Venezuela, la difícil cuadratura del círculo

Venezuela, la difícil cuadratura del círculo

La situación económica y social en Venezuela, donde este domingo se celebran elecciones regionales, ha llegado a un límite marcado con claros tintes autoritarios y despóticos. Las libertades en ese país, con el apoyo de la inteligencia cubana, hace tiempo que fueron mutiladas por el régimen chavista liderado por el Presidente Maduro.

Juan Carlos Delrieu. EFEJuan Carlos Delrieu. EFE

El empobrecimiento de la población, que sufre un constante deterioro de su poder adquisitivo, y la ineficacia del aparato productivo gestionado por el círculo de relaciones cercanas al Gobierno, han conducido al país a una profunda recesión que, además, es incomparable con la sufrida por otros países de la región: desde el año 2013, el PIB ha registrado una caída del 35%.

Una recesión que tampoco se puede mitigar con la exportación de petróleo porque ni siquiera PDVSA, la empresa estatal productora de petróleo, se ha librado de la caótica gestión pública por lo que sus niveles de producción están cayendo en picado (desde el año 2015, la producción de petróleo se ha reducido en 400.000 barriles por día, lo que representa una caída cercana al 20% de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía).

Un país en caos sobre el que no se vislumbra una solución razonable a corto y medio plazo, ni siquiera con la mediación de líderes internacionales. Un país en el que cada actor está intentando aumentar el coste político para el adversario si le toca batirse en retirada. Un país, en definitiva, que ha tenido la mala suerte de no estar en el radar de Estados Unidos.

Ahora bien, los soportes sobre los que a pesar del caos se sostiene el Gobierno de Maduro se pueden debilitar y, afortunadamente, ya han comenzado a producirse señales de cambio. Por un lado, el Presidente Trump ha declarado que Estados Unidos no facilitará la compra de nuevas emisiones de bonos aunque estén emitidos por PDVSA, de la misma manera que le ha retirado la visa y ha prohibido transacciones financieras a trece líderes políticos ligados al régimen de Maduro. Señales tibias que van en la dirección correcta: limitar la financiación de los gastos del Gobierno.

Por otro lado, Venezuela comienza a tener dificultades para cumplir los acuerdos de cooperación firmados a inicios del año 2000 entre Chávez y Castro: no solo la cantidad de barriles diarios a precios preferenciales que Cuba recibe puede estar cayendo un 13% en 2007, sino que la cantidad de petróleo venezolano que Cuba recibe ha venido reduciéndose paulatinamente: desde los 90.000 barriles diarios en 2008 a los 45.000 que acabará recibiendo este año.

Esta situación pone en graves aprietos al Gobierno de La Habana pues este descenso ya ha provocado el racionamiento de combustible y electricidad en Cuba, cuya economía depende en gran medida de Venezuela. Por ello, aunque el apoyo entre ambos países es ideológico e incondicional, esta situación podría abrir una ventana de oportunidad en busca de una solución.

Tenemos, pues, a tres actores (Estados Unidos, Venezuela y Cuba) unidos de manera implícita por el petróleo. Si Estados Unidos endurece su posición frente a Venezuela es muy probable que el Gobierno de Maduro sufra un elevado grado de presión que podría desembocar en tres posibles escenarios.

El primero de ellos giraría alrededor de una pantomima en la que el Gobierno de Maduro, envuelto en una fuerte presión internacional, propone un adelanto de elecciones en el país con el ánimo de reflejar un cambio de actitud, pero que probablemente acabarían siendo muy poco transparentes.

El segundo escenario, el más razonable pero también el menos probable, vendría marcado por un acuerdo internacional que forzara una salida pactada y protegida del Gobierno, dejando paso a una oposición que debería comprometerse a no mirar hacia atrás.

En el tercer escenario, México, con la complacencia y apoyo económico de Estados Unidos, podría sustituir a Venezuela como exportador de petróleo hacia Cuba. El impacto económico de este escenario sería cercano a los 500 millones de dólares cada año, pero las ventajas geopolíticas serían incalculables: Cuba estaría forzado a mirar hacia el norte, reduciendo el apoyo al Gobierno de Maduro y acercándose a los parámetros marcados por Estados Unidos, con lo que se podría acelerar la transición del régimen castrista; México se podría convertir, si quisiera, en un líder regional, reforzando así su condición de aliado con Estados Unidos; finalmente, el Gobierno de Maduro se vería forzado a valorar alternativas en busca de salida a la crisis política y social que sufre el país.

En cualquier caso, aunque la presión internacional limitara la continuidad de Maduro y de su Gobierno, el nuevo régimen se enfrentará a la obligación de comenzar a corregir fuertes desequilibrios macroeconómicos, lo que, a su vez, propiciará profundos costes económicos y sociales en el país.

Ahora bien, si no se facilita una solución razonable, tanto los países vecinos a Venezuela como el propio México e incluso Estados Unidos, deberían prepararse para afrontar un éxodo masivo de venezolanos debido a un escenario marcado por la escasez de bienes y servicios básicos, reducción de libertades y aumento de la violencia.

No hay una salida fácil para el caos en el que se ha convertido Venezuela.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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