CAINISMO, En pocas palabras, por: Ramón Peña 6/11/2017

NOTA DEL EDITOR: Aprecié la decantada calidad de los textos de Ramón Peña, desde que leí el primero de ellos que recibí. Su brevedad, su acabada precisión de síntesis, llena todos los requisitos deseables, entre ellos el dejarnos siempre el deseo de continuar leyendo, pero no por defecto de argumentos, por lo contrario sin deficiencia de ellos, por voluntad de disfrute de un trabajo bien hecho.Este apunte sobre el cainismo imperante, al igual que los anteriores, no tiene desperdicio. Por desgracia, dentro de la victoria moral del chavismo, como la califica acertadamente Robert Gilles Redondohay  que anotar la asunción de un léxico y un estilo cloacal de expresarse, que hace muy difícil la convivencia civilizada.

Nos hemos llenado de jaquetones caricaturescos que, a despecho de sus propias cualidades intelectuales, se regodean en la vulgaridad de un decir y actuar de palurdos de albañal, que en más de un caso no son, imitando al parecer los peores modelos del régimen. Muy triste, junto con tantas otras cosas, habrá que rescatar maneras civilizadas de interacción, sin las cuales el erosionador cainismo seguirá perforando la necesaria convivencia social. Salud, felicitaciones Don Ramón Peña.

ALFREDO CORONIL HARTMANN

Ítaca8-XI-2017.

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En pocas palabras

por: Ramón Peña

Cainismo

6/11/2017

No cesa el canibalismo en las filas de la oposición; cainismo lo podemos llamar, tomándole prestado el vocablo a Rubén Amón, articulista de El País de Madrid.

Quienes se habían hermanado frente a la barbarie ahora riñen con dureza, en unos casos extrema en cuanto a calificativos y hasta injurias que desgarran el tejido unitario que había llegado a arrinconar a la banda gobernante.

Nadie duda que han abundado errores, candideces, exagerado optimismo, no solo en esta época de la Mesa de la Unidad Democrática, sino antes de crearse ésta, en los tiempos de la Coordinadora Democrática, de la comparsa militar de la Plaza Altamira, de la huelga general de 2002.

Un factor común en todos estos años ha sido no calibrar la vileza, la falta de escrúpulos del malandraje militarizado; ha costado percibir la realidad de este régimen: un ejército invasor, caribeño, al cual no lo perturba sembrar el hambre y utilizarla como medio para sostenerse en el poder.

Al parecer, tampoco imaginamos que las tarjetas de comida eran la clave para manipular el voto popular en las últimas elecciones.

La gran tarea es recuperar la confianza en nosotros mismos, no capitalizar liderazgos individuales o de partidos a costa de erigirse en jueces de aquellos a quienes se culpa por el desfallecimiento del movimiento democrático.

No contribuyen quienes ya garabatean la historia con señalamientos de traición, colaboracionismo o venta cuando no son ciertos. Que tire la primera piedra quien no se haya equivocado. En unos años florecerán las verdades.

Tomó tiempo saber que la capitulación de Miranda no era una traición como la calificó Bolívar, sino una razonable manera de salvar vidas. Hoy toda la energía debe dirigirse a reconstituir el consenso y escoger democráticamente un liderazgo creíble para el único propósito loable que es el de rescatar la República.

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