EDUARDO CASANOVA SUCRE: INDEPENDENCIA PERDIDOSA.

 INDEPENDENCIA PERDIDOSA

Por Eduardo Casanova

 

Los venezolanos no podemos ser objetivos cuando se habla de independencia. Nuestro país fue el primero en proclamarla entre todos los que formaban la América española. Y el costo de esa osadía fue inmenso.

No es fácil calcular las pérdidas que tuvo que afrontar Venezuela en el siglo XIX para convertirse en República independiente. No sé exactamente cómo calculó Antonio Arráiz que las bajas venezolanas de la Guerra independentista fueron de 200.000 muertos, equivalentes a la cuarta parte de la población de entonces (Antonio Arráiz, “Los días de la ira, las Guerras Civiles en Venezuela, 1830-1903”, Vadell Hermanos Editores, Valencia, Venezuela, 1991, recopilación de Néstor Tablante y Garrido).

De hecho, en mi familia materna, los Sucre de Cumaná, hubo no menos de 15 o 16 muertos trágicamente en esos días de guerra, incluyendo al más importante de los parientes, Antonio José de Sucre, que no murió en la guerra sino inmediatamente después.

Y en mi familia paterna no hubo menos de cinco, que yo sepa, que perdieron la vida en trances parecidos. Y las pérdidas materiales fueron exageradas, al extremo de marcar la vida del país por más de un siglo. Nuestra Independencia, la de Bolívar, San Martín y otros héroes patriotas, fue una manifestación del romanticismo, con su carga de dramatismo, egoísmo e individualismo.

Por eso Lord Byron y otros grandes románticos exaltaron a Bolívar. Si se hubiera hecho como la quería Miranda, es decir, en bloque y creando un solo país, habría sido magnífica, pero se hizo fraccionando lo que podría haber sido ese gran país, y con eso salimos perdiendo, condenados al subdesarrollo. Y desde que Páez inventó la religión bolivariana, los venezolanos no podemos ser imparciales ni objetivos cuando se habla de Independencia.

Bien podría decirse que, salvo los descendientes de inmigrantes llegados al país después de 1830, todos los venezolanos deberíamos tener en nuestro ADN el independentismo. Y sin embargo, hemos visto como los felones de la “revolución bonita”, los canallas del socialismo del siglo XXI, no tuvieron empacho en entregar la soberanía del país a los descendientes de quienes no sufrieron absolutamente nada para independizarse de España, los cubanos, que salieron del Imperio español llevados cortésmente de las manos por los gringos.

Pero el cinismo, el caradurismo de esos que atentaron contra nuestra independencia es de tal calibre que son capaces de decir que apoyan la independencia de Cataluña, una independencia que no se está librando con grandeza épica, como fue la de Venezuela y la de toda la América española, sino que se busca con trampas, con fraudes electorales, con mentiras y con un sentido más bien crematístico que patriótico. Los venezolanos, tal como los habitantes del resto de nuestra América española, hablamos español, y tenemos que agradecer a los españoles muchas cosas relativas a nuestra cultura y nuestras costumbres.

Es lógico que, a pesar de los burdos y falsos argumentos populistas y demagógicos de los chavistas, que llevaron a destruir una estatua de Colón y otras ridiculeces, sintamos afecto por lo que se ha llamado por mucho tiempo la Madre Patria. Claro que hicieron atrocidades, pero eso fue hace siglos y es absurdo seguir hablando de ellas. Si los españoles no hubieran conquistado estas tierras hablaríamos medio millar de lenguas y no podríamos entendernos con la inmensa mayoría de los habitantes del continente ni tendríamos la música que tenemos ni tendríamos costumbres más o menos similares a las de nuestros vecinos.

Y simplemente no seríamos lo que somos ni los que somos, porque casi todos nosotros descendemos de españoles, aunque también tengamos en nuestros genomas partes de indígenas y de africanos. De modo que es natural que nos interese el bienestar de los españoles. Apoyar la independencia de Cataluña, que en cierta forma decretaría la muerte de España, no pasaría de ser algo absurdo, teñido de demagogia chavista. Y de maldad.

No estamos en tiempos del romanticismo, que por fortuna fue superado antes del fin del siglo XIX. Y sabemos por experiencia propia que el fraccionamiento arruina a los pueblos. De donde se infiere que apoyar ese movimiento es apoyar la ruina de un país al que, naturalmente, debemos tener el mayor afecto.

Esa falsedad del régimen narcomilitar chavista es una razón más para combatirlo. Para salir con todo a votar el 15 de octubre por los candidatos de la Unidad, que es una forma práctica y sensata de lograr el apoyo internacional que necesitamos para echar del poder a los canallas de la “revolución bonita”, a los felones del socialismo del siglo XXI.

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