GUSTAVO CORONEL: El naufragio.

martes, 10 de octubre de 2017

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EL NAUFRAGIO

Notas sobre un viaje que se está poniendo color de hormiga

 

A Arturo Uslar Pietri, siempre activo, le preguntaron en una ocasión que opinaba de la vejez. Contestó: “Es un naufragio”.  Al leerlo me sonreí y pensé que Don Arturo exageraba. Yo tenía 79 años cuando leí esa opinión y me pareció que era exagerada. Yo me sentía, como decía Antonio Arráiz, en un poema,  “con ganas de beber leche, montar un potro, atravesar un río”.

Hoy, a los 84, comprendo mejor a Uslar Pietri. Considero su  figura del naufragio  muy apta porque la vejez no es un proceso insidioso, ese de irse ahogando paulatinamente sino un fenómeno de aparición abrupta y cruel.

La vejez no es un plano inclinado, tanto como una escalera. En esa escalera hay amplios descansos de uno a tres años, en los cuales uno camina estable, disfruta de la vida y llega a pensar que la cosa no es tan mala como dicen. Y, de repente, se bajan tres escalones con rapidez permitiendo que el nivel del agua suba con agresividad, sin aviso ni protesto. 

Una falla en uno de los sistemas  contagia de repente a otros sistemas para convertirse en una falla generalizada. Por ejemplo, los ancianos generalmente se caen porque ven mal y una caída puede desencadenar una serie de otros problemas o hasta la muerte.

La limitación auditiva conduce a la irritabilidad y ella, a su vez, acentúa la hipertensión y los trastornos cardíacos.  La rotura de un puente dental, siempre un problema a cualquiera edad, se convierte en una tragedia para el anciano,  impartiéndole una sensación de haber llegado a la más completa inutilidad y le hace recordar aquel poema de Job Pim que decía:

“De la voz argentina

Que una vez dio lauros al tenor

Pero no sabe que hoy desafina

Ten misericordia, señor”

 

Ayer me sucedió algo que casi termina conmigo. Iba yo manejando por la circunvalación de Washington, la llamada 495, una arteria fundamental, en la cual suelen desplazarse miles de autos, a toda velocidad, en todo momento. Afortunadamente el flujo era lento por el volumen de vehículos cuando, de repente, se me apagó el auto, mi camioneta HONDA de 15 años de edad, aunque siguió andando por inercia. La logré poner  en neutro para tratar de prenderla y nada, los frenos no me respondían, estaba en la mitad de un océano de autos, sin timón y sin propulsión. A duras penas fui bajando la velocidad hasta llegar a parar completamente,  con docenas, centenares de autos y camiones detrás de mí, en el canal que yo obstruía.

Algo que es aterrorizante para cualquiera, no importa la  edad – eso de ver pasar autos de manera rauda a un lado y saber que hay una legión de conductores mentándonos la madre –  se convierte en una situación trágica cuando uno tiene 84 años. 

Llamé al 911 y reporté mi situación.  Me dijeron que me veían por las cámaras, las cuales parecen estar por todas partes y que enviarían ayuda. Los autos que tenía atrás crecían en número y tomé la heroica decisión de salirme del auto, en plena autopista, para “dirigir” el tráfico. De inmediato me llamó la policía al celular, para ordenarme que me metiera en el auto y creí escuchar que añadían algo así como “viejo pendejo”. 

Tuvimos allí, mi esposa y yo, como una media hora esperando, una de las más largas esperas de mi vida. Llegaron, me empujaron hacia el hombrillo y llamaron una grúa, la cual nos llevó a la agencia HONDA. No hay nada más humillante que llegar a una agencia de automóviles guindando de una grúa.


Aún no me han dicho lo que le sucedió al auto pero sé que no fue nada bueno. Lo esencial, sin embargo, es que este es el tipo de evento que acelera el naufragio. Hoy, el día después, si me preguntan mi edad, diría que tengo 92 años.

Escribo esta nota como parte de mi terapia contra la depresión, la cual suele aparecer en la ancianidad y  se acentúa debido a la sensación de inutilidad provocada en los viejos por incidentes como este. El simbolismo de ser redundante que encierra esto de estar en la mitad de una de las autopistas más activas del país, interrumpiendo el tránsito – mientras centenares de choferes pasan raudos por un lado – mentándote la madre, es muy fuerte para ser asimilado por el anciano y ya no puede ser resuelto con un simple encogimiento de hombros.

Es algo que requiere varios días de reposo absoluto, cuando no hospitalizacion.

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