su buen humor y su cordialidad.

Mucha alegría debía llevar en el alma cuando, a pesar de esas cargas negativas, terminó componiendo una sinfonía cuyo tema es la alegría, en la que le puso música a un poema de Friedrich von Schiller llamado, justamente “A la Alegría”, y lo musicalizó en Re Menor, que es un tono que denota alegría, una tonalidad de música alegre y brillante, que da siempre impresión de victoria.

En música ligera es el tono, por ejemplo, de “My Way”, la canción que Paul Anka compuso para Frank Sinatra. Schiller, dramaturgo, poeta y filósofo, autor de los versos, tampoco tuvo una vida como para celebrar demasiado: perseguido en su juventud por las autoridades y enfermo de cuidado en sus años finales, cuando ya había alcanzado el éxito personal, murió de cuarenta y tantos años, y sin embargo fue capaz de cantarle como lo hizo, a la alegría.

Eran gente brillante, exitosa, capaz de verle a todo el lado bueno. Su inteligencia y su cultura los protegió de la amargura, y, sobre todo, del resentimiento. Porque el fracaso, la ineptitud y el resentimiento son las causas principales de la amargura y del odio a la alegría, que es algo que los venezolanos tendremos que padecer mientras no se eche para siempre del poder a los amargados y resentidos chavistas que nos han hecho la vida imposible y han acabado con todo lo bueno que tenía el país desde que, para desgracia de los venezolanos, asumió el poder un militarcito narcisista, resentido, inepto, vendepatrias y lleno de una maldad corrosiva.

Los socialistas del siglo XXI no toleran nada que pueda alegrar a la gente, su lema parecer ser “para qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer difíciles”. Las colas, la odiosa burocracia, la matraca, la escasez, la enfermedad, el hambre, la irracionalidad, todo conspira para acabar con el buen humor de los venezolanos. Ni lavan ni prestan la batea. No hay medicinas, pero no quieren que la gente las consiga en otros países y hacen lo posible por sabotear su transporte.

Monopolizan la comercialización e imponen precios astronómicos que le quitan el aliento a cualquiera. Pretenden que nadie tenga casa propia. Pero en realidad, ellos sí ostentan vidas principescas. Solamente que es tal su negatividad y su resentimiento, que ese aparente disfrute no es tal, porque en el fondo se odian a sí mismos tanto como odian a los demás.

Y esa será una de las primeras tareas importantes que habrá que hacer cuando los echemos del poder: recuperar la alegría, además de recuperar la economía, la democracia y la racionalidad.

Que los venezolanos vivamos contentos, seguros y alegres. Y que ni siquiera recordemos estos años de amargura y de tristeza impuestas por el socialismo del siglo XXI. Fueron momentos terribles, sí, pero tal como Beethoven, hay que cantarle a la alegría. Y en Re Menor.

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