ANTONIO SÁNCHEZ GARCÍA: Debate sobre la miseria del debate.

 

        DEBATE DE SOBRE LA MISERIA. SOBRE LA MISERIA DEL DEBATE

 

Mientras continúe la miseria del debate, no habrá debate sobre la miseria. Sus protagonistas están demasiado ocupados en participar de las próximas elecciones como para pensar en las próximas generaciones. En Venezuela rige solapada e implícitamente la norma vigente en las peores dictaduras: SE PROHIBE PENSAR.

Antonio Sánchez García @sangarccs

“De ahí se desprende el tercer y último axioma fundamental del pensamiento socialista: cuando el capitalismo fracasa, evidentemente la culpa es del capitalismo; cuando el socialismo fracasa, la culpa es también del capitalismo.”

Jean François Revel, El Estado megalómano

No recuerdo, en estos 18 años de socialismo bolivariano ni en estos veinticinco años transcurridos desde el golpe de Estado que rompiera el hilo constitucional y quebrantara para siempre el Estado de Derecho, tras la intención de derrocar al gobierno constitucional e imponer una dictadura socialista, una sola discusión, ni un miserable coloquio o un desangelado debate – tampoco libros, ensayos o artículos que versaran sobre la naturaleza que subyacía a ese Estado de Derecho ni sobre el proyecto político y socioeconómico del movimiento golpista que pretendía suplantarlo. Tampoco lo recuerdo luego de diciembre de 1998, que se planteara la discusión sobre la esencia del gobierno presidido por Hugo Chávez que pretendía instaurar no sólo una dictadura, travestida como casi todas ellas, sean comunistas o fascistas, de “democracia directa y participativa”, sino incluso un régimen totalitario en Venezuela. ¿Cómo definir la estrategia y la táctica políticas correctas y adecuadas con las que enfrentar al enemigo, si jamás se ha sabido real y verdaderamente en qué consiste y por qué razón nos vemos envueltos en esa enemistad que nos enfrenta?

A juzgar por los hechos y luego de las docenas de elecciones de todo orden habidas desde entonces, jamás se debatió en Venezuela por qué y para qué se elegía, qué proyectos diferenciaban a las distintas posiciones, que ideologías inspiraban a los partidos de una y otra banda, cuál era, en rigor, el proyecto del gobierno y cual aquel con el que la oposición pretendía enfrentarlo. Salir de Chávez y luego salir de Maduro: fuera o no fuera cierto, esa ha sido toda la razón que ha asistido a la llamada oposición desde diciembre de 1998. Es más: aún al día de hoy no existe consenso entre las fuerzas opositoras sobre la caracterización del régimen. Aún en 2006, durante una visita a la presidenta Michelle Bachelet en Santiago de Chile, una comitiva opositora formada por Teodoro Petkoff, Manuel Rosales, Julio Borges y Timoteo Zambrano – sólo faltaban Henry Ramos Allup y Leopoldo López para que ella hubiera sido la fiel y completa expresión del conjunto de las fuerzas opositoras que hoy, a once años de distancia, conforman y constituyen la llamada Mesa de Unidad Democrática – sostuvo sin titubeos y con una firmeza axiomática que no dejaba lugar a dudas: “Hugo Chávez es un demócrata”. El periódico El Nuevo País, de Caracas, lo destacó con foto principal, a todo lo ancho de la portada.

La historia, en cambio, se encargó de desmentirlos y confirmar lo que algunos analistas veníamos sosteniendo desde la alborada del 11 de abril de 2002, fecha de la insurgencia popular y el pronunciamiento militar que lo separara durante algunas horas de su cargo: Chávez no sólo no era un demócrata. Era un aprendiz de dictador y tirano, se había entregado a los brazos de Fidel Castro y había decidido ya pública y verbalmente convertir a Venezuela en una “segunda Cuba”: “vamos hacia la isla de la felicidad” (sic). Hasta el día de hoy ninguno de los mencionados propagandistas del talante democrático del caudillo que murió en La Habana y de la naturaleza democrática del régimen dictatorial que impuso ya desde entonces, ha expresado una sola palabra de auto crítica. Es más: todos ellos continúan actuando como si la colosal falacia que entonces expresaran, sin rubor alguno, siguiera impoluta. Como si ahora su sucesor, Nicolás Maduro, y su régimen – ya mundial y reconocidamente forajido, terrorista y narcotraficante – fuera tan democrático como lo era en tiempos del boyante y dispendioso Hugo Chávez.

Que la oposición que llamaremos “oficialista”, vale decir: acordada tácita o explícitamente con el oficialismo castrocomunista, continúa negándose a reconocer la naturaleza dictatorial, ilegítima, fraudulenta, narcotraficante y terrorista del régimen, lo demuestra el fervor con el que todos sus dirigentes, de AD a PJ y de UNT a Voluntad Popular – dialogan con sus autoridades, el sacrosanto respeto a su legalidad eleccionaria, así sea impuesto por una quisicosa impuesta mediante el fraude más notable, descomunal y llamativo de la historia, y los acuerdos de convivencia establecidos como para haber aplastado todos los intentos insurreccionales de la Resistencia, ante la cual han hecho como que sí pero como que no, azuzándola cuando le convenía para presionar tras sus propósitos electorales al acorralado gobierno dictatorial, llevando incluso al matadero a decenas de jóvenes esperanzados en el desalojo del régimen, desgastándola a ella y a los millones de combatientes de la sociedad civil en un sacrificio continuado, estéril e inútil, y traicionándola cuando obtenidos sus propósitos electoreros constituía un estorbo a la pax perpetua necesaria como para montar los centros electorales y darle curso al simulacro de enfrentamiento celebrado en los colegios electorales. A la tragedia del 2014 sucedieron las parlamentarias del 2015. A la tragedia del 2017 sucederán las elecciones regionales que tendrán lugar el próximo domingo. Muertos por voto. Casa por cárcel.

Suena insólito, y cuando menos absurdo, que quienes dirigen los partidos políticos más importantes del establecimiento, controlan todas las universidades y centros de investigación económicos, políticos, históricos y sociales, y disfrutan de una cohorte de asesores, doctores en diversas disciplinas de las ciencias sociales, no hayan resuelto debatir pública, abierta, democráticamente sobre la naturaleza del régimen, la caracterización del período, el proyecto estratégico que inspira las acciones de la dictadura, el proyecto global que, desde La Habana y Sao Paulo, lo inspira. Es más: sobre las características de la crisis humanitaria a que ha dado lugar, el papel que desempeña en el conflicto que enfrenta a las grandes y medianas potencias, las perspectivas abiertas a nivel global para su resolución y, desde ese análisis profundo y descarnado, pueda justificar sus acciones o alterar sus programas y puntos de vista. Y que en lugar de avanzar por la senda de la investigación, el pensamiento y la reflexión acerca de los que somos y deseamos ser, se desgasten pariendo un bodrio farandulero y ominoso para difamar en el más puro estilo nazifascista a quienes se resisten a pasar por el aro de las madamas del CNE y su ANC.

Llevado al nivel de los partidos, directamente responsables de la miseria del debate, aún no expresan sus proyectos tácticos y estratégicos. ¿Qué diferencia a AD de PJ, a UNT de VP, a AP del MAS, a la Causa R de COPEI? Los que se confiesan socialdemócratas, ¿son socialistas? ¿Los justicieros son socialcristianos? ¿Dónde encasillar a los huérfanos de partido capaces de encuadrarse en cualquiera de ellos y ser su candidato a gobernador? ¿Qué fuerzas o sectores sociales y qué ideología representan un Ismael García o un Luis Florido, un Henrique Capriles o un Henry Falcón, un Leopoldo López o un Julio Borges? Salas Römer ¿puede representar indistintamente la misteriosa ideología de VP o la de PJ? Asunto difícil de dilucidar, toda vez que muchos de ellos han transitado de un partido al otro como quien se muda de ropa interior. Sin traumas aparentes en su universo de certidumbres. ¿O carecen de ellas?

De una sola cosa podemos estar ciertos: todos se reconocen de izquierda. Que en Venezuela, reconocerse de derechas es poner el cuello en la guillotina. De izquierdas lindando con el PSUV de Arias Cárdenas y Raúl Castro o con AD de Ramos Allup y Rodríguez Zapatero, de PJ de Julio Borges o de VP de Leopoldo López, de UNT de Timoteo Zambrano o de AP de Henry Falcón. La derecha, sepa Dios en Venezuela qué y a quiénes represente, es un clavo ardiente. Ser liberal, un verdadero y gran honor para hombres de la talla y la estatura de un Mario Vargas Llosa, un Enrique Krauze, un Macri o un Pedro Pablo Kuczynski es poco menos que pecaminoso.

No recuerdo un solo debate sobre la identidad ideológica de los partidos venezolanos. Como en otras democracias del mundo dichos debates suelen acompañar la renovación de sus autoridades, cosa aparentemente vetada y tabuizada en Venezuela, en donde todos los secretarios generales mencionados han terminado atornillados en sus sillones desde hace una eternidad y nada presagia que alguien pueda destornillarlos, jamás sabremos por qué razón algunos de los mencionados se confiesan socialdemócratas y ya forman parte de la Internacional Socialista. Como si pertenecer a ella fuera comparable a pertenecer a la orden de la Jarretera o al Parlamento Inglés.

Mientras continúe la miseria del debate, no habrá debate sobre la miseria. Sus protagonistas están demasiado ocupados en participar de las próximas elecciones como para pensar en las próximas generaciones. En Venezuela rige solapada e implícitamente la norma de las peores dictaduras: SE PROHIBE PENSAR.

 

 

 

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