EDUARDO CASANOVA SUCRE: EL AUTOSUICIDIO DE LOS PARTIDOS

Eduardo Casanova Sucre

12 h · 

EL AUTOSUICIDIO DE LOS PARTIDOS

Por Eduardo Casanova

El término “autosuicidio” ha podido entrar, como neologismo, en el diccionario de la Real Academia. Pero no entró. Creo que nadie lo propuso. En realidad fue un disparate dicho públicamente por Carlos Andrés Pérez, del que él mismo se rio inmediatamente después, comentándolo también en público.

Pero creo que vendría como anillo al dedo para explicar lo que hicieron los partidos políticos durante el paréntesis democrático que empezó en 1958 y terminó en 1999.

El primero que se autosuicidó fue el Partido Comunista de Venezuela, que se dejó tentar por los cantos de sirena de Fidel Castro y entró en una loca aventura guerrillera condenada al fracaso.

El segundo, por lo menos entre los importantes, fue URD, Unión Republicana Democrática, fundado por Isaac J. Pardo, Elías Toro y otros integrantes de la Generación del 28 que no quisieron unirse a Acción Democrática, el partido de Betancourt, Gallegos, Leoni, Gonzalo Barrios, Andrés Eloy Blanco, etcétera. URD en realidad nació con un defecto congénito que lo condenaba a vivir poco. Jóvito Villalba, el otro muy importante de la Generación del 28, no estuvo entre los fundadores, sino que se incorporó después, pero se apropió radicalmente del partido, al extremo de que se pudieran burlar de él en “Radio Rochela” con aquello de “yo y mi partido, mi partido y yo”.

Las elecciones de 1952 le fueron birladas violentamente por la dictadura perezjimenista, lo que implicó el exilio de Villalba, Arcaya y otros dirigentes importantes. En 1958 inició su proceso de autosuicidio cuando en lugar de lanzar la candidatura de Jóvito Villalba, que era lo más natural, optó por dar una clara demostración de oportunismo y lanzar la de Wolfgang Larrazábal.

En 1963, cuando quizá debería haberse aliado con el uslarismo, ya que en la anterior prefirió no tener su propio candidato, no lo hizo y al no hacerlo se condenó a una derrota inevitable, que fue mucho peor en 1968, cuando al estilo Mocho Hernández remató su corona de errores y sí se alió al uslarismo, pero con un candidato perdidoso que poco o nada ofrecía al electorado. Y, simplemente, murió.

El tercero en autosuicidarse fue Copei, primero al lanzar la candidatura de Caldera para suceder a Luis Herrera Campíns cuando era evidente que el péndulo apuntaba a que AD volvería al poder, como en efecto ocurrió con el triunfo de Jaime Lusinchi.

Luego al enfrentar a Carlos Andrés Pérez con la candidatura de Eduardo Fernández, como lanzándolo a las bestias al estilo del Coliseo Romano, y finalmente, cuando era obvio que las bases del partido querían a Oswaldo Álvarez Paz, Caldera decidió matar al partido y lo hizo con la creación de un partidito aluvional, que para usar términos diplomáticos era “ad-hoc” para esa elección y punto.

Allí murió Copei. También Acción Democrática se autosuicidó violentamente, junto con Copei pero con una soga distinta. Ya había coqueteado con la muerte bajo la conducción inteligente de Betancourt, cuando prefirió que la mitad de su militancia se fuera detrás de un hombre a caballo, que era Luis Beltrán Prieto Figueroa, lo que sirvió para depurar el partido y lograr que se le incorporara mucha gente que hasta entonces le había tenido desconfianza.

De esa situación se aprovecharon Carlos Andrés Pérez para ganar con una buena mayoría las elecciones del 73 y Jaime Lusinchi para recuperar el poder perdido en 1983. Pero allí llegó el autosuicidio, cuando los que habían heredado el partido luego de la desaparición de los grandes fundadores trataron de imponer la candidatura de Octavio Lepage, que no calzaba los puntos para ganar unas elecciones, y como quiera que Carlos Andrés Pérez les ganó la partida, le decretaron una guerra a muerte y mataron el partido.

Ambos, AD y Copei, en la elección de 1998 dieron un espectáculo deplorable que le garantizó a la antidemocracia el triunfo. En cuanto al MAS, inició su proceso de autosuicidio al lanzar, poco después de su fundación, la candidatura oportunista y errada de José Vicente Rangel, cuya conducta posterior ha probado que no merecía ser candidato de nadie.

Y lo remató al apoyar al militarcito golpista, narcisista, inepto y demagogo que acabó con la democracia venezolana. Se había impuesto la antipolítica, que es el elemento con el que autosuicida la democracia.

Y hoy se corre el riesgo de que los partidos nuevos, como Primero Justicia y Voluntad Popular, se empeñen en hacer lo mismo que sus predecesores, lo que sería terrible para el presente y el porvenir del país. AD y Copei, más AD que Copei, son recuperables y no debería el país resignarse a sus muertes. Pero es necesario que se deje de lado el leninismo y que se adopten formas más modernas de conducción política, en las que no esté, para nada, el autosuicidio.

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