LUIS ALBERTO MACHADO SANZ NOS REMITE UN TEXTO DE GANBRIEL GARCÍA MARQUEZ.

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“El Clero Venezolano en la lucha contra la dictadura de Pérez
Jiménez”.

Por Gabriel García Márquez

Un artículo desconocido de García Márquez
Comenzaremos citando unas palabras de Carlos Alberto Montaner, en un
artículo suyo titulado “García Márquez y una gestión ante Fidel”, del viernes
18 de abril, 2014 y que son las siguientes:
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“Tal vez no exagero si digo que ha muerto el mayor escritor en lengua
española que dio el siglo XX. Decir eso en la época de
Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa es muy
arriesgado y subjetivo, pero me atrevo a
afirmarlo. ¿Por qué? Acaso porque la novela que
más he disfrutado de cuantas he leído en mi vida
ha sido El amor en los tiempos del cólera. Me
parece más lograda, incluso, que los justamente
reverenciados Cien años de soledad que atrajo
sobre Gabriel García Márquez la admiración
universal y acabó por ganarle el Nobel en 1982”
(Fin de la cita. Las negrillas son del autor).
De acuerdo a lo que dice Montaner, se pudiera colegir
que la novela Cien años de soledad, eclipsa todas, o
la mayoría de las obras de García Márquez. Por lo
tanto, hay un libro de García Márquez que se llama
“Cuando era infeliz e indocumentado”. Dicho
libro, es muy desconocido para muchos, entre otras
cosas porque está eclipsado, en primer lugar por Cien
años de soledad y en segundo lugar, por obras tales como El amor en los
tiempos del cólera, como bien cita Carlos Alberto Montaner.
En dicho libro, hay un artículo que se titula “El clero venezolano en la lucha
contra la dictadura de Pérez Jiménez”. En este artículo, Gabriel García

Márquez, de una manera amena, pero a
la vez objetiva, histórica y veraz, explica
de manera magistral, la importancia
combativa que tuvo el clero venezolano
en la caída de la dictadura de Pérez
Jiménez. Este artículo lo pudiéramos
calificar de “realista”. No tiene el
llamado “realismo mágico” de Cien Años
de Soledad. Sin embargo, es un
ilustrativo artículo y a la vez, delicioso y
ameno, que tiene partes narradas como
si fuera una novela policial, propio de un
Premio Nobel de literatura, muy bien
merecido para García Márquez.
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No se trata de una obra teológica o religiosa. Tampoco política. Más bien, es
un excelente reportaje periodístico. García Márquez vivió en Venezuela.
Escribió para el diario Ultimas Noticias y vivió los acontecimientos ahí
narrados.
Vamos a trascribir abajo el artículo antes dicho pero antes, haremos unos
comentarios sobre la dictadura de Pérez Jiménez, con el fin de ver el contexto
en el que García Márquez escribió su obra.
2) La dictadura de Pérez Jiménez
Marcos Evangelista Pérez Jiménez, fue un dictador y eso no se puede negar.
Ahora bien, nada es completamente bueno y tampoco, nada completamente
malo. Su dictadura, tuvo cosas buenas y a la vez cosas malas.
Pérez Jiménez hizo obras. Obras que nadie puede negar y que aun todavía,
están a la vista. Fue nacionalista, no fue entreguista. Fue 100 %
venezolanista. Cuando hubo un problema con Colombia, en relación a Los
Monjes, no se anduvo con guabineos y medias tintas con Colombia. Tomó
militarmente Los Monjes y así zanjó el problema. Por esa actitud enérgica
frente a Colombia, Los Monjes son hoy en día, territorio venezolano.
Jamás le pasó por la mente, el regalarle el Esequibo a Guyana. Esto no quita
que se reconozca que era amigo de otros dictadores, tales como Franco en
España, Somosa en Nicaragua, Rojas Pinillas en Colombia, Perón en
Argentina, Fulgencio Batista en Cuba y Rafael Leonidas Trujillo, alias
“Chapita”, en República Dominicana
Pérez Jiménez no andaba con una repartidera de dinero internacional para
comprar la conciencia de los gobernantes de otros países, con el fin de
comprar solidaridades automáticas internacionales, en organismos tales como
la ONU y la OEA.
En su época, hubo trabajo, hubo también una extraordinaria emigración
europea, que fue laboriosa y trabajadora, y que contribuyó en gran medida
con el engrandecimiento del país. El Bolívar, era la moneda más estable del
mundo. Venezuela era el primer país productor de petróleo del mundo.
Es cierto que había seguridad, pero sobre esto hay que aclarar varias cosas:
La seguridad se basaba en la violación de los derechos humanos y la represión.
Es cierto que los órganos represivos del estado, no se metían con el que no
se metía en política, pero el que se metía en política, se exponía a que se lo
llevaran, lo desparecieran, lo torturaban de manera cruel y espantosa, pasara
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mucho tiempo en una cárcel en condiciones infrahumanas (algunos presos
políticos sobrevivieron, otros no).
A los que no se metían en política, la seguridad que tenían, que les permitía
dormir con las puertas y ventanas abiertas, funcionaba de la siguiente
manera:
Vamos a poner un solo ejemplo, para muestra basta un botón:
Al principio del régimen de Pérez Jiménez, hubo una modalidad, la de atracos
en las bombas de gasolina. Pues bien, Pedro Estrada mandó a los agentes de
“La Seguridad Nacional”, a infiltrar las bombas de gasolina, disfrazándolos de
bomberos de dichas bombas. En consecuencia, el delincuente que pretendía
atracar en una bomba, delincuente que era ultimado. Ergo, al poco tiempo de
la infiltración de las bombas, se acabaron los atracos. Los delincuentes
rápidamente se dieron cuenta que el peor negocio que podían hacer en su
vida era atracar una bomba, porque eran hombres muertos.
Esto de las bombas de gasolina, se extrapoló a todos los ámbitos de la vida
nacional. Por lo tanto, al poco tiempo del régimen de Pérez Jiménez, se
acabaron los delincuentes. Por órdenes de Pérez Jiménez, Pedro Estada los
mató a todos. La orden era matarlos y punto. Pérez Jiménez y Pedro Estrada,
partían de la filosofía que “muerto el perro se acaba la rabia”.
Es más, Pérez Jiménez llegó a saber de las andanzas revolucionarias de Fidel
Castro en Cuba para derrocar a Fulgencio Batista. Por lo tanto, dio la expresa
orden que si “el comunista Fidel Castro” se aparecía por Venezuela, lo fusilaran
de inmediato y sin ninguna contemplación. Que no iba permitir que Fidel
Castro le embochinchara el país.
Obviamente, que cuando la gente habla de la época de Pérez Jiménez, habla
de la “seguridad”. Pero a un precio de matar delincuentes sin ningún tipo de
juicio con el debido proceso judicial, derecho a la defensa, presunción de
inocencia, no ser torturado, no ser incomunicado. Es decir, hubo seguridad
pero sin ningún tipo de respeto a los derechos humanos, etc.
Hoy en día, los organismos que se encargan de los derechos humanos, tanto
nacionales como internacionales, hubieran mediáticamente arremetido contra
“el gorila-violador de derechos humanos”, del dictador Pérez Jiménez.
Aunado a lo anterior, había una gran censura de prensa. Todas las
dictaduras censuran. Ninguna dictadura aguanta una prensa libre. Los
periódicos y las radios del momento, tenían censores dentro de sus
respectivas oficinas. Censores que dictaminaban, lo que se podía decir y lo
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que no. Y lo que se decía, cómo se decía (la televisión apenas comenzaba y
era muy poca la gente que tenía televisión para el momento de la dictadura
de Pérez Jiménez).
Lo que acabamos de ver que hizo Pedro Estrada en las bombas de gasolina,
la censura no permitía reportar que los agente de La Seguridad Nacional
habían acribillado y matado a los delincuentes que atracaban en las bombas
que era lo que en realidad había sucedido, sino que los delincuentes habían
sido ultimados por agentes de La Seguridad Nacional que se habían visto
obligados a actuar en defensa propia del ataque de los delincuentes (no
interesaba someter a los delincuentes para que fueran llevados a juicio sino
desaparecerlos de la faz de la tierra, sobre todo para que sirviera de
escarmiento).
Como toda dictadura, había mucha propaganda sobre los logros y a la vez, se
censuraban los problemas, carencias, defectos y fracasos. El régimen de Pérez
Jiménez había sido bueno en obras, como antes dijimos. Obras que la mayoría
de las veces se inauguraban el día de 2 de diciembre.
3) La carta pastoral y el arzobispo de la Resistencia
Fabricio Ojeda y Monseñor Rafael Arias Blanco. Foto El Universal
Hay quienes dicen que la jerarquía de la Iglesia Católica y el régimen
dictatorial de Pérez Jiménez se llevaron muy bien desde que comenzó dicho
régimen hasta la carta pastoral del arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael
Arias Blanco, del día primero de mayo de 1957, momento a partir del cual,
como bien nos explicará García Márquez, en el ensayo trascrito abajo, se
rompe dicha relación armónica (la historia conoce a Monseñor Arias Blanco,
como “el arzobispo de la Resistencia”).
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Antes de dicha carta pastoral, no creemos que la relación haya sido de
“manitos agarradas” pero tampoco creemos haya sido conflictiva, a tal punto
que la Universidad Católica Andrés Bello, se creó en el año 1953, bajo el
régimen de Pérez Jiménez.
Hay que recalcar e insistir que la carta pastoral del arzobispo Arias Blanco, no
tenía contenido político. No se pedían elecciones. No se pedía cambio en el
sistema político, ni nada parecido. La carta pastoral denunciaba la grave
situación de deterioro, en cuanto a la situación económica y de malestar social,
que vivían la mayoría de los trabajadores en Venezuela.
La carta pastoral decía, que por una parte, se hacían grandes obras que
servían de propaganda y también para tapar las condiciones infrahumanas en
las que vivían una gran cantidad de venezolanos (la palabra “infrahumana”,
fue usada literalmente). Se hablaba del analfabetismo en las que vivía la
mayoría de la clase trabajadora. También hablaba de las enfermedades y
epidemias, que afectaban a buena parte de dicha clase. También, el no tener
viviendas dignas, acceso a la educación, salarios paupérrimos, falta de acceso
al agua potable, desnutrición, condiciones de marginalidad en grado extremo,
etc.
La carta pastoral insistía que todo lo anterior, era tapado por la censura. Como
dijimos, la carta pastoral no se metió en política, pero sí demandaba, la
urgente mejoría de la maltratada clase trabajadora.
Dice el historiador Diego Bautista Urbaneja, que todo lo que le hubiera
tocado hacer a Pérez Jiménez, era tragar grueso. Darle tiempo al tiempo y
esperar que bajara la marea para que todo se enfriara, pero en vez, de eso,
como bien nos explicará García Márquez, decidieron cazar la pelea con el clero,
comenzando a acosar, perseguir, intimidar y a poner presos a sacerdotes, etc.
Juan Domingo Perón le comentó a Rafael Leónidas Trujillo, alias “Chapita”, lo
siguiente:
“A mí me tumbaron las sotanas, deje de pelear con los curas para que no lo
terminen tumbando como me tumbaron a mí”.
El general Juan Vicente Gómez dijo:
“Dejen quietos a los curas y no se metan más con ellos. No me gusta
comer carne de cura porque la carne de cura atraganta”
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Como bien nos explicará Gabriel García Márquez, Pérez Jiménez se atragantó
con la carta pastoral de Monseñor Rafael Arias Blanco.
Bien lo dijo Cervantes, a través de su inmortal personaje “Don Quijote”:
“Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”.
Pérez Jiménez se topó con la Iglesia y eso contribuyó en gran medida a su
caída.
4) Vamos ahora a leer a Gabriel García Márquez
“El Clero Venezolano en la lucha contra la dictadura de Pérez
Jiménez”. Por Gabriel García Márquez
“El 1° de mayo del año pasado -fiesta del trabajo- los curas párrocos de
Venezuela leyeron en los púlpitos una carta pastoral del arzobispo de Caracas,
Monseñor Rafael Arias. En ella se analizaba la situación obrera del
país, se planteaban francamente los problemas de la clase
trabajadora y se evocaba en sus términos esenciales la doctrina
social de la Iglesia.
Desde Caracas hasta Puerto Páez, en el Apure; desde las solemnes
naves de la catedral metropolitana hasta la destartalada iglesita de
Mauroa, en el territorio federal amazónico, la voz de la Iglesia -una
voz que tiene 20 siglos- sacudió la conciencia nacional y encendió la
primera chispa de la subversión. Monseñor Rafael Arias, un hombre
macizo y apacible que habla con la misma sencillez y la misma
cadencia criolla de cualquier venezolano corriente había meditado
mucho antes de escribir la primera línea de aquella pastoral.
La idea nació del conocimiento general que tenía el arzobispo de la realidad
del país, por apreciación directa y por las conversaciones con sus párrocos. En
un estudio económico de las Naciones Unidas, que recibió por correo, se
enteró de que la producción per cápita de Venezuela había subido al índice de
500 dólares, pero que esa riqueza no se distribuía de manera que llegara a
todos los venezolanos. “Una inmensa masa de nuestro pueblo -observó en
una de sus primeras notas- está viviendo en condiciones que no se pueden
calificar de humanas”.
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Poco antes, el cardenal Caggiano, legado pontificio al II Congreso Eucarístico
Bolivariano, había planteado ese problema en la sesión extraordinaria que
celebró en su honor el Concejo del Distrito Federal. “Venezuela -dijo en esa
ocasión Caggiano- tiene tanta riqueza que podría enriquecer a todos, sin que
haya miseria y pobreza, porque hay dinero para que no haya miseria”.
No había una fecha prevista para la publicación de la pastoral. Monseñor Arias
se había hecho el propósito de que fuera un documento breve, claro, directo
e invulnerable.
Al principio del año pasado ordenó a la Juventud Obrera Católica adelantar
una encuesta que le permitiera formarse un juicio sereno de la realidad
nacional. El sondeo duró dos meses. Con una completa documentación en el
despacho, después de haber conversado no sólo con los párrocos de Caracas
sino con los que vinieron expresamente de las más remotas aldeas de
provincia, el arzobispo inició la redacción de sus notas, de su puño y letra. En
45 días de trabajo, de consulta con sus asesores, la primera copia definitiva –
11 hojas a máquina, a doble espacio- estuvo lista en la primera semana de
abril. Entonces pareció muy apropiada para su publicación la fecha del 1° de
mayo, día del trabajo, fiesta del patriarca carpintero, San José.
Se precisó de una actividad extraordinaria para que la Pastoral estuviera en
todas las parroquias de Venezuela en la fecha convenida. Fue dada, sellada y
refrendada en Caracas a las 10:30 a.m. del lunes 29 de abril. Dos días después
se leyó en los púlpitos. A fines de la semana le había dado la vuelta al país y
trascendido al exterior, donde se consideró como una brecha en el cinturón
de acero creado por la censura de prensa. La primera edición -repartida
gratuitamente por los párrocos- se agotó en ocho días.
Algunos especuladores se hicieron de un considerable número de ejemplares
y los vendieron a 10 bolívares. Una semana antes Pérez Jiménez pronunció
un discurso espectacular en el Congreso, en el cual hizo una apoteósica
enumeración de la obra material adelantada por su gobierno y se refirió a los
elevados salarios del obrero venezolano. Ese día la Pastoral estaba hecha.
Pero el ministro del Interior, Laureano Vallenilla Lanz, no entendía esa clase
de argumentos. En su opinión, la pastoral del 1° de mayo era una réplica al
discurso presidencial del 24 de abril.
El jueves 2 de mayo, a las 11:00 a.m., citó a su despacho al arzobispo de
Caracas, no en una nota especial, sino por teléfono. Monseñor Arias concurrió
a la convocatoria esa misma tarde y tuvo que esperar en la desierta antesala
del Ministerio del Interior. Vallenilla Lanz solía recordar aquella entrevista con
un orgullo evidente. “Me di el gusto -decía- de hacer esperar al arzobispo
durante hora y media”. En realidad, monseñor Arias -que es un hombre
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humilde- no esperó más de media hora. A las 3:30 p.m. pasó al despacho del
ministro del Interior, donde se le comunicó el pensamiento oficial.
Vallenilla no iba a misa pero conocía los sermones
Fue una entrevista breve, en la cual Vallenilla Lanz habló casi todo el tiempo,
y casi exclusivamente de la obra material del Gobierno. Cuando monseñor
Arias abandonó el despacho se le había hecho saber que el Gobierno haría
publicar en los periódicos una respuesta a la pastoral. Pero esa respuesta no
apareció jamás. A cambio de ella, el ministro del Trabajo dirigió al arzobispo
una carta privada -con fecha 10 de mayo- que era una edición corregida y
aumentada del discurso de Pérez Jiménez. El argumento más poderoso contra
la carta pastoral, según el ministro del Trabajo, era la construcción de la Casa
Sindical y del balneario de Los Caracas. Los párrocos de Venezuela sabían
desde ese momento cuál era su deber: predicar la doctrina social de la Iglesia.
Cada domingo, en los púlpitos de Caracas, se pronunciaban sermones cuyo
rumor inquietaba, el lunes en la mañana, el desayuno de Vallenilla Lanz.
Particularmente uno de los sacerdotes de Caracas -el padre Jesús
Hernández Chapellín- asumió una posición combativa. Joven, de una
salud a toda prueba y un notable valor personal, el padre Hernández Chapellín,
director de La Religión, se sentaba todas las noches frente a su máquina de
escribir a ejercer su doble ministerio de sacerdote y periodista. El 13 de
agosto, Vallenilla Lanz -bajo el pseudónimo de R. H.- publicó en El Heraldo
una interpretación atolondrada y arbitraria de la justicia social. Al día
siguiente, el padre Hernández Chapellín publicó una réplica que no mandó a
la censura porque sabía que la censura no la habría dejar pasar:
“Orientaciones a R. H.”. A las 10:00 a.m., una llamada telefónica del Ministerio
del Interior lo despertó en su residencia particular. El propio Vallenilla Lanz
estaba al teléfono. “Padre -dijo el ministro, sin preámbulos- es necesario
que usted modifique su actitud”. También sin preámbulos, el director de
La Religión respondió: “Mis editoriales los pienso y los medito bien,
luego los escribo y los lanzo y me importa poco lo que ustedes piensen
de ellos”.
Vallenilla Lanz no respondió nada, sino que citó al padre Hernández Chapellín
a su despacho, esa tarde a las 5:00 en punto. El sacerdote llegó con cinco
minutos de retraso.
En hora y media, el padre Hernández se hizo conspirador.
La entrevista duró un poco más que la de monseñor Arias y esta vez fue el
sacerdote quien habló casi todo el tiempo. Vallenilla Lanz, vestido de gris y un
poco pálido, no había tenido tiempo de iniciar el diálogo, cuando el director de
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La Religión tomó la iniciativa. “Voy a hablar -dijo- más que todo como
sacerdote que sólo teme a Dios. Con el régimen que ustedes tienen en
Venezuela casi todo el pueblo los odia y los detesta”. Vallenilla Lanz enrojeció:
-¿Por qué?- preguntó tímidamente. -Porque ustedes tienen un régimen de
pánico con la Seguridad Nacional. Es la espada de Damocles sobre la cabeza
de cada venezolano. Las lágrimas y la sangre y la cantidad de muertos… –
¿Cuáles muertos?- interrumpió Vallenilla Lanz, con un aire de cándida
inocencia. El padre Hernández Chapellín enumeró, con sus nombres propios,
10 víctimas del régimen. “Y los que no sabemos”, agregó. “¿Y los exiliados
políticos?” Vallenilla Lanz empezó a reaccionar. -Usted llama exiliados políticos
a bandidos como Rómulo Betancourt, dijo. -Betancourt y yo -replicó el padre
Hernández Chapellín- estamos en trincheras opuestas, como otros muchos
exiliados. Pero ellos también son venezolanos y aquí deben estar para que les
demos la pelea en el terreno ideológico. Los dos hombres estaban solos en el
despacho. El sacerdote, con ese entusiasmo un poco estudiantil con que habla
con sus amigos en la redacción de su periódico, siguió enumerando las razones
por las cuales el régimen de Pérez Jiménez era una maquinaria de terror. Dijo:
“Si cuando el general se tomó el poder hubiera hecho elecciones libres
en vez de proseguir y de trancarle la voz a la prensa, se hubiera
inmortalizado. Pero la realidad es otra. Se quedó en el poder por un
golpe de estado al derecho de sufragio”.
El padre Hernández Chapellín abandonó el despacho a las 6:30 p.m., cuando
ya habían salido los empleados del ministerio. Con un cinismo inconmovible,
Vallenilla Lanz lo acompañó hasta la puerta, lo despidió con un abrazo y le
dijo: “Las puertas de mi despacho estarán siempre abiertas para usted”. Pero
el padre Hernández no volvió a franquearlas. Siguió librando la batalla desde
su modesta oficina de periodista. Pocas semanas más tarde, su robusto y
combativo colega, Fabricio Ojeda, se presentó en la redacción de La Religión.
-Padre -dijo Fabricio Ojeda- vengo a decirle una cosa como si fuera una
confesión: yo soy el presidente de la Junta Patriótica. A partir de ese día, el
padre Hernández Chapellín no fue solamente un sacerdote dispuesto a sacar
adelante la doctrina social de la Iglesia ni solamente un periodista de la
oposición. Fue también un conspirador.
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Lluvia de volantes en la Catedral.
Estrada acechaba En su plácido despacho de la catedral metropolitana, de
espaldas a un estante atiborrado de libros que cubre toda una pared, el padre
José Sarratud recibió el 11 de julio, a las 2:00 pm, una llamada telefónica del
Ministerio de Justicia. El padre Sarratud, que es muy joven pero que parece
más joven de lo que es, no tenía motivos para conocer la voz del ministro:
era la primera vez que la escuchaba. En pocas palabras, el ministro le dijo:
“Padre, usted está atacando al
Gobierno en sus sermones”. El
padre Sarratud, sin levantar la voz,
sin el menor indicio de alteración,
respondió: “No hago otra cosa que
predicar la doctrina social de la
Iglesia”. Durante un mes entero, no
modificó el tono de sus sermones. En
septiembre volvió a llamarlo el
ministro de Justicia, y el padre
Sarratud volvió a responder: “Señor
ministro, no hago otra cosa que
predicar la doctrina social de la
Iglesia”.
Poco tiempo después, un incidente
habría de llevar el nombre del padre José Sarratud hasta el sombrío despacho
de Pedro Estrada. Ocurrió el 12 de diciembre: durante una manifestación de
mujeres, a un costado de la Catedral, un hombre gritó: “Abajo Pérez
Jiménez”. Tratando de alcanzarlo, un policía se abrió paso entre las mujeres
y agredió a una de ellas, encinta. Seis hombres atacaron al agente. De pronto,
sin que nadie hubiera sabido en qué momento, millares de volantes contra el
Gobierno cayeron sobre la multitud. Habían sido lanzados desde la torre
de la Catedral.
Pedro Estrada hizo averiguaciones y descubrió que aquellos volantes habían
sido impresos en el multígrafo de la Catedral, puesto al cuidado del padre
Sarratud. El director de la Seguridad Nacional esperó un momento propicio
para actuar. Ese momento propicio se presentó el 1° de enero, a raíz del
levantamiento de Maracay.
Desde cuando volaron los primeros aviones sobre Caracas, Estrada se asiló en
la Embajada de Santo Domingo. Pero al día siguiente, cuando supo que el
golpe había fracasado, se instaló en su despacho de la avenida México, a dirigir
personalmente las represalias. El 3 de enero, el arzobispo le dijo por teléfono
al padre Sarratud que Pedro Estrada lo estaba buscando desde hacía tres días.
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El sacerdote, que no se había escondido, se echó al bolsillo el breviario y se
dirigió en automóvil a la SN. Lo recibió Miguel Sanz, quien sin formular juicio
lo mandó a la celda. En el cuarto piso de la Seguridad Nacional se llevó una
sorpresa: allí había, detenidos, cuatro sacerdotes más. Se les acusaba de que
sus sermones eran la causa moral del levantamiento militar.
Cinco sacerdotes presos: El Gobierno se cae a pedazos
Al padre Alfredo Osiglia lo fueron a buscar cuatro detectives armados, en la
mañana del 2 de enero, hasta la iglesia de La Candelaria, donde acababa de
decir la misa. A las 3:00 pm, monseñor Delfín Moncada, después de almorzar
en su casa de Los Chaguaramos, llegó en su modesto automóvil negro al
despacho parroquial de Chacao, y allí lo esperaba un hombre de apariencia
humilde. Era un enviado de Pedro Estrada. Monseñor Moncada se comunicó
con el arzobispo por teléfono y se dirigió, solo, a la Seguridad Nacional. Lo
condujeron al despacho de Sanz. Sentado en un rústico banco de madera, ese
sacerdote sólido y sanguíneo, pero de edad avanzada, esperó al segundo de
Pedro Estrada durante siete horas, minuto a minuto. Había ido con el propósito
de dejar una constancia, pero dos guardias armados de ametralladoras le
comunicaron que estaba detenido.
Al atardecer, monseñor Moncada pidió permiso para ir al baño. Los guardias
lo acompañaron, encañonándolo, y no le permitieron cerrar la puerta. A las
11:00 p.m., rodeado de sus guardaespaldas, entró Miguel Sanz. “Usted –
dijo, dirigiéndose a Monseñor Moncada- encabeza la lista de cinco
sacerdotes que son los autores morales del cuartelazo de Maracay”.
Luego, sin solución de continuidad, agregó: -Además, usted se ha
mostrado desatento con el Presidente. -En los afectos no se mete ni
Dios, respondió Monseñor Moncada. -Vaya a predicar eso allá arriba,
replicó el negro Sanz.
Allá arriba, en el cuarto piso, estaba desde el mediodía el padre Jesús
Hernández Chapellín, el único de los cinco sacerdotes que fue sentenciado
personalmente por Pedro Estrada. Para el director de La Religión, la Seguridad
Nacional destacó ocho detectives: cuatro en su oficina y cuatro en su casa. El
padre Hernández Chapellín, que no quiso presentarse a la seguridad antes de
hablar con el Arzobispo, eludió los sitios habituales y almorzó en casa de unos
parientes suyos, en el Cementerio. De allí se comunicó por teléfono con
monseñor Arias, quien envió a un sacerdote para que lo acompañara hasta la
avenida México. A las 2:00 pm, impecablemente vestido de azul claro y con
corbata blanca, Pedro Estrada lo hizo pasar a su despacho. -Padre -le dijousted
está complicado en el golpe militar de ayer. Ese es el resultado de sus
editoriales que son incendiarios, revolucionarios, y que no parecen de un
ministro de Dios.
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Pedro Estrada no levantó los ojos en ningún momento de la entrevista.
Hablaba con la cabeza inclinada, eludiendo sistemáticamente la mirada segura
del padre Hernández Chapellín. -No refuto lo de Maracay -respondió el director
de La Religión- porque me parece infantil. En cuanto a mis editoriales, le diré
que me tiene sin cuidado lo que ustedes piensen y no es mi culpa si ustedes
se ven retratados en ellos. -¿Usted no está de acuerdo con el régimen?-
preguntó Pedro Estrada. -No. Estoy en completo desacuerdo. Estrada
no se atrevió a hacerse responsable de su detención. Dijo que tenía órdenes
superiores.
El padre Hernández Chapellín fue conducido al pabellón destinado a los cinco
sacerdotes. Sólo uno de ellos salía todas las noches a dormir a su casa,
el padre Pablo Barnola, de la Universidad Católica. Querían que se
asilara para que abandonara al país. Pero el padre Barnola no lo hizo.
Sus compañeros de prisión le llamaban “el semi interno”.
La única visita que se les permitió fue la del doctor Guillermo Altuve Carrillo,
enviado personal de Pérez Jiménez, el domingo 5 de enero. Trató de
convencerlos de que modificaran su actitud en relación con el Gobierno. Pero
ellos se mostraron inflexibles. El doctor Altuve Carrillo, furibundo, les lanzó
una amenaza: -Sepan que no tumbarán al Gobierno. Aquella amenaza no duró
mucho tiempo. El 13 de enero, el Gobierno empezó a caerse a pedazos. Pedro
Estrada abandonó el país. El coronel Teófilo Velasco, quien lo reemplazó, puso
en libertad a los cinco sacerdotes.
El padre Álvarez, de La Pastora, un conspirador de rueda libre
La ciudad que ellos encontraron al salir de la cárcel había sufrido una
transformación sensacional. Todo el mundo, desde el industrial en su gerencia
hasta el vendedor ambulante en la calle, estaba conspirando. En la humilde
parroquia de La Pastora, el padre Rafael María Álvarez Flegel -156 centímetros
cargados de un dinamismo incontenible- estaba comprometido hasta los
huesos en la conspiración. En los primeros días de enero, un sobrino suyo,
Ramón Antonio Álvarez Cabrera, estudiante del colegio Carabobo, le informó
confidencialmente que estaba actuando en contacto con la Junta Patriótica.
Necesitaban un multígrafo.
El padre Álvarez no se conformó con compartir el secreto y prestar el
multígrafo de la parroquia para reproducir los volantes clandestinos, sino que
hizo las copias en su máquina y trabajó personalmente en la impresión. Usaba
guantes para evitar las huellas digitales. Durante los primeros 15 días del año,
sin ningún contacto directo con la Junta Patriótica, el padre Álvarez ocupó la
jornada entera en su ejemplar trabajo de conspirador espontáneo. Los
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muchachos llevaban el papel en la mañana y volvían en la noche por las
copias. En varias parroquias se adelantaba una actividad semejante. Apenas
salido de la cárcel, el padre Sarratud entró en contacto con otros grupos
estudiantiles que celebraban reuniones en una dependencia de la Catedral e
imprimían allí volantes clandestinos.
A medida que se acercaba el martes 21, el padre Álvarez sentía que los días
le quedaban cortos. La huelga general estaba preparada, pero el efervescente
párroco de La Pastora en su solitario y escueto despacho, sin otro contacto
con el gigantesco mecanismo de la conspiración que su grupo de estudiantes,
sentía que algo faltaba: un ultimátum a Pérez Jiménez, con condiciones
concretas. En la noche del 19 redactó él mismo, por su cuenta y riesgo, el
último volante, y se tomó la libertad de firmarlo: ” La Junta Patriótica”. No se
conformó con imprimirlo, sino que puso al correo urbano en sobres cerrados
una copia para Pérez Jiménez y cada uno de sus ministros. En su cuarto,
debajo de la estrecha cama de hierro pintada de azul, quedaron 500
ejemplares que los muchachos irían a buscar esa noche. Los esperó hasta las
11:00 pm. Antes de acostarse dio orden al sacristán de no quitar las cuerdas
de las campanas para que los huelguistas pudieran tocarlas al día siguiente,
a las 12:00 en punto. Se durmió a la media noche después de escuchar los
últimos boletines en la radio.
A la 1:30 am varios golpes a la puerta lo despertaron sobresaltado. Una voz
masculina gritó: “Padre, acompáñenos, para que bautice un niño que se está
muriendo”. El padre Álvarez abrió la puerta y vio al resplandor de las bombillas
del patio cuatro hombres oscuros, con las manos en los bolsillos. Eran agentes
de la Seguridad Nacional.
Las campanas de la mayoría de las iglesias de Caracas anunciaron a
las 12:00 el principio de la huelga general.
La policía había destacado agentes para evitarlo, pero los sacristanes tenían
órdenes terminantes de facilitar la entrada de los huelguistas. A monseñor
Moncada lo visitó el prefecto de Chacao, a las 11:00 a.m., para advertirle que
sería sancionado si tocaba las campanas. El sacerdote respondió que la policía
no podía prohibir la costumbre secular de dar las 12 seguidas por un breve
repique. Protegido por el pueblo, el sacristán repicó tres minutos por cuenta
del párroco y tres minutos más por su propia cuenta. En la Candelaria, la
policía estuvo a punto de enloquecer con unas campanas que sonaban sin
campanero.
El párroco había instalado a los altoparlantes una cinta magnética, que giró –
repicando- durante varias horas. El párroco contempló el espectáculo desde
el abasto de enfrente, vestido de civil. Al padre Alvarez le habría gustado tocar
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las campañas con sus propias manos. Pero a esa hora estaba detenido en el
convento de los Padres Benedictinos de San José del Ávila. Los agentes de la
SN habían pasado la madrugada en su dormitorio, esperando instrucciones.
Uno de los estudiantes llamó por teléfono y fue un detective quien respondió:
“¿A qué hora es la misa?”, preguntó el estudiante. “No hay misa”,
respondió el detective, sin saber que aquello era una clave. Por esa respuesta
supieron los muchachos que el padre Álvarez estaba en poder de la Seguridad
Nacional. Acompañado por el arzobispo, el coronel Velasco se dirigió a La
Pastora a las 6:00 am y se opuso a que el párroco fuera conducido a la
seguridad. Desde su celda conventual, el padre Álvarez oyó las campanas, las
cornetas y los pitos de las fábricas, y supo entonces que su labor no había
sido útil y que antes de 48 horas estaría de nuevo en su púlpito.
En la Iglesia profanada, el párroco herido esperaba…
El arzobispo se encontraba en una situación difícil: no podía intervenir
directamente en política, pero tampoco podía -ni como miembro ilustre de la
Iglesia ni como venezolano- impedir el trabajo subversivo de sus
párrocos. Las relaciones entre Venezuela y el Vaticano habían llegado
a un peligroso grado de
tirantez. El nuncio apostólico
había protegido en la
Nunciatura al político Rafael
Caldera y a un oficial del
levantamiento de Maracay.
Monseñor Jesús María Pellín –
cuyo despacho es una biblioteca
blindada de 14.000 volúmeneshabía
pronunciado un sermón
sobre el prevaricato y se había
visto precisado a abandonar
discretamente el país. Como
miembro, varias veces
reelecto, del comité de
Libertad de Prensa de la
Sociedad Interamericana de
Prensa (SIP) había firmado una declaración en la cual se condenaba
el régimen de Pérez Jiménez por haber amordazado a la prensa. En
todos los frentes la Iglesia participaba en la resistencia.
Los colegios dirigidos por religiosos estuvieron entre los primeros que echaron
sus alumnos a la calle para que manifestaran contra el régimen. El régimen lo
sabía, pero ya en enero habría podido encarcelar a todos los sacerdotes de
Venezuela sin ningún resultado. La fuerza democrática se había
16
desencadenado. Monseñor Hortensio Carrillo, párroco de Santa Teresa, tenía
informes de que la policía y la seguridad, a espaldas del coronel Velasco, tenía
preparado un asalto a su templo. Sólo se esperaba una oportunidad.
Monseñor Carrillo no podía renunciar a su deber. El martes 21, un poco antes
del mediodía, estaba diciendo su misa ordinaria cuando una manifestación de
médicos perseguida por la policía se refugió en la iglesia. En la confusión, la
misa fue interrumpida, y agentes uniformados y civiles irrumpieron en el
recinto, armados de fusiles y ametralladoras. En un instante la iglesia de Santa
Teresa se impregnó de gases lacrimógenos, pero los policías impidieron la
salida de las 500 personas -hombres, mujeres y niños- que se asfixiaban en
el interior. Una bomba estalló a pocos metros de monseñor Carrillo. Los
fragmentos se le incrustaron en las piernas y el párroco, con la sotana en
llamas, se arrastró hasta el altar mayor. A pesar de la confusión, un grupo de
mujeres mojaron sus pañuelos en el agua bendita de la sacristía y apagaron
la sotana del párroco.
Cuando la iglesia fue evacuada,
la policía se opuso incluso a que
las ambulancias se llevaran
oportunamente a los heridos. El
arzobispo llamó por teléfono al
comandante de la policía, Nieto
Bastos, cuando todavía la
iglesia estaba sitiada. Nieto
Bastos respondió: Son ellos
quienes están acribillando a la
policía. Monseñor Carrillo no
pudo ser conducido al hospital.
Con las piernas inutilizadas por
los fragmentos de la bomba fue
llevado al despacho parroquial,
hasta donde logró penetrar, al
atardecer, un médico que le
prestó los primeros auxilios. El
sacerdote fue sentado en un
escritorio frente a una puerta
que da directamente sobre la
calle. Una patrulla de policía hizo
17
tres descargas contra la puerta: un tiro de fusil, otro de revólver y una ráfaga
de ametralladora. La bala de fusil perforó la puerta, atravesó el despacho y se
incrustó en la pared del fondo, a 20 centímetros sobre la cabeza de monseñor
Carrillo.
Durante toda la noche, mientras el párroco sufría en su dormitorio del primer
piso, presa de terribles dolores, la policía disparó contra la iglesia para dar la
impresión de que allí había grupos atrincherados.
Energúmenos, subrayaban las descargas con toda clase
de expresiones obscenas. Pero monseñor Carrillo, a
pesar de su estado, sabía que aquel asedio no podía
durar mucho tiempo. Así fue. El heroico pueblo de
Caracas, con piedras y botellas, descongestionó
el sector a la mañana siguiente.
Horas después, el párroco experimentó una inmensa
sensación de alivio. La misma sensación de alivio que
experimentó Venezuela. Era la madrugada del 23 de
enero. El régimen había sido derrocado” (Hasta
aquí García Márquez. Las negrillas son nuestras).
Luis Alberto Machado Sanz
Machadosanz@gmail.com
Abogado
@caballitonobl

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