ADELA CORONIL (1878-1976)

por: Alfredo Coronil Hartmann

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Adela Amalia Ravelo y  Rodríguez Miranda de Coronil, estaría hoy de cumpleaños, no está aquí por razones filiales, ni porque el bello pastel obra de Eloy Palacios, que encabeza estas líneas sea una elegante “pieza de conversación” como dirían los anglosajones, en él mi inolvidable abuela tenía escasos 22 años, tres o cuatro hijos, estaba casada con un importante abogado que iniciaba su carrera política como Diputado por el Estado Bolívar, después de haber sido Sub-Secretario General de la Presidencia de la República y era comúnmente designada como una de las mujeres más bellas y elegantes de Caracas.

Escribo sobre ella, no solo por todas las motivaciones personales que imaginarse pueda, sino por el hecho de que fue una de las presencias tutelares que mas influyeron en mi, una de las mas fuertes personalidades que me encontré, en una vida donde tropecé con grandes intelectos y muy definidos egos, pués de todos ellos, consanguineos, afectivos, circunstanciales, ninguno fue mas importante que ella, brillante, aguda, inconmensurablemente equilibrada, de serena firmeza, su autoridad era innata, no tenía que hacer ningún esfuerzo para imponerse, de ella dimanaba y eso era suficiente.

Mi abuelo Domingo Antonio Coronil Gray, profesor para entonces de su hermano Fernando, acudió a su casa a hablar con sus padres un asunto relacionado con los estudios de su alumno y, apenas la vio quedó prendado de ella, la niña apenas tenía catorce años, fue lo que los franceses llaman el coup de foudre,  el flechazo o amor súbito, solo que este llenó sus vidas y procreó diez hijos, hasta que con escasos de 52 años de edad, el Doctor Coronil Gray decidió morirse.

Doña Adela se vio viuda, bella, en la cuarentena y con diez hijos, el doctor Coronil en pleno apogeo de su privanza política, apoderado general y consejero jurídico del amo del país, que había recorrido todo el curso honorario: diputado, senador, ministro, embajador, presidente del Congreso Nacional moría dejando su casa hipotecada, algunos inmuebles menores, una hacienda cafetalera en Los Teques, una viuda y diez muchachos…

Juan Vicente Gómez Chacón, que así se llamaba el compadre y cliente, había depositado en él su confianza y su afecto, de su peculio personal liberó la casona familiar y en breves días designó al mayor de los hijos, el abogado Domingo Antonio Coronil Ravelo -futuro Magistrado de la Corte Suprema de Justicia- Secretario de Gobierno en Puerto Cabello y a Marco Aurelio Rodríguez Torrealba, el mayor de los yernos, con igual cargo en Cumaná. Precariedad económica más o menos pasajera, enfermedades, la muerte súbita de una hija de 18 años, Luisa Cristina Coronil Ravelo, “pollito” en el momento que su prometido Moisés Capriles llegaba a visitarla.

En aquella Venezuela rural, no era tarea fácil levantar una familia, codo a codo con su hermana Carmelita Ravelo, enfrentó la tarea en medio de variables momentos y presiones económicas, pero sin bajar jamás en el estilo y refinamiento de una casa que jamás dejó de ser principal, aun si ocasionalmente acepto algún huésped, estos siempre eran escogidos con esmero, así Mariano Picón Salas vivió por temporadas y a través de él llegaron Juan Gómez Millas y Eugenio González Rojas, quienes llegarían a ser -ambos- Rectores de la Universidad de Chile y Ministros de Educación de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende respectivamente.

Así por el estilo, la casa Coronil abría sus puertas para un salón literario, al que concurrían habitualmente Francisco Narváez, Arturo Uslar Pietri, Alfredo Boulton Pietri, Aquiles Nazoa, Israel Peña Arreaza, Felix Soublette Saluzzo -casado con una prima, Maria Herminia Galavís Ravelo- Rafael Domingo Revenga, Gonzalo Barrios visitante frecuente desde que junto a mi tío Domingo Antonio cursaba sus estudios de Derecho, cuando no se iban a la hacienda Las Canales en Los Teques especialmente en temporada de exámenes… Esa vida que entrevemos plácida, no lo fue, el General López Contreras, Eleazar para mi abuela, decidió fomentar el turismo y los primeros cruceros llegaron a La Guaira, los viajeros subían a Caracas y en el programa de visitas, se incluyo una visita a tomar el té con una familia tradicional, por supuesto la casona de tres patios de los Coronil fue escogida, recuerdo que la encantadora Isabelita Borjas de Neer, me comentaba riendo: “claro los llevaban a tomar el té donde las Coronil y los turistas creerían que era el Palacio de Versalles”. La verdad es que, guardando las distancias lógicas, era difícil pensar que entre tantos encajes, platería y porcelanas, había una necesidad real y tangible de equilibrar un presupuesto, ni que la rica pastelería y bocadillos consumidos los habían elaborado las niñas de la casa. Y sin embargo así era.

Doña Adela pasó por tantas y procelosas aguas y visicitudes sin perder jamás la compostura, ni la gracia, recuerdo que cuando con motivo de sus ochenta años se le rindieron diversos homenajes, Doña Menca Fernández de Leoni se presentó en la casa y la condecoró, con pocos días de diferencia la Unión de Mujeres Americanas, la designó “Mujer Símbolo de Venezuela” y le hizo un homenaje, la rodeaban Cecilia Pimentel, Gloria Stolk, Panchita Soublette, Margot Boulton Pietri de Botome, José Loreto Arismendi, Frank y Graciela Conde Jhan, los Scannone, Isaac y Mercedes Carlota Pardo, Enrique José Tejera París, en pocas palabras la crema y nata de aquella Caracas que aún conservaba solera y gracia, la “vieja” como entre nosotros -jamás a ella- le decíamos, se volteo hacia mí que según decía no era su nieto, sino el menor de sus hijos, y con maliciosa sonrisa me comentó: “tantos esfuerzos que yo hice para disimular las precariedades económicas y ahora se les ocurre nombrarme la mujer sin…bolos de Venezuela“.

Así llegamos a los 99 años, hasta los 96 plena, lúcida, capaz, nos mandaba a todos, sin alzar la voz, ni alterarse, a esa edad me escribió un poema, me contó detalladamente las peripecias de su luna de miel, me hizo conocer a mi abuelo como si hubiese convivido con él -y mi padre apenas tenía 5 años cuando su padre murió- desgraciadamente la familia cometió el grave error de no operarle unas cataratas ya avanzadas, por temor al riesgo quirúrgico, la perdida de la visión la fue deteriorando con rapidez, sin perder nunca la cabeza, pero no era un ser para permanecer en cama, a los 99 se apagó, sin estridencias, en su lecho, sin arrugarse, lo que desconcertó a quienes no la conocieron en vida, especialmente a los sacerdotes de obras a las que contribuía y que se sintieron obligados a hacerle misas especiales. Cada día pienso en ella, mi única hija lleva su nombre. Hasta pronto Mamá ayande…

 

Dos correos sobre este texto, el perceptivo y hermoso comentario de Edgar Cherubini Lecuna y mi respuesta:

—– Mensaje reenviado —–
De: Edgar Cherubini Lecuna <edgar.cherubini@gmail.com>
Para: Alfredo Coronil <acoronil@yahoo.com.mx>
CC: Elisa Lerner <elisalerner2014@gmail.com>; Adela Sofia Hurtado Rodríguez <adelah28@yahoo.com>; Mariana Adela Coronil <mariana.adela@gmail.com>; Adela Coronil III <adecoronil42@hotmail.com>; Germán Rodríguez Coronil <gerrodcor@hotmail.com>; Gonzalo Augusto Coronil Rodríguez <gonzalocoronil@hotmail.com>
Enviado: domingo, 1 de octubre de 2017 04:25:28 GMT-4
Asunto: Re: Fw: ADELA CORONIL (1878-1976) POR PARARESCATARELPORVENIR.COM PUBLICADO EN 30 SEPTIEMBRE, 2017

Querido Alfredo,

 

Hölderling (1770-1843), en su himno El Archipiélago se preguntaba “¿Dónde está Atenas?”. A lo que Ernest Renan (1823-1892) le respondió que el milagro griego, fue algo que existió una vez, algo que nunca se había visto y que ya no se volverá a ver, “un type de beauté éternelle sans nulle tache locale ou nationale”, que Atenas se hallaba oculta dentro del hombre moderno y que el mundo sólo se salvaría cuando retornara al Partenón y rompiera sus vínculos con la barbarie.

Esto lo escribo después de leer la semblanza de Adela Coronil, que no solo es el recuerdo de tus afectos, sino el recuento de una época de valores humanos,no exenta de templanza,  que existió una vez y que ha sido arrasada, pero que habita en nuestros corazones. Hay que volver a ese Partenón primordial para salvarnos de la barbarie.

 

Un abrazo fraternal

Edgar Cherubini Lecuna

París, 01.10.2017

 

 

. Muy querido Edgar, para nada me resulta sorprendente que de ti venga tan ajustada percepción de ese canto de cisne que terminó siendo mi evocación ¿ invocación ? de Mamá Ayande, tu cuñado, Fernando Alcides Ayala Coronil la había bautizado Ayande, yo me limité a añadirle el obvio “Mamá” -casi una traducción literal de grand mamá– en este momento contemplo el letrerito con el nombre de la casa, que me ocupe de preservar cuando fue desmantelada, y que junto con todo aquello que pude salvar, quizá en un culto que va mucho más allá del fetichismo, impregnado en valores, evocan e invocan mi paraíso perdido, sin lugar a dudas.

Dios te bendiga. Gracias

Alfredo

 

 

 

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